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domingo, 23 de diciembre de 2007

Constructivismo, escuela y política

Más allá de lo que la mayoría de la gente acepta usualmente, la escuela tiene un rol de primera importancia en el mundo de la política, y por ende, de lo posible, de lo realizable como praxis social. La escuela comparte con la política el hecho de que ambas son esencialmente utópicas. La educación considera, para poder ser realizable, que un mejor ser humano es posible de alcanzar; mientras que la política parte de la idea de que una mejor sociedad es posible. Entendidas de esta manera educación y política no solo son complementarias sino indesligables.

Sin embargo, esto no quiere decir que la educación implique siempre una praxis transformadora de la realidad o que esté permanentemente mejorando al hombre, “humanizándolo” cada vez más. La educación en su sentido utópico es liberadora, aunque muchas veces la práctica pedagógica no pase de ser esclavizante. Lo mismo ocurre con la política, la cual puede ser entendida como una praxis liberadora; pero también es posible que no pase de ser una simple lucha y apetito de poder por parte de ciertos grupos, desprovistos de todo ideal auténtico.

Gramsci explicaba que en una sociedad existe una cultura hegemónica y una subordinada. La cultura hegemónica está formada por el conjunto de paradigmas sociales imperantes en la sociedad, lo generalmente aceptado, aquello que esta instalado en el mundo como lo obvio.

La cultura hegemónica domina el mundo del lenguaje, el lenguaje razonable es aquel que explica el mundo de la manera en que lo hace el paradigma o paradigmas dominantes. En la sociedad aparecen un conjunto de paradigmas interrelacionados que envuelven al paradigma medular, aquel que no es sometido a cuestionamiento alguno, que es protegido por los paradigmas colaterales. La cultura hegemónica se instala en el mundo de manera institucional. El poder de la imagen se hace corpóreo, se objetiviza.

El lenguaje permite explicar el mundo, pero también crearlo. Nos provee de la imagen que nos permite actuar en él, a partir del lenguaje podemos determinar quienes somos y como debemos actuar. Las acciones concretas que desarrollamos crean un mundo objetivo que se hace objetivo y corpóreo en instituciones. El lenguaje se objetiviza, se hace real y tangible; de forma tal que la imagen que inicialmente teníamos sobre la realidad queda confirmada por la praxis, dando como resultado la convicción de que nuestra mente puede reflejar el mundo tal cual es.

Esto llevó a la creencia de que la realidad objetiva puede ser definida con total independencia del observador, de que el mundo es posible de comprender en su más pura objetividad y naturaleza.

El siglo XX abrió las puertas de la desconfianza. Desde diferentes campos de la filosofía, la ciencia y de la investigación social se elevaron voces que sostuvieron que lo que entendemos por realidad tiene que ver con la perspectiva desde la que la observamos y con la forma en que la re-construimos a través el lenguaje, de que no existe un límite preciso entre lo que la realidad es y lo que creemos que es.

Por un lado surgió la concepción relativista de Einstein, que nos explica que la relación espacio-temporal guarda relación con la posición del observador y no es independiente de esta. En el campo de la física cuántica, el principio de incertidumbre de Heissemberg, que sostiene que no podemos conocer con precisión y al mismo momento la velocidad y ubicación de un electrón, produciendo como resultado un cuestionamiento de la concepción clásica de lo existente como aquello que puede ser definido en el tiempo y en el espacio..

En el campo de la filosofía, los “juegos del lenguaje” de Wittgenstein, nos llevo a pensar en un mundo donde la realidad es recreada por la praxis y no simplemente que esta actúa de acuerdo a la realidad. Esta filosofía abrió la posibilidad de pensar en una realidad más dinámica, cambiánte y en una relación objetiva-subjetiva. Esto llevará a Lyotard a sostener que la Razón moderna y su pretensión de objetividad son inviables por el hecho que existen diversas realidades y por tal diversas razones.

Por su parte Bourdieu llegará a la conclusión de que la separación entre lo objetivo y lo subjetivo, que caracterizó a la visión social del siglo XIX y que encontró sus más elaborados argumentos en el positivismo y el marxismo, debían ser superados ontológicamente. Los conceptos de Habitus y Campo y sus interpretaciones del papel de lo simbólico en la vida social, no son para el pensador francés solo producto de la alteración ideológica de la realidad, como lo interpreta Althusser, sino más bien el resultado del poder simbólico, creador de poder objetivado.

En el campo de los estudios sobre la relación entre lo simbólico, lo concreto y su papel en la sociedad Foucault ocupa un papel de primerísimo importancia. Este analizó como lo simbólico se institucionaliza y se encarna en los cuerpos, se hacen objetivos. Demuestra que el poder va mucho más allá de lo simplemente estatal, y que lo subjetivo y lo objetivo no encuentran un límite claro. Demuestra que la sociedad moderna está articulada en torno diversos discursos sobre la razón.

Piaget, por su parte puso en evidencia que la realidad que percibimos y que sirve de base a nuestras acciones cotidianas, no surge del simple reflejo de la realidad en nuestra mente, sino que es producto de un complejo proceso de asimilación y acomodación, que nos lleva permanentemente a redescubrir la realidad y a verla de manera distinta todo el tiempo.

Las nuevas corrientes de pensamiento, surgídas en el siglo XX, nos llevaron a entender la relación entre nosotros y la realidad de una manera distinta. Nuestras referencias a la realidad nunca pudieron escapar al hecho que la realidad jamás pudo ser definida con independencia del observador, lo que sucedió fue que a partir del siglo XX empezamos a aceptar que el observador es parte de la realidad observada, que la realidad no es aquel estado de pureza fuera de toda subjetividad, sino mas bien una creación intersubjetiva que hace posible la idea de los paradigmas, de los cuales no están libres ni siquiera las ciencias naturales, tal como lo demostró Kuhn.

La idea de la intersubjetividad como potencial creador de la realidad nos permite percibir a esta como independiente del observador en particular, liberándonos con ello del solipsismo, pero sin implicar que ella sea absolutamente independiente del observador.

La idea de la realidad como una construcción paradigmática nos abre otra posibilidad: la realidad al ser una construcción paradigmática, hecha objetiva a través de la coacción, la coerción y la autoridad no es una e inamovible. Es posible superarla y reencontrar la dimensión utópica, rescatar el potencial transformador de la praxis.

En este sentido el constructivismo, como corriente que sostiene que la realidad es el resultado de un proceso de construcción subjetiva nos abre la puerta para, a partir de ahí, realizar una crítica radical a los sistemas simbólicos y concretos que sostienen la realidad actual, caracterizada por la marginación y la explotación cada vez más generalizadas.

Uno de los medios en que el paradigma-poder dominante se impone más eficazmente es a través de la educación. Por tal razón, toda crítica a los fundamentos del paradigma dominante, que sostiene la explotación y la marginación, debe considerar la esfera educativa. Pero la superación del paradigma no es simplemente simbólica, pertenece al universo de la praxis transformadora, es necesariamente política.

A partir del constructivismo educación y política deben reencontrar su dimensión utópica, esclareciendo la auténtica naturaleza de nuestras creencias, de nuestros paradigmas, hacer una crítica radical del mundo en que vivimos y de las praxis que se imponen en él, con el fin de construir un mundo mejor. En este sentido educación y política no pueden permanecer divorciadas, al contrario es necesario que se encuentren.

El encuentro entre educación y política deberá ser desde la perspectiva crítica. La crítica es la praxis liberadora por excelencia, es la piedra angular que permitirá que la educación y la política encuentre su dimensión utópica.