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sábado, 29 de julio de 2017

Exorcizando a Foucault: del idealismo narrativo al materialismo sociológico

(…)El litigio entre la realidad e irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica es un problema puramente escolástico.
Karl Marx
Por: Daniel Loayza Herrera[1]

Foucault: saber, poder y biopolítica

Foucault, en su arqueología del saber, nos propuso una forma de ver el saber como categorías, ideas y conceptos construidos de manera arbitraria, resultado de un discurso narrativo y legitimador. Un discurso que se empodera y se convierte en verdad. La verdad es un saber que se ha empoderado. De la constatación del desvanecimiento de las unidades históricas, tanto en el tiempo como en el espacio, así como la inexistencia de toda hermenéutica objetiva surge su propuesta.

Este es el punto de partida de la forma en que el pensador francés nos propone ver la problemática del saber: como una construcción discursiva que permite la clasificación social a través de oposiciones como lo bueno/ lo malo, lo bello/ lo feo, lo normal/lo anormal, lo objetivo/ lo subjetivo, entre otras.

Foucault cuestiona el estatus de objetividad de las ciencias, mostrando que son saberes que se han convertido en referentes de lo que es objetivo, pero que, sin embargo, no es sino la manifestación del poder alcanzado por el discurso científico[2].

Los saberes tienen capacidad para modelar a la sociedad y al individuo, constituyendo, de esta manera el poder. Saber- poder será una de las relaciones más destacadas por Foucault[3]. Esta relación produce el modelamiento, la normalización, conduce al disciplinamiento del individuo, desembocando en lo que llamó la biopolítica.

La bio-política es un concepto que nos invita a pensar en la manera particular en que un discurso -aquel saber que ha alcanzado el poder movilizador, estructurante y constituyente- vive en cada individuo, lo modela y organiza, haciendo posible el control social.

Sobre las ideas de Foucault

Es brillante la manera en que Foucault organizó en un discurso, muy bien elaborado y magistralmente escrito, ideas provenientes de Nietzsche, Freud, Lacan y las tendencias historiográficas francesas imperantes en la corriente de Annales - que cuestionaban las unidades de análisis histórico propias del marxismo. Escribió estudios sumamente estimulantes que hicieron posible encontrar formas alternativas al determinismo económico, propio de la versión más simplificada del marxismo de manual. A la vez, le permitió zanjar con el positivismo Durkheimniano, en progresivo declive, luego de la postguerra.

Nietzsche desarrolló un cuestionamiento demoledor a los paradigmas modernos. Los mostró como verdades construidas de forma discursiva, mostrándolos como el resultado de la imposición de un determinado grupo. Despreciaba los valores burgueses, pero también a la burguesía, a la que identificaba como la generadora de esos valores, que consideraba decadentes y alejados de la aristocracia, del poder de los mejores, de los hombres superiores.

El psicoanálisis Lacaniano fue sumamente estimulante para Foucault. Lacan enseñó que la relación entre el mundo y el hombre está intermediada por símbolos, que son estos los que le permiten al ser humano construirse una imagen de la realidad y organizar el mundo en saberes. Su asunción le permitió soslayar la idea de Nietzsche consistente en relacionar los saberes con hombres concretos, de reconocer que los saberes son producidos por alguien que vive en relaciones concretas.

Así, a lo largo de la estimulante lectura de Foucault, nos encontramos ante imágenes narrativas que analizan las narrativas, los discursos, pero no sus agentes ni las relaciones sociales en las que están inmersos. Foucault nos invita a ingresar a un mundo donde todo empieza con ideas, saberes y discursos que al empoderarse diseñan la vida social y al individuo. Olvida, convenientemente, que estos saberes cumplen una función, que no nacen, se desarrollan y empoderan de la nada, sino que ellos se anclan en relaciones sociales concretas.

