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domingo, 6 de mayo de 2007

¿Cuánto puede hacer un maestro en el aula?

¿Cuánto puede hacer un maestro en el aula?

Por. Daniel Loayza Herrera.

Es corriente escuchar en diversas reuniones académicas, cursos de especialización o leer en diversas publicaciones referidas a la educación que el maestro tiene amplias posibilidades de trabajar en el aula, además de sostiene que el maestro puede transformar las relaciones en el aula de acuerdo con los paradigmas que el maneja.

No se puede negar que el maestro realiza una importante labor en la formación de los alumnos, y que en gran parte el desempeño y la personalidad de éstos va a influir en la percepción que los estudiantes puedan tener con respecto a su experiencia de aprendizaje y de la escuela como institución. Sin embargo, esto no debe llevarnos a suponer, como equivocadamente lo hacen la mayoría de los discursos oficiales y hegemónicos sobre el maestro y su importancia, que lo que pasa durante la sesión de aprendizaje pertenece sólo a los agentes directamente involucrados en ella y que está totalmente en manos del maestro.

En un contexto como el actual, en el cual la sociedad en su conjunto, reforzada por un discurso oficial hábilmente divulgado por los medios de comunicación define al maestro como un ignorante, incapaz, flojo y por añadidura fracasado por no haber alcanzado el “éxito” económico; el maestro está en muy frágiles condiciones de ser percibido por los alumnos como un ejemplo a seguir.

A todo ello se añade el impacto de la llamada globalización de la información. La facilidad que los alumnos tienen para encontrar información y referentes fuera de los espacios tradicionales (la familia y la escuela ) estructuran una realidad aún más compleja ya que el maestro, en muchos casos no puede ser ni siquiera una guía académica. Esto se ve agravado por la percepción cada vez más difundida de que existe una multiplicidad de medios para acceder a información y conocimientos cada vez más relevantes para la vida fuera de la escuela. Esto determina que en muchos casos los conocimientos desarrollados en clase sean percibidos por muchos alumnos como inútiles. En éste sentido, para muchos, la vida escolar es percibida como un transito obligatorio y parcialmente inútil, que hay que recorrer aprobando los cursos, aún cuando lo que se enseñe “no sirva para nada”, de éste manera a la escuela solo se le asigna una utilidad instrumental.

Lo que sucede en clase en realidad tiene que ver mucho mas con lo que pasa fuera del aula de lo que usualmente se supone. Deberíamos comprender la dinámica social generada en el aula como referida a lo que sucede afuera de ella. Las expectativas de los padres con respecto a la formación de sus hijos son determinantes para ello. Los padres inmersos en el mundo del trabajo y de la competitividad cada vez más creciente buscan centros que les puedan ofrecer a sus hijos conocimientos instrumentales, prácticos y eficaces que les permitan superar rápidamente los problemas planteados, por ejemplo en los exámenes de admisión a las universidades. En este sentido el mito de la universidad como el medio de acceder a mejores oportunidades laborales, mejores ingresos y status social sigue vigente.

Esto explica el auge por el que actualmente pasan los llamados colegios “pre-universitarios”, que no preparan para la vida universitaria, sino para responder un examen de admisión, que poco tiene que ver con el desempeño académico y profesional posterior del alumno. Una educación orientada a satisfacer al cliente, vale decir al padre de familia, más que al alumno, se orientará necesariamente a mejorar aquellas condiciones que le permitan al estudiante alcanzar cierta eficacia en la solución de determinados problemas, pero de ninguna manera para formarlo integralmente, mucho menos para desarrollar integralmente sus capacidades.

En este sentido, muchas instituciones educativas no hacen sino entrar al juego, manteniendo un doble discurso. Por un lado, hablan de educación orientada al logro de las capacidades, porque perciben que esto les dará mejor posición en el mercado; pero por otro, mantienen sus viejas prácticas pedagógicas con el fin de que los padres piensen que a sus hijos se le enseña mucho y por eso es bueno el nivel. Un ejemplo de ello son aquellas instituciones educativas que atiborran al alumno de cursos y contenidos.

Otro elemento que impide la aplicación de nuevas corrientes pedagógicas por parte de los docentes es el hecho que la mayoría de las instituciones educativas, los padres y los alumnos perciben que el profesor “ha hecho clase” si ha escrito toda la pizarra y ha dictado en el cuaderno. Se sigue esperando que el profesor lo haga todo. Es parte de nuestra cultura pedagógica, que tal vez no es sino la manifestación de una bien arraigada cultura autoritaria en el Perú, que impide que todos se perciban como capaces de alzar la voz y plantear sus interrogantes y sus respuestas.

