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jueves, 3 de agosto de 2017

Teoría y cambio social

Por: Daniel Loayza Herrera

En las últimas décadas se ha producido un progresivo, pero a la vez acelerado abandono de las discusiones teóricas. La razón de ello está, entre otras, en la indiscutible hegemonía del neoliberalismo, que hábilmente ha recogido y hecho suya la lógica del homo económicus para comprender el comportamiento social[1]. Ello, por supuesto, no es óbice para reconocer que a nivel social, entre aquellos que no son intelectuales, el discurso narrativo y amplio, praxeológico, ha sido reemplazado por la imagen[2].

Ambas embestidas del discurso liberal, en sus dos niveles, han convertido al ser humano contemporáneo en aquello que, hace muchas décadas ya, Marcuse llamó “el hombre unidimensional”. Esa unidimensionalidad le impide realizar abstracciones sobre la vida social humana, más allá de sus interacciones cotidianas y propias de la satisfacción inmediata de sus necesidades materiales.
En este sentido,  la vida social se nos presenta como formada exclusivamente por individuos aislados, sin otro compromiso para con la sociedad que no sea un “contrato”, que permite la organización política y jurídica. La vida aparece, bajo esta ideología como atemporal, a-histórica.

El fracaso de los regímenes del llamado “socialismo real” le ahorró, a quienes enarbolan el neoliberalismo, toda necesidad de oponerse al marxismo en términos teóricos, de discutirlo, de mostrar sus inconsistencias. No faltaron quienes, apresuradamente, nos anunciaron que nos encaminábamos ineludiblemente a un mundo en el que el neoliberalismo triunfante había llegado a su nivel más alto y definitivo. Francis Fukuyama es un digno representante de esa corriente y, su argumento, una expresión de la equivocada y superada concepción de la historia de Hegel adaptada a los intereses imperialistas.

Ello se expresó nítidamente en nuestro país. Los viejos debates y confrontaciones teóricas a las que se podía asistir en los sesenta, setenta y ochenta han desaparecido desde la década de los noventa. No es casualidad. Ello coincide con el neoliberalismo instaurado desde el gobierno de Fujimori, con la idea implícita que ya nada se puede hacer, que el mundo es como es, que el  neoliberalismo es definitivo.  A partir de esa época, nuestros intelectuales, en su mayoría, renunciaron a todo proyecto intelectual crítico con respecto a la sociedad. El único camino que quedaba era refugiarse en sus estudios e investigaciones, dando la espalda a las condiciones sociales concretas.

Sin embargo, la ideología liberal, a nivel intelectual, no es un discurso tan simplista y monocorde como las imágenes transmitidas al conjunto de los grupos sociales. Podemos decir que dentro ella se permite una variopinta multiplicidad de enfoques y metodologías, así como de problemáticas tratadas. Sin embargo, todas ellas tienen algo en común: han abandonado la crítica de la colonialidad en la que vive nuestro país. Esa condición de la que alguna vez habló Macera en su esquema de autonomía y dependencia, así como hoy Quijano, Dussel y Mignolo en lo que se conoce como la descolonización, es casi una rareza en nuestro país[3].

Más bien encontramos, en nuestro medio, la prevalencia de una suerte de modismo teórico. Una lucha por estar al tanto de cuáles son los últimos enfoques, el libro de moda o el autor más comentado en la actualidad, para adscribirse a su pensamiento de inmediato, de forma acrítica, para difundirlo inmediatamente y citarlo permanentemente. Pareciera que se creyera que las teorías siguen la misma lógica que los tacones altos y la minifalda: la moda.

Frente a ello proponemos retomar la teoría como recurso reflexivo y crítico. Una teoría que sea confrontada con nuestra realidad latinoamericana y peruana, que parta de los mecanismos económicos, sociales, políticos y culturales que hacen posible la actual estructura social. En nuestra América ello no solo es necesario sino urgente, debido a que todo cambio social no será posible si no está anticipado por una crítica de nuestra condición colonial.

La dominación en América empezó con un cataclismo cultural previo a la estructuración de una economía y sociedad colonial. Las derrotas militares de las fuerzas indígenas, frente a los conquistadores, constituyó una ruptura cosmogónica para las sociedades americanas, pues significó, ante todo, que sus dioses y divinidades no eran todopoderosos, que más poderoso era el Dios cristiano, en suma, que los occidentales eran superiores y tenían el poder simbólico. Sobre este resquebrajamiento inicial sobrevendría la dominación económica, social y política, con su complejo entramado, del cual no hemos podido deshacernos hasta el presente[4]. Este hecho solo pone de relieve la importancia que la dominación ideológica tuvo desde el primer momento en el entramado colonial.