Las ideas de la ilustración, por ejemplo, imperaron no solo porque eran saberes organizados, sino porque estas ideas fueron generadas en una etapa histórica determinada: de debilitamiento de las viejas aristocracias y de la Iglesia como ordenadora de la vida social; pero también, del empuje de una burguesía deseosa de ocupar su lugar, de ordenar el mundo a su manera, funcional a sus intereses, de inaugurar nuevos mecanismos de control.

La burguesía hizo suya las ideas de lo que se ha llamado el discurso moderno. Las interpretó y difundió como parte de una guerra ideológica primero, luego social y finalmente política, para hacerse con el poder.

Foucault, al soslayar las relaciones sociales concretas en las que se vive en una sociedad concreta, que dan origen a esos saberes y a la manera particular en que ellos se imponen, nos conduce a un idealismo antropológico que olvida la materialidad y concreción de la vida humana.

Nos invita a un ejercicio cognoscitivo puramente especulativo, narrativo, literario, muy del gusto de quienes se estimulan en las interpretaciones psicoanalíticas. Sus razonamientos marcaron el derrotero del idealismo postmoderno, de un idealismo que representa un retroceso en la comprensión de los fenómenos sociales, que nos remite a épocas anteriores a las reflexiones de Guizot y de otros intelectuales franceses que identificaron la revolución francesa como el resultado de la lucha de clases, incluso antes que el propio Marx[4].

Constituye un “esclarecimiento” que contrasta con la imagen del hombre como aquel sujeto social que vive inmerso en relaciones sociales concretas. Es un “esclarecimiento” que se presenta como novedoso y casi “revolucionario” en nuestra forma de ver la realidad, realidad que, además, niega el propio Foucault más allá del discurso. Nos lleva a pensar en saberes y poderes sin seres humanos inmersos en la realidad social.

Tal vez deberíamos preguntarle a Foucault en términos foucaultnianos: ¿su discurso qué tipo de saber representa? ¿Si todo es discurso, deberíamos considerar el suyo como un discurso más? ¿Si la ciencia es solo discursiva, su postura es solo una interpretación literaria sobre el saber y el poder?

Foucault olvida, convenientemente, la dinámica de las relaciones sociales concretas. Recurre a la revisión de las unidades de análisis hecha por la corriente de Annales, para sostener que las unidades de análisis histórico son interpretaciones arbitrarias y subjetivas[5]. Olvida que historiadores como Labrousse, Lefebvre, Soboul, Vilar, Hobsbawm, Thompson, entre otros, hacían consistentes investigaciones tomando en consideración las relaciones sociales concretas.

Deberíamos preguntarnos si existen enfoques alternativos al de Foucault, para comprender la relación entre el saber, el poder y el modelamiento del individuo. Analizar el impacto de la ideología en la sociedad.  Un contemporáneo de Foucault, Pierre Bourdieu, desarrolló una concepción de la sociedad, de la relación entre la materialidad y la ideología, entre el ser y el pensar en el llamado concepto de habitus. El habitus son las formas de hacer, pensar y sentir, que están estructuradas a nivel social, pero también estructuran al individuo. Su trabajo sobre la distinción es un buen ejemplo de la manera en que los saberes, según el concepto de Foucault, corresponden a relaciones sociales concretas del individuo, entre ellas las de clase.

No es pretensión del presente trabajo hacer una exposición detallada de los planteamientos de Bourdieu, pero si se hacer notar que Foucault, si lo vemos en la perspectiva de la producción intelectual francesa de la postguerra, representa una interpretación idealista de la realidad social. Foucault cuestiona al positivismo, niega la posibilidad de alcanzar el conocimiento científico, la objetividad, pero no para superarla; sino para retrotraernos a un idealismo que no hace otra cosa que buscar la destrucción de las ciencias sociales. Bajo el argumento de que existen “anormales” y “marginales” hace una crítica demoledora a la razón, que identifica como la modernidad, `para invitarnos a pensar en términos de razones literarias y pre- científicas.

