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miércoles, 30 de diciembre de 2009

El espacio de la ideología y el poder del miedo

En gran medida el poder, que les confiere a las organizaciones y al mercado la posibilidad de convertir a los hombres en simple instrumento de éstos, de des-individualizarlos y transformarlos en sólo parte de la masa, de hacerles sentir que sólo pueden ser yo cuando son otros está sustentado en el miedo. Ese miedo está instalado en lo más profundo ser. Es el control de las posibilidades de la imaginación y por ende de la crítica racional que no puede afirmarse sin aquella. El miedo está bien instalado en aquellas esferas de la mente pre-racional, y por ello es poderoso como modelador social y conductual.

Esta faceta del poder no involucra que éste pueda operar independientemente y al margen de toda ideología. El mercado, cómo forma suprema y sublimada de las relaciones entre los hombres, las cuales son presentadas como de libertad, brinda un poderoso espacio para la realización del discurso ideológico y por ende para la alienación del hombre frente al sistema.

El miedo a dejar de pertenecer a la masa nos impide individualizarnos, en el sentido de afirmación contra el discurso masificador. Pero de igual manera y con gran fuerza se afirma otro miedo: el de no tener éxito en la sociedad y estar condenados a ocupar una posición marginal dentro de la masa. Este último imperativo, que convierte nuestras vidas en una carrera precipitada, individualista y sin tregua se desprende del primero. Frente a esta situación aparecen discursos que buscan modelar la conducta y apaciguar el sufrimiento, haciéndolo soportable y a la vez, permitiendo la segura reproducción del sistema.

El miedo a dejar de ser masa, cómo última instancia de soporte del sistema es absolutamente irracional y no está sustentado en discurso ideológico alguno, controla las posibilidades de imaginar un mundo distinto y por ende la acción, modela el comportamiento anómico, de forma tal que la anomia termina siendo, en muchos casos, parte importante del funcionamiento del propio sistema y raras veces un cuestionamiento serio a él.

El individuo no imagina la posibilidad de no pertenecer a la masa porque cree que no es posible una sociedad des-masificada, es decir, considera a la sociedad como algo dado, la percibe a-históricamente. Considera que su apartamiento de la masa conllevaría a su propia destrucción. Esta situación de potencial desprotección le aterra, constituyendo ello una sensación profundamente irracional. ¿cuál es el espacio que ocupa la ideología en la consolidación del poder?

El hecho de que el hombre no se atreva, por miedo a afirmar su individualidad contra la masa, no implica que no aspire a alcanzarla. Existe una permanente búsqueda de afirmación del yo. La individualidad, paradógicamente, es uno de los valores más firmemente difundidos por el sistema contemporáneo. No es nadie si no se es individual.

Esta búsqueda por afirmarse como individualidad se transforma, en la mayoría de los casos, en la aspiración de alcanzar posiciones elevadas en la sociedad. En las sociedades capitalistas contemporáneas las posiciones elevadas van acompañadas, cuando no generadas por un alto nivel económico. El “éxito” económico es el éxito en general y lo que se logra pero no va acompañado de lo económico no es éxito, sino más bien un objetivo cumplido, que probablemente no pase de ser un medio para alcanzar el definitivo o económico.

Siendo parte de los niveles más altos de la sociedad el hombre puede sentir que afirma su individualidad al no depender de un sinnúmero de organizaciones que lo oprimen, cómo puede ser el caso de la empresa donde debía laborar durante jornadas extenuantes frente a las horas de ocio de las que ahora puede disfrutar. Esto le puede permitir, en alguna medida, vencer la angustia y frustración que la supervivencia diaria le imponen. Sin embargo, ello no implica que haya dejado de ser masa, sólo ha ingresado al corazón de ella, se ha salvado de la tormentosa situación de pertenecer a sus espacios más marginales.

A este nivel opera la ideología. Ésta a través de un discurso racional opera introduciendo el mensaje de que todos, al ser racionales y poseer libertad tienen posibilidades de alcanzar el éxito. Esto es, que no es necesario exorcizar el miedo a pertenecer a la masa, basta integrarse a ella convenientemente, aprovechar los espacios que la estructura social nos brinda para escapar al miedo al fracaso. La sensación de éxito sirve cómo mecanismo compensatorio frente a la opresión derivada de pertenecer a la masa.