Si el profesor asigna un trabajo grupal a los alumnos y este toma asiento para revisar cuadernos mientras los alumnos realizan el trabajo, es muy probable que sea percibido como un profesor que ese día no hizo clase, incluso que él se perciba de la misma manera.

Estos elementos explican porque aún cuando los maestros asisten a un sinfín de capacitaciones, muy pocos pueden cambiar la forma tradicional en que imparten sus clases, salvo cuando las instituciones en las que laboran y la comunidad a la que se dirigen también son consientes de la orientación del cambio.

jueves, 3 de mayo de 2007

Caudillos y nacionalismo en el Perú post-independencia

Caudillos y nacionalismo en el Perú post-independencia

Por: Daniel Loayza Herrera[1]



Al revisar el derrotero de la historia peruana posterior a la independencia nos surge la pregunta ¿ Cómo fue posible que el Perú, pese a su falta de unidad geográfica, cultural, social y a la ausencia de una clase dirigente no terminara balcanizándose, convirtiéndose en varias repúblicas?

La independencia del Perú, más que el resultado de la “unión” de los peruanos y de la insurgencia de un sentimiento patriótico colectivo, fue el epílogo de la descomposición del sistema colonial español.

El modelo de dominación colonial entro en franca decadencia en el siglo XVII, cuando la metrópoli peninsular pasó a ser una potencia de segundo orden frente a otras, como Inglaterra y Francia. Las Reformas Borbónicas, impulsadas principalmente por Carlos III, no pudieron devolverle a España el lugar preeminente que había ocupado en el ya lejano siglo XVI.[2]

La invasión napoleónica a España, en 1808, y la llegada al Perú de las fuerzas de San Martín y Bolívar fueron tan solo dos capítulos de una crisis colonial que empezó en la península, pero que culminaría en los Andes del Perú. El Perú se vio arrastrado a separarse de España, simplemente porque la península ya no estuvo en capacidad de retenernos.

La ausencia de una clase dirigente, con un proyecto nacional fue llenada por caudillos, mayormente mestizos, formados inicialmente en el ejército español, pero que una vez lograda la separación de España, vieron la oportunidad de hacerse con el poder. Nuestra independencia no fue el resultado de la irrupción ciudadana; sino la consecuencia de batallas ganadas por la fuerza de las armas. Por esto los militares forjados en el combate se sintieran con derecho a gobernar eso que llamamos Perú.[3]

El Perú, después de la batalla de Ayacucho, ni siquiera tuvo una clase dominante medianamente organizada a nivel de todo el territorio que heredamos del virreinato.[4] La sociedad peruana estaba fragmentada y el Estado republicano en términos prácticos era inexistente. Sobre este panorama sombrío se alzo la imagen del caudillo militar.

El caudillo militar era comunmente un personaje mestizo, de gran ambición política y capacidad de movilización a través de mecanismos clientelistas. En la mayoría de los casos se había formado militarmente dentro de las fuerzas españolas; pero luego, ante la descomposición del modelo colonial español, terminan luchando en el bando libertador.

El caudillo militar representaba siempre su posición personal o la del grupo que lo apoyaba, mayormente redes de dominación regional. No representó la posición del ejército, puesto que como institución era inexistente y no pasaba de ser la partida que acompañaba al caudillo de turno. Esto lo llevó a tener como rasgos fundamentales su personalismo y su pretensión autocrática. Pero a pesar de ello, y en algunos casos, el caudillo militar fue uno de los elementos que permitió mantener la unidad del territorio heredado de la colonia.

El caudillo militar articuló eficazmente su interés personal con un discurso político nacionalista, patriótico e integrista. Su condición de mestizo le permitió presentarse como la síntesis de lo nacional, la encarnación de aquellos rasgos distintivos del Perú, tan buscados por aquellos años. Era de igual manera el símbolo de la asunción política de los mestizos del Perú, en una sociedad acostumbrada a que la cúspide social sea un monopolio de blancos. Es indudable que el ejército fue el medio más eficaz de ascenso social en las décadas inmediatamente posteriores a la independencia, y éste nuevo sector de "militares afortunados" encontró en el discurso nacionalista su mejor justificación ideológica.

En el discurso nacionalista peruano propiciado por los caudillos militares encontramos elementos tanto geográficos, cómo étnicos. En el primer caso, la defensa de la integridad territorial peruana se convirtió en la gran justificación para la asunción de algún caudillo militar. Sucedió con Gamarra en 1829, por la amenaza colombiana; con Salaverry, contra la intromisión boliviana;Gamarra nuevamente contra la Confederación Perú-Boliviana. El segundo elemento que los caudillos manejaron fué el elemento étnico. La idea de ser ellos los descendientes, gracias a su mestizaje, de la linea de mando legítimo que habían representado los Incas. Por ello, por ejemplo, vemos a Gamarra, aprovechando su origen cuzqueño, utilizando representaciones y alegorías incásicas para afirmar su poder en el sur peruano.