Las ideas de Foucault contribuyen a identificar que existe una relación entre el saber y el poder, así como el impacto que esto tiene en el individuo; sin embargo, ensombrece la comprensión de que esto se produce en relaciones sociales concretas, que tiene agentes, que responde a intereses, a jerarquizaciones que se enraízan en relaciones concretas. De esta manera la comprensión idealista del fenómeno social del poder, desde la perspectiva de Foucault impide alcanzar la comprensión plena del fenómeno social que el mismo estudia.
Exorcizando a Foucault

Foucault contribuyó, de manera significativa, a repensar el poder, el control social y lo que él llamó la biopolítica, partiendo de las grietas del sistema social, de los considerados como “anormales”, de aquellos que viven en los márgenes del sistema. Pero lo hizo partiendo de un relativismo epistemológico que lo llevó a considerar todos los saberes estructurados y sistemáticos como auto-constituyentes. Es decir, partió del lenguaje para terminar en el sistema social. En su propuesta idealista el lenguaje crea la vida social. No tomó en consideración que el lenguaje corresponde a formas concretas de existencia, a intereses y agentes concretos, a relaciones materiales[6].

Su propuesta idealista sobre el saber- poder, así planteada, conduce a una crítica sesgada, de alcance simplemente literario y narrativo, que no alcanza a producir ningún cuestionamiento de las relaciones de poder concretas en una sociedad, ni posibilidad alguna de superación. La propia aceptación de las ideas de Foucault, entre los sectores sociales y círculos intelectuales más conservadores, es prueba irrefutable de ello.

Así planteada la cuestión, las ideas de Foucault nos llevan a análisis ricos e imaginativos, en términos narrativos y literarios, pero carentes de todo impacto social que conduzca a la transformación de las relaciones de poder imperantes en las sociedades contemporáneas. La adscripción de muchos intelectuales a las ideas de Foucault les ha permitido presentarse como críticos pero, a la vez, mantener su conservadurismo social. Esto es, mantener su estatus de grupo privilegiado, sostener una postura intelectual de discurso crítico, sin proponer un cuestionamiento al sistema imperante.

Planteando las ideas de Foucault desde la materialidad de la vida humana es posible convertir su discurso en una herramienta efectiva de análisis de la sociedad. Reconociendo, en principio, que el ser humano es tal solo en las condiciones concretas en las que le toca vivir, que su lenguaje expresa esas relaciones, que las recrea, pero no por ello tiene una existencia aparte, cual una suerte de neo-platonismo ya superado, es posible analizar la auténtica naturaleza del saber-poder.

Exorcizado Foucault de su idealismo, convertidas sus ideas en una herramienta de análisis social, que relacionen convenientemente el saber y el poder con relaciones concretas en la sociedad, vistas desde la materialidad de la vida humana, podremos comprender, de mejor manera, la forma en que se han construidos discursos legitimadores de las relaciones concretas imperantes, la manera en que las definiciones se han adaptado a los intereses de clase o de determinados grupos de poder; así como la forma en que estos discursos han sido respondidos desde los dominados y marginados. En suma, la forma en que el lenguaje de los dominadores adquiere significaciones en el contexto social; pero también en que es posible la disidencia.

Vista desde la materialidad de la vida humana, desde la concepción materialista de la relación entre el ser y el pensar, de las sociedades como constituidas por clases y grupos de poder, con claros e identificables intereses, el método arqueológico puede ser contributivo con la crítica de los discursos históricos impuestos por los sectores dominantes. Esclarecerá la forma en que la alienación opera en las sociedades contemporáneas y en los individuos. Permitirá apreciar de manera integral la forma en que se ejerce la dominación ideológica en las sociedades contemporáneas, pero también, a comprender la manera en que ello garantiza las propias relaciones de jerarquización y de dominación material imperantes.

Fuentes
Bourdieu, P (2002) La distinción: criterio y bases sociales del gusto. México: Taurus.

Engels, F (1975) Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. En: Marx y Engels. Obras escogidas. Moscú: Editorial MIR.