Así planteadas las cosas, la ideología constituye un discurso modelador de las conductas sociales orientada a permitir que el sistema se siga reproduciendo, permitiendo que la insatisfacción de pertenecer a la masa se traduzca en la subversión del orden. La presentación de personajes nacidos “desde abajo” que han alcanzado el “éxito” permite reforzar la idea de que todos, con la suficiente templanza pueden alcanzarlo; pero a la vez, legitima al sistema, ya que nos presenta al sistema como un orden justo dentro del cual hay que luchar infatigablemente y que no es necesario cambiar.

Esta ideología, hecha cuerpo, interiorizada se traduce en alienación. Construcción de una imagen alterada de la realidad, consistente en la creencia de que todos tienen la posibilidad de ser ricos y escapar de las frustraciones y angustias que la pertenencia a la masa comporta. La alienación consiste en creer todos cuentan con la posibilidad de alcanzar una situación en la cual las compensaciones de la pertenencia a la masa puedan superar o eventualmente eliminar las frustraciones y angustias derivadas de ser parte de ella.


lunes, 28 de diciembre de 2009

El misterio del valor de uso y su importancia en el capitalismo contemporáneo

Marx, en su preocupación por develar la lógica del capitalismo dedicó sus últimos años y sus máximos esfuerzos a su obra cumbre: “El capital”. La esencia de la dinámica del capitalismo que el gran pensador alemán estudió concienzudamente partió de la mercancía.

La mercancía fue identificadamente por Marx como la esencia de toda la lógica de las relaciones capitalistas, y su valor de cambio, como el misterio que habría de permitir la comprensión cabal de la explotación obrera en los tiempos que él estudio.

Para el análisis de la mercancía, el viejo Marx partió del análisis del valor-dinero de la mercancía. Para ello hizo una clara diferenciación entre el valor de uso y el valor de cambio. Nos presentó a la expresión del valor de cambio, es decir, el valor-dinero como la máscara bajo la cual se oculta la auténtica naturaleza del valor de cambio de un bien, es decir el trabajo socialmente necesario en producirlo. Esto le permitió presentar con claridad a la clase obrera como la auténtica creadora de valor en la economía, de igual manera a la ganancia como la expresión de la plusvalía y, por ende, de la explotación capitalista.

El fetichismo de la mercancía era la consecuencia del ocultamiento de la auténtica naturaleza de la mercancía en cuanto a su valor de cambio, que la envolvía en el tema del dinero, sin percibir el del trabajo, para Marx su auténtica naturaleza. El trabajo en Marx es lo único que permite reducir a un denominador común los valores de los productos para efectuar el intercambio, base del sistema mercantil.

Sin embargo, y debido a sus preocupaciones intelectuales y políticas, dejó intocado el tema del valor de uso de las mercancías. No hizo ningún aporte fundamental al entendimiento de su naturaleza e importancia en el modo de producción capitalista, conformándose con la explicación burguesa, anterior a él, que sostenía que el valor de uso era básicamente la capacidad de un bien, en éste caso una mercancía, para satisfacer una necesidad.

Marx en el análisis del intercambio desarrolló con precisión las diferencias fundamentales entre las diversas etapas de este, expresadas en las fórmulas M-D-M y D-M-D.

La primera corresponde a una relación en la cual los productores buscan fundamentalmente satisfacer sus necesidades y, eventualmente y debido a la división social del trabajo, se ven forzados a intercambiar sus productos por otros con el fin de satisfacer sus propias necesidades con bienes que ellos no producen. Estos bienes en su naturaleza no son mercancías, sino que más bien diremos que se realizan momentáneamente como tales en el proceso de intercambio.

El segundo modelo, D-M-D´, representa una situación distinta de la anterior, en la cual el bien ha sido creado desde su origen para ser mercancía. Pues su objetivo no está en la satisfacción de una necesidad por parte de su productor, como ocurre en el primer caso, sino en la ganancia. Este segundo modelo entraña una lógica económica completamente distinta al primero, pues permite entender el origen de la acumulación originaria de capital. La satisfacción de las necesidades por parte de la mercancía pasa a un segundo plano, para dar paso a la ganancia. La ganancia se convierte así en la lógica del comportamiento económico, en un fin en sí mismo.