Es en este contexto que la teoría cobra, para nosotros, una importancia fundamental. Es la teoría la única que puede develar el entramado ideológico que legitima las actuales condiciones de colonialidad, pero, también, la que puede elevarse para proponernos una nueva forma de articular nuestras relaciones sociales. La teoría puede descolonizarnos mentalmente, como paso previo para la descolonización de todas las esferas de la sociedad. La teoría puede invertir el proceso que se inició en 1492 de colonización mental inicial y cataclísmica, seguida de la estructuración del poder dominante en esta parte del mundo. La teoría puede hacernos conscientes de que, desde 1492, América vive en condición de dependencia[5].

Así planteadas las cosas, todo abandono de la teoría no es sino la renuncia a repensar nuestra posición en el mundo. Es abandonarnos al discurso hegemónico neoliberal que no quiere intelectuales críticos, sino entretenidos, narradores de curiosidades, que muestren la diversidad, para encubrir de mejor forma la unidireccionalidad impuesta desde fuera de nuestras fronteras. Así la globalización es vista como un proceso alegre y beneficioso que no acaba con nuestra autonomía ni diversidad, pero a la vez nos acerca al mundo[6].

La teoría es, entonces, el primer paso para cualquier intento por desarrollar un pensamiento crítico en América Latina. No es posible plantearnos nuestro lugar en el mundo ni el lugar que tenemos al interior de nuestros países prescindiendo de la teoría. Todo abandono de pensar teóricamente nuestra realidad nos lleva a no comprenderla, pero también a no ser capaces de contribuir realmente con la sociedad.  





[1] Ello se puede apreciar desde la sociología de Weber, pasando por autores más contemporáneo como Milton Friedman y Gary Becker. Mancur Olson la aplica para las acciones colectivas. No debemos olvidar, de igual forma, las ideas de John Elster. Estas posiciones parten de una compresión del sujeto social como simple agente económico, es decir, una forma de ver al ser humano como un calculador de costo- beneficio. Esta posición ha sido criticada duramente por autores como Amarthya Sen, entre otros.
[2] La praxeología fue impulsada por Ludwig Von Misses. Nos presenta la acción humana como exclusivamente individual y racional. Von Misses, destacado miembro de la escuela austriaca de economía fue, además, impulsor del grupo Mont Pelerinm, que desde 1947 se reúne para coordinar las acciones de difusión, propaganda y hegemonía del discurso neoliberal en el mundo. La praxeología y su enfoque hiperracionalista e individualista ha sido el puente que permitió conectar a la economía liberal con las ciencias sociales. Por ello no es casualidad que James Buckanam, Gary Becker y Milton Friedman hayan pertenecido al grupo Mont Pelerin. Sin embargo, a nivel social general es la imagen la que ha reemplazado el papel del discurso, como fue analizado por Guy Debord en la “sociedad del espectáculo”.
[3] Este enfoque es una corriente importante de crítica a la modernidad europea, a la que se ve no solo filosóficamente, sino como un complejo colonial, como el resultado de la relación colonial con América. También hace una crítica de la llamada corriente postmoderna, a la cual considera “eurocentrista” y, por ello, una etapa más de la reflexión moderna y, por ende, colonial.
[4] Ello no debe interpretarse como una interpretación idealista de la historia. No obvia que sin la estructuración de mecanismos económicos, sociales y políticos la colonialidad no habría podido llevarse a cabo. Solo se destaca la importancia  de los aspectos ideológicos  en la estructuración de los mecanismos de dominación objetiva.
[5] Wallerstein, a partir del marxismo y del concepto de “sistema-mundo” analiza, con plena vigencia las relaciones entre el centro y la periferia del sistema capitalista mundial. De forma tal que las suspicacias sobre el concepto de “dependencia” no deberían ser observadas por el lector pues es un concepto que se haya vigente en los análisis contemporáneos, siendo utilizada por economistas de la importancia de Samir Amin, entre muchos otros, incluyendo al propio Wallerstein.
[6] Ello no significa de ningún modo que neguemos la diversidad cultural. Lo que señalamos es que en el discurso donde se exalta solamente la diversidad se esconde, no se muestra, el discurso global y homogenizador del neoliberalismo que, precisamente, busca igualarnos a todos en la comprensión del homo económicus, pero también de convertirnos en consumidores pasivos de imágenes y bienes. Apreciar la diversisdad es necesaria, como paso previo del estatus de igualdad que se quiere alcanzar. Sin embargo, apreciarla sin abordar el problema de la colonialidad homogenizadora, ahora bajo su forma neoliberal, es verla solo como una curiosidad más del pasado. 

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