Foucault, M (1979) Microfísica del poder. Segunda edición. Madrid: Ediciones de la piqueta.
                      (2002) La arqueología del saber. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

                 (2002) Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.




[1] Historiador y educador.
[2] Foucault negó objetividad a las ciencias sociales y a la psicología, a las que veía como discursos, narrativas legitimadoras, de un orden social.
[3] Esto supone un poder que se internaliza en los individuos, que se convierte en biopoder.
[4] Friedrich Engels, en su libro “Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana”, mencionó lo siguiente: : “…desde la implantación de la gran industria, es decir, por lo menos, desde la paz europea de 1815, ya para nadie en Inglaterra era un secreto que allí la lucha política giraba toda en torno a las pretensiones de dominación de dos clase: la aristocracia terrateniente (landed aristocracy) y la burguesía (middle class). En Francia, se hizo patente este mismo hecho con el retorno de los Borbones; los historiadores del período de la restauración, desde Thierry hasta Guizot, Mignet y Thiers, lo proclaman constantemente como el hecho que da la clave para entender la historia de Francia desde la Edad Media. Y desde 1830, en ambos países se reconoce como tercer beligerante, en la lucha por el poder, a la clase obrera, al proletariado. Las condiciones se habían simplificado hasta tal punto, que había que cerrar intencionalmente los ojos para no ver en la lucha de estos tres grandes clases y en el choque de sus intereses la fuerza propulsora en la historia moderna, por lo menos en los dos países más avanzados”
[5] Foucault sostuvo que las unidades de análisis histórico son arbitrarias y subjetivas, planteando, a partir de ello de ello, la imposibilidad de que las ciencias sociales sean científicas y objetivas.
[6] Es pertinente advertir que incluso Wittgenstein, en su “Investigaciones Filosóficas”,  sostuvo que el lenguaje adquiere significación en el entorno social en el que se desarrolló, es decir, en los “juegos” en los que adquiere su existencia.

domingo, 23 de julio de 2017

La Historia en los tiempos de la postmodernidad: del hecho histórico a la historiografía