La ganancia, dentro de la lógica de Marx, es la expresión metamorfoseada de la plusvalía, es decir del valor del trabajo no retribuido al obrero. Sin embargo, y aceptando esta tesis, debemos precisar que ésta, dentro de la lógica del capitalismo, debe producirse de manera indefinidamente ampliada. El capitalista no busca sólo la ganancia, sino que ésta de paso a ganancias cada vez mayores. Todo ello implica que el mercado al cual se dirigen los bienes y servicios debe ser cada vez mayor. Dicho de otra manera, que sus ventas crezcan de manera permanente e ininterrumpida. Esto es, que aumente permanentemente el consumo.

En el modelo M-D-M el intercambio se produce por la existencia de una o más necesidades insatisfechas. Pero en el modelo D-M-D´ y su dinámica de permanente expansión, no es posible esperar que las necesidades se hagan presentes, es necesario y preciso, crearlas con el fin de impulsar el consumo y de esta manera asegurar las ganancias.

El valor de uso de la mercancía, entonces sufre una metamorfosis. Deja de estar al servicio de la satisfacción de las necesidades para orientarse a la generación de ganancias. Desde el punto de vista de su valor de uso, y apreciando a la mercancía como un producto individual, se nos presenta simplemente como el bien que satisface necesidades. Sin embargo, y recogiendo el enfoque de Marx, consistente en apreciar la producción mercantil como un producto social, como un sistema de producción, podemos apreciar que su capacidad para satisfacer necesidades es irrelevante en comparación con la capacidad que pueda tener para ser vendida, es decir para ser mercancía.

Para que el capital pueda desarrollarse de manera ampliada las ventas deben producirse de manera ininterrumpida. No es importante que las personas tengan necesidades insatisfechas, basta con que crean tenerlas para que sigan comprando. El valor de uso de una mercancía tiene sentido si se puede vender, ya que para ello fue creada.

Entonces la capacidad que tenga un producto para satisfacer una necesidad, depende más de la creencia del comprador de que lo necesita, de que realmente sea así. No existe ninguna razón valida para una persona adquiera una coca cola cuando tiene la auténtica necesidad de ingerir líquido para vivir, ya que su necesidad está referida fundamentalmente al agua y no a la coca cola.

La mercancía, bajo su forma moderna, sólo encuentra sentido y existencia en un modelo capitalista creador permanentemente de necesidades. Es decir, el sistema crea una ideología favorable al consumo, consistente en la creencia en la necesidad de adquirir determinado tipo de producto y luego, ofrece la mercancía que satisface éste.

Diremos entonces que la lógica del capitalismo contemporáneo se nos presenta incompleta en el análisis de Marx, y que más bien es pertinente entender que el valor creado por los trabajadores, de acuerdo a la lógica de “El Capital”, no puede realizarse sin el factor consumo en permanente expansión.

Así, el capitalismo contemporáneo no se sustenta exclusivamente en la lógica de la ganancia, pues la inversión no tendría espacio de realización si el consumo no existiera. La lógica del capitalismo contemporáneo es consumo-ganancia. Esto lo han entendido muy bien los estudiosos del marketing, preocupados por “satisfacer al cliente”.[*]

El capitalismo contemporáneo, cómo todo sistema social, requiere de un sustento ideológico que le dé dinamismo y que oculte su naturaleza. La ganancia y el consumo no sólo son elementos importantes de la lógica económica del capitalismo contemporáneo sino también ideologías muy bien instaladas en la mente de masas consumidoras-productoras.

El afán por la ganancia, en el capitalismo contemporáneo, no sólo se legítima, sino y fundamentalmente lo hace en sí misma. Hasta el presente no ha requerido No ha requerido de un discurso racional y contrastable que la sustente. Forma parte del corpus ideológico fundamental del capitalismo que al no sustentarse en razones busca no ser cuestionado con ningún discurso argumental y racional alternativo. Es el sustento irracionalidad del capitalismo.

El dicho “Se produce para ganar dinero” exitosamente instalado en las mentes, se oculta bajo el mistificado discurso de la “satisfacción de las necesidades”. El sistema moderno se presenta como interesado en la “satisfacción del cliente”, pero inmediatamente el cliente ha comprado le interesa la insatisfacción del cliente que lo lleve a comprar otra vez una lavadora, cocina, automóvil, televisor o celular, aunque no lo necesite.

De esta forma la capacidad para satisfacer una necesidad que tiene una mercancía es lo menor importante en el contexto de un sistema que vive de la insatisfacción permanente que cree compradores compulsivos que aseguren las ganancias.

El consumismo es la otra cara de la moneda. Sólo consumiendo ininterrumpidamente se puede satisfacer necesidades. Estas aparentes necesidades se presentan como reales. Las mercancías consumidas brindan satisfacciones momentáneas y pasajeras a necesidades cambiantes. “El comprar produce felicidad” y el “me lo llevo todo”, este último, slogan de un conocido mall capitalino,1 son un pequeña muestra de lo dicho. El teléfono celular que recién ha aparecido en el mercado se convierte en la nueva necesidad. Es necesario comprarlo, aunque el que se tiene todavía funcione y esté en perfecto estado. El automóvil del año, aunque el que se tenga esté en perfecto estado con solo dos años de antiguedad, es otra necesidad apremiante. Los millonarios gastos publicitarios no son sino la confirmación de lo dicho. El consumismo es igualmente una expresión de la irracionalidad, pero funciona y genera muchos millones y eso, en la lógica del capitalismo, es suficiente para legitimarlo.

El valor de uso de la mercancía oculta en las necesidades su auténtica naturaleza. Ha trasmutado para convertirse en el valor simbólico de lo adquirido. Produce placer en la compra misma y rápidamente este se desvanece para dar lugar a la focalización en el nuevo producto publicitado. La moda es una de las industrias más rentables del mundo que vive de la satisfacción de comprar prendas de vestir de manera permanente y de la temprana obsolescencia de éstos artículos que de manera programada es digitada con el fin de impulsar nuevas ventas, Es igualmente un fetiche hay que hay que exorcizar y arrancarle el demonio ideológico que lleva dentro.

La ideología del consumo es la que hace posible que la explotación del trabajo encuentre su forma más sublimada. Ya no es necesario hacer la guerra para justificar la esclavitud, o mantener bajo condición servil a miles de personas para asegurarnos su fuerza de trabajo. Lo único que necesitamos es presentarle a la masa consumidora, a través de la publicidad, la gran cantidad de mercancías que deben comprar, decirles que con ellas serán felices, para que estén dispuestos a trabajar más con el fin de alcanzar el objeto deseado así como para pagar sus tarjetas de crédito con la que hacen realidad su sueño de ser ciudadanos. Ya no es necesario forzar a la masa a que trabaje..

El consumo da status. Lo que consumimos le dice a la sociedad, por nosotros, si hemos alcanzado el éxito o fracasado. Una buena ropa de marca y un automóvil del año hablan más que mil palabras. Lo que consumimos dice si somos auténticos ciudadanos o si sólo vamos a votar cada cinco años. La ciudadanía no es hoy el disfrutar de derechos políticos, sino más bien el grado en que podemos consumir todo lo que se nos ofrece en el mercado.

Esta nueva lógica de la explotación es mucho más efectiva y oculta. Entre trabajar al compás de los azotes y sentir la satisfacción de adquirir todo lo que se nos ofrece, aunque sea a costa de trabajar para simplemente pagar lo que se debe, hay una gran diferencia.

Así se cierra el círculo del modelo capitalista de explotación. Explotación que ya no empieza en el trabajo como lo creía en viejo Marx, sino en la televisión, el cartel publicitario, el periódico, la escuela, la familia y en las frustraciones que lleva a los individuos a buscar en la explotación laboral la satisfacción pasajera que el consumismo les puede ofrecer, asegurando al sistema una fuerza de trabajo que permita su reproducción ampliada.


[*] Para los estrategas del marketing la satisfacción del cliente, es decir de sus necesidades a través de las mercancías es fundamental puesto que su mirada es la de la mercancía o negocio como elemento individual. Por su ubicación social no les es posible apreciar el fenómeno a nivel social, dando cuenta de que las necesidades son fabricadas por un sistema que busca incrementar sus ganancias por medio de las ventas. Pero si esto ocurre lo justificarán a través de la ideología de la ganancia.

El INDIVIDUO Y LA MASA

Por: Daniel Loayza Herrera.


El yo y el otro

Se ha impuesto la no comunicación, el no diálogo, la negación del “otro” y la creencia de la afirmación del yo que no es otra cosa que el nosotros. El problema no es el no poder entender al otro sino el no querer hacerlo. La molestia que despierta todo aquel que se atreve a ver y sentir las cosas de distinta manera, que piensa que “otro mundo es posible”, que quiere construir otra cotidianeidad. Todos ellos son silenciados. Sobre éstos y sus ideas sólo quedan dos posibilidades: o son silenciados bajo amenaza, la mayor parte de las veces velada; o se hace de cuenta que no han dicho nada, que estos no existen, que estas ideas están “fuera de lugar” y que por lo tanto no tienen ningún espacio ni importancia. Su insistencia los puede convertir en incómodos. La comunicación, vista desde esta perspectiva es sólo una ilusión o una aspiración. Es una incomunicación.

La comunicación así planteada es un proceso selectivo en el cual se decide escuchar al otro, tergiversar lo que el otro dice o simplemente hacer de cuenta que nada se dijo porque quien lo dijo no existe. La comunicación es un medio de intercambio, pero también de afirmación y negación. No siempre busca la afirmación del otro sino la del yo, que en la mayoría de los casos es el nosotros. Esto es de un yo que aparentemente habla a título individual, pero que en realidad a través de él habla la colectividad, lo instituido, el sistema, la masa.


La hermenéutica aborda la problemática de la interpretación del discurso del otro, pero ha olvidado el factor de la negación del otro. El no querer entender al otro es el mejor medio para negarlo. En este sentido, no hay hermenéutica que valga. Negarse a entenderlo es la mejor forma de no conocerlo. Así planteadas las cosas, la acción comunicativa `planteada por Habermas se nos presenta como una vana ilusión.

El otro, a través de lo que dice, puede subvertir el orden. Ello nos atemoriza, nos puede demostrar cuan frágiles somos y lo es el mundo que hemos construido. Eso que nos aterra no puede ser visto de frente ni escuchado en el gesto y las palabras del “otro”. Ese “otro” se nos presenta como una sombra, como una molestosa presencia y testimonio de que algo que nos produce horror enfrentar está ahí. Ese “otro” al que no queremos ver ni escuchar es para nosotros una sombra, una figura oscura, pero también transfigurada de la real, siempre desproporcionada y que nos da la certeza de que tenemos razón al no quererlo ver ni escuchar.

¿Cuándo escuchamos y vemos al otro?

Si el otro dice lo mismo que nosotros lo escuchamos. La comunicación es posible. Si nuestras ideas son confirmadas, queda probado que son ciertas y que el mundo del cual formamos parte realmente existe Ese otro ya no es sombra porque es nosotros.

Individuo y masa

El individuo se siente seguro siendo parte de la masa. Esto significa tener la certeza de que ellos y nosotros somos lo mismo, que no vamos a ser destruidos, convertidos en sombras.

Nos aterra igualmente la posibilidad de que tengamos apariciones simplemente ensombrecedoras, que no seamos vistos ni escuchados. Nuestra condición de homo organizacional desaparecería. Es mejor decir lo que todos dicen y callar lo que todos callan, hacer lo que hacen y evitar realizar lo que también omiten hacer los otros. En síntesis, la masa nos da seguridad, paradójicamente es la forma de ser vistos como individuos.

El individuo será tal únicamente si está dispuesto a no ser más que la masa. La masa es hoy la fuerza más poderosa, que a través del silenciamiento del “otro” se afirma a sí misma y obliga a individuo a tener terror de ser sólo una sombra indeseable y proscrita de toda vida social. La masa gobierna el conjunto de la vida social y de ésta manera la psíquica del hombre. El hombre afirma su identidad en la masa; pero una individualidad que no pasa de ser la forma particular en que la masa se ha instalado y gobierna su ser.

El pertenecer a la masa y las respuestas afirmativas que ésta nos da nos confirma que nos conducimos bien. La negativa y el silencio nos asustan porque es el anuncio del fin. La masa es nuestro espejo, nos sentimos bien si en ella nos reflejamos de manera agradable.

La masa nos controla desde lo psíquico. Este es el nuevo espacio de la dominación. El sentido de la obligación y el deber frente a lo que queremos hacer y a quienes queremos ser son los espacios de confrontación donde se entreteje la trama de nuestra lucha entre nuestra aspirada individualidad y la masa. La masa es conciencia colectiva avasalladora, impronta hegemónica, cuya presencia invade lo público y lo privado.

La individualización del hombre es su único camino a su liberación, pero este no se realiza por el terror que tiene a dejar de ser masa, a no pertenecer más a su empresa, club, familia, etc.

La masa y la economía

El mercado es uno de los espacios más importantes de la masa. El mercado es la fuerza todopoderosa que regula la existencia de los hombres. Nos permite existir socialmente, es decir dejar de ser sombras y pasar a ser escuchados y vistos, así como estar conformes con nuestra condición de masa. Nos promete la realización de nuestra individualidad al hacernos creer que nosotros tomamos las decisiones de compra, que nuestras decisiones son racionales y por lo tanto somos individuos. Sin embargo, no podemos dejar de consumir lo que compra la masa, eso podría indicar que pensamos diferente, nos convertiría en sombras, dejaríamos de ser vistos y escuchados. Es mejor adquirir lo que el mercado decide y usarlo como ha sido prescrito por él para poder estar protegidos. Consumir lo que el mercado ofrece nos hace parte de la masa, confiables, por ello estaremos seguros de ser escuchados, de existir.

Lo que usamos nos convierte en masa. Hoy el problema de la mercancía no reside en el valor de cambio de ésta; sino en su valor de uso. Es necesario superar las tesis de Marx a partir del reconocimiento de que el consumismo es el resultado de la lucha constante que tenemos por no dejar de ser masa. Es el valor de uso una atribución que la masa como conciencia colectiva le atribuye a cada bien y el que determina la necesidad de poseerlo y adquirirlo. El valor de uso ha devenido en la capacidad que el bien tiene para hacernos seguir perteneciendo a la masa, para seguir siendo escuchados y vistos, para no pasar a ser sombras. La masa crea el valor de los objetos y nosotros estamos obligados a confirmarnos como parte de ella consumiéndolos.

La masa está inundada de la racionalidad económica, de una racionalidad instrumental en la cual los individuos son los instrumentos. Somos instrumentos de la eficiencia, debemos estar dispuestos a servirle; de lo contrario, pasaremos a ser simples sombras incómodas que no serán vistas ni escuchadas. Las organizaciones sociales que dicen perseguir esta eficiencia tiene el derecho de exigirnos un pleno acomodo a este principio, de otra forma dejaremos de ser masa.


El poder y el silenciamiento

Las ideas contrarias a la masa no se rebaten, se silencian. Los individuos sólo pueden ejercer su existencia social si están dispuestos a ser licuados, engullidos por la masa.

La capacidad para adquirir cosas e ideas nos permite ser masa. Hacer nuestras las ideas imperantes nos protege, nos permite cruzar el umbral, nos hace confiables. Es mejor creer que no creer en la masa.

El miedo se impone a la disidencia. No queremos ser autónomos, es mejor aceptar ser manejados por la dinámica de la masa.

El poder de la masa, expresado en las organizaciones que le dan vida y la refuerzan, como son las empresas y el estado no necesitan justificarse ni disfrazarse. Hoy se nos presenta desnudo y terrenal. El miedo ha ocupado el lugar de la ideología. El actual es un poder desideologizado. La ideología comportaba un discurso racional y cómo tal podía ser desmantelada críticamente. El miedo tiene un componente íntimo y profundamente irracional. No importa cuantos argumentos podamos ofrecer contra el orden existente y cuantas personas nos den la razón; las cosas no cambiarán mientras no se derrote al terror que nos produce la posibilidad de dejar de ser masa, de ser individuos autónomos.

El poder de la masa está en lo cotidiano. En la empresa, la escuela, el supermercado, etc. Se instala en nuestro miedo a dejar de vivir como siempre lo hemos hecho, como masa. Queremos seguir pensando como la masa porque queremos seguir viviendo como ella.

La discusión y la polémica han desaparecido. Son un síntoma del temor de descubrir al “otro”, o de que los otros descubran al “otro” en nosotros. De que los demás piensen que pensamos igual que ellos y nos conviertan en sombras. Hoy el control proviene del miedo, de aquella sensación de fragilidad que nos produce la menor disidencia.

La liberación del ser humano no provendrá de una elevación de la razón convertida en conciencia de clase o de cualquier otra cosa; sino en primer lugar de descubrir que la imagen monstruosa que el “otro” proyecta sobre nosotros no es él sino sólo su sombra. Esto es estar realmente dispuestos a no tener miedo a cambiar nuestra cotidiana forma de vivir.