La idea de lo territorial como fundamento de la peruanidad, de la patria, nos viene desde el siglo XVIII. En la construcción criolla de la idea de lo peruano lo territorial fue lo distintivo. Los abismos sociales no permitieron entender nuestra peruanidad en términos sociales ni culturales. Lo peruano fue definido precariamente por lo territorial.[5]

El discurso nacionalista encarnado en los caudillos fue la negación de lo no peruano más que la afirmación de lo propio. Fué la territorialización de una identidad en formación, pero aún inexistente. Nuestro nacionalismo no se sustentó en la idea de raza o en la cultura, sino en la negación del otro, en la xenofobia. Es así que vemos un discurso nacionalista y anti-bolivariano sustentado en la idea de que Bolívar era un extranjero colombiano tan sólo un año después de haber sido el hombre más vergonzosamente loado en la historia de nuestro país.

Pero para bién o para mal, el territorio fue la fuente de inspiración de la idea de la unidad nacional, fue el elemento tangible que nos daba la certeza de la existencia del Perú. La concepción de un territorio que debía mantenerse unido permitió ir consolidando aquello que Basadre llamó la determinación nacional.

Frente a la debilidad de las instituciones y la falta de integración geográfica y territorial el autoritarismo caudillista fue un factor que permitió conservar la precaria unidad territorial.
El discurso nacionalista fue altamente eficaz para evitar la cristalización de opciones secesionistas en el Perú. Le dio al país una imagen de unidad. Esta imagen estuvo encarnada por caudillos que, por sus raíces mestizas, lograron muy bien representar a lo indígena y a lo español, y que ofrecían, vía su autoritarismo autocrático, compensar la ausencia de un Estado real. Dos ejemplos destacados de ello son Gamarra y Castilla.

Gamarra fue el caudillo más importante de las dos primeras décadas de vida independiente. Su oposición a la desmembración del Perú en Estado nor-peruano y Estado sud-peruano, durante la Confederación Perú-Boliviana, instaurada por Santa Cruz, se puede explicar por un Interés personal muy bien sustentado por un discurso nacionalista.

Gamarra sabía que si Santa Cruz consolidaba la Confederación no tendría ninguna oportunidad política, pero también comprendía que su interés podría ser mejor logrado bajo un discurso nacionalista, afirmador de la unidad territorial peruana. Gamarra consideraba que el Perú debía mantener su unidad territorial y que más bien debía absorber a Bolivia. [6]

El fracaso de la Confederación Perú- Boliviana y la llegada de Gamarra a la presidencia significó la reunificación de los Estados nor-peruano y sud-peruano.

La llegada de Gamarra al poder evitó la desmembración del Perú en dos estados, habida cuenta que el sur peruano tenía enormes lazos con Bolivia y que Santa Cruz, desde 1829, había buscado la salida de Bolivia al pacífico a través del puerto de Arica.

Castilla evitó, enarbolando un nacionalismo territorialista, que algunos círculos confabulados en Arequipa y Puno, apoyados por Santa Cruz, se separaran del Perú para integrar Bolivia.[7] Igualmente destacada fue la lucha de Castilla contra la confederación a la cual repudiaba por la división del Perú.

El aporte fundamental de Castilla a la unidad del Perú se dio durante su etapa de estadista. Durante su primer gobierno sentó las bases del estado republicano. Le dio al Perú un orden fiscal y hacendario. Organizó, por primera vez, la diplomacia peruana, otorgándole a nuestro país una perspectiva geopolítica. Impulsó la educación. En resumen, gobernó al Perú con una visión integral y unionista.



[1] Historiador y educador.
[2] Estas comprendieron desde la liberalización del comercio y el aumento en los impuestos, hasta la creación de nuevos virreinatos, como fue el caso del Virreinato de Nueva Granada y Río de la Plata.
[3] Basadre ha mencionado que uno de los rasgos de la etapa posterior a la independencia es el militarismo, entendido como la voluntad de los jefes militares de hacerse con el poder.
[4] Flores Galindo sostiene que la etapa posterior a la independencia se caracteriza por un vacío de poder, que al final fue llenado por los caudillos militares.
[5] Esto se puede apreciar por ejemplo en los escritos contenidos en el Mercurio Peruano.
[6] Fue el planteamiento que Gamarra le hizo a Santa Cruz en 1834, cuando permanecía en Bolivia, luego del fracaso del intento golpista contra Orbegoso.
[7] Fueron hechos ocurridos en 1829. Castilla los puso en inmediato conocimiento del entonces presidente Gamarra.