Resumen
El presente trabajo explora los fundamentos y principales argumentos de la corriente postmoderna con respecto a la Historia. Esclarece el papel que el discurso postmoderno ha tenido en la consideración de que el hecho histórico, como acontecimiento objetivo y objeto de la Historia, es inaccesible al historiador. Muestra como la corriente postmoderna relega al hecho histórico para colocar a la historiografía como el centro de la reflexión histórica. Revela los fundamentos en los que se basa para sostener que la historia no es una ciencia, sino una disciplina, un género literario más, que se sustenta en bases pre-científicas.
La postmodernidad y el abandono de las visiones totalizadoras en la Historia
La llamada corriente postmoderna es, sin duda, una de las posturas intelectuales más difundidas e influyentes de la actualidad. Quienes la enarbolan no escatiman esfuerzos por mostrarnos que ella constituye la superación definitiva de la intolerancia y el totalitarismo que subyace a la valoración de la “Razón” moderna[1]. Su nivel de penetración en las ciencias sociales ha llegado al punto que hoy es casi indiscutible su hegemonía[2].
La postmodernidad nos promete la superación de todas las concepciones totalizadoras sobre el mundo, de los llamados “metarrelatos”, de las imágenes globalizadoras, para proponernos los “microrrelatos”, un conjunto heterogéneo de particularidades, cada una con su “verdad”[3]. Al respecto, White (2003), menciona lo siguiente:
(…) Sin embargo, el mismo Frye asegura que “cuando el esquema de un historiador llega a un cierto nivel de amplitud, se vuelve mítico en forma, y entonces se acerca a lo poético en su “estructura” (…)
La postmodernidad ha desplazado a la “Razón” por las racionalidades, término muy del gusto de los antropólogos y sociólogos contemporáneos[4]. Sostiene que constituye una fuerza democratizadora, que otorga voz a aquellos a los que la “Razón” moderna se los negó. Sus orígenes son diversos: el nihilismo nietszcheano, la filosofía de Heidegger, el psicoanálisis freudiano, las gramáticas de Saussure y Peirce, el psicoanálisis lacaniano, los trabajos antropológicos de Levi- Strauss, la crítica de Foucault a la modernidad y, más recientemente, los postulados de Habermas y Gadamer, entre otros.
En el campo de la Historia las primeras tendencias postmodernas aparecen desde la década de 1960, en que al interior de la llamada corriente de Annales se produce una eclosión de métodos y enfoques históricos, entre las que destaca la “historia en migajas”. Estos nuevos enfoques investigativos al interior de la ciencia histórica renuncian a cualquier compromiso con una teoría social y con una imagen totalizadora sobre la realidad y su derrotero (Burke, 1999). El particularismo socaba toda intención de mostrarnos la historia como un proceso amplio en el espacio y en el tiempo.
Estas nuevas corrientes historiográficas particularistas y “micro-históricas” no surgieron como consecuencia de la superación teórica de las posiciones de Bloch, Febvre y, especialmente, de Braudel. Aparecieron como una reacción frente a la versión ortodoxa del marxismo, la sociología de Durkheim y, en el plano de la propia historiografía francesa, a la propia influencia de Braudel, con su concepción globalizante y del tiempo largo en la historia. (Burke, op. cit).
Este cambio de paradigmas, frente a Braudel y a quienes le antecedieron en la conducción de Annales, no estuvo precedido de una crítica teórica, sino de un simple y sencillo olvido. Este paso pudo ser posible gracias a dos factores: el primero, que Bloch y Febvre, y posteriormente Braudel,  no propusieron una teoría del desarrollo social que antepusieran a las corrientes historiográficas tradicionales pre- Annales; la segunda, la enorme influencia y prestigio internacional de las corrientes intelectuales francesas[5].
La tercera etapa de la corriente de Annales estuvo caracterizada por el abandono de los estudios globalizadores de Braudel. Esto se ha venido haciendo cada vez más acusado desde la década de 1970. La “micro-historia” de fue haciendo más frecuente[6].
Paralelamente a este proceso de trasformación en el campo de la historiografía histórica francesa se venía operando una revolución ontológica y epistemológica en el campo de la filosofía.
El giro lingüístico
Fue Nietzsche el primero en socavar los fundamentos de la razón occidental. Hasta el siglo XIX el lenguaje era el intermediario entre el objeto y el sujeto. Sin embargo, el filósofo y filólogo germano puso de relieve al lenguaje y desplazó a la razón como punto de partida de la filosofía, proponiéndonos que el lenguaje está en el centro de la discusión sobre la verdad y el poder[7].
El más destacado continuador y divulgador de Nietzsche y sus ideas, Heidegger, puso como centro de la reflexión al ser, pero desde la perspectiva del lenguaje. El Dasein, el “ser ahí”, se convierte en el centro de la reflexión, otorgándole una nueva interpretación a los enfoques hermenéuticos de la tradición alemana[8].
Por su parte, Wittgenstein, heredero de la tradición positivista lógica, experimentó una radical transformación en la manera en que abordó el problema de la función del lenguaje[9]. De su primer intento por construir un lenguaje científico y proposicional, capaz de comprender el mundo y resolver todos los problemas del conocimiento, y por ende de la filosofía, contenido en su Tractatus Lógicus Filosóficus, paso a plantear la imposibilidad de ello en su Investigaciones Filosóficas.
Investigaciones Filosóficas representa la segunda etapa en el pensamiento de Wittgenstein. En ella nos propone que el lenguaje se enmarca en la vida misma, en sus reglas y su funcionamiento. El concepto de “juegos de lenguaje” expresa el reconocimiento de la inserción del lenguaje en la vida misma, pero también, nos indica la imposibilidad de ser, actuar y conocer el mundo fuera de él. Fue, precisamente, esta segunda etapa de Wittgenstein la que brindó una segunda fuente de inspiración y de reflexión para el desarrollo de lo que hoy se conoce como postmodernidad.
Desde la interpretación de la gramática de Saussure, Lacan postuló que la realidad es una construcción lingüística, señalando que como no puede existir ninguna representación pre-lingüística de la realidad, entonces, la realidad no es más que lenguaje, es decir, símbolos[10].
Foucault, influenciado por Nietzsche, Heidegger y Lacan, sostuvo que la verdad no es otra cosa que discursos que se han empoderado y que requieren ser mostrados a través de lo que llamó su método arqueológico, versión más contemporánea y aplicada a la historia de la genealogía nietzscheana. Por su parte, Derrida nos propone la utilización de la deconstrucción, de raíces Heideggerianas, para analizar al lenguaje como el problema central del conocimiento humano.
Lyotard (1989), en la década de 1970, a partir de los “juegos del lenguaje”, sostuvo el fin de los llamados “metarrelatos”, de las visiones totalizadoras de la realidad. Nos propuso la multiplicidad de las “razones”.
Frente a esta importante corriente, Habermas (1994) reacciona, con el fin de salvar a la “razón moderna”, pero desde la perspectiva del giro lingüístico[11]. Reconoce la caducidad de los llamados “metarrelatos”, imperantes entre los siglo XVIII y XIX, propios de las ideas de Kant, Hegel y Marx, para proponernos un entendimiento a partir de lo que llamó la “acción comunicativa”. Gadamer, por su parte, desarrollando las ideas de su maestro Martín Heidegger, nos propone una hermenéutica basada en el lenguaje como el problema fundamental de nuestro tiempo.
Como consecuencia de esta multiplicidad de corrientes se impone en la actualidad una forma de interpretar el mundo consistente, básicamente, en lo siguiente: El lenguaje es el problema sobre el que se reflexiona, no la realidad como independiente del sujeto, pues ésta, en sí misma, es inaccesible. Ello implica que toda reflexividad, básicamente, solo puede ser posible desde el lenguaje con respecto al lenguaje.
Del hecho histórico a la historiografía
El hecho histórico ha sido definido como aquel hecho del pasado que tiene relevancia sobre el presente y que puede ser conocido a través de las fuentes. En esta definición podemos identificar dos elementos: el primero, el carácter objetivo del hecho histórico, como independiente del historiador; el segundo, que puede ser conocido por el historiador tal como es[12].
Planteada así la cuestión, el hecho histórico se constituye como el objeto de la investigación histórica. El sujeto o historiador lo puede conocer a través de la aplicación de métodos científicos al análisis de las fuentes.
La corriente postmoderna sostiene que todo lo que podemos conocer se remite al lenguaje y se produce desde el lenguaje. Ello implica que el hecho histórico, en sí, no puede ser conocido, que lo único que podemos conocer son los relatos sobre ese hecho. Es decir, la historia ya no tiene como objeto los hechos sino solo las fuentes, es decir, los relatos sobre esos hechos. Planteadas así las cosas, nada podemos conocer sobre el pasado, solo podemos conocer lo que en las fuentes se dice que ocurrió, pero tamizadas por la propia interpretación pre-científica del historiador.
De esta manera, la postura postmoderna sostiene que la Historia solo se mueve en dos dimensiones: la primera es conocer las fuentes, resultado de la interpretación que se dio a los hechos, no a los hechos mismos; la segunda, las interpretaciones que los historiadores han generado sobre las interpretaciones contenidas en las fuentes.
En suma, desde la perspectiva postmoderna, la historia son solo relatos sobre relatos, discursos sobre discursos (White, 1992). El hecho histórico desaparece para terminar siendo solo historiografía[13]. La Historia deja de ser una ciencia para convertirse en una multiplicidad de narraciones con el mismo estatus epistemológico que puede tener una obra literaria. Al respecto, el historiador postmoderno Hayden White (2003, 109), sostiene lo siguiente:
(…) Pero en general han sido reticentes a considerar las narrativas históricas como lo que manifiestamente son: ficciones verbales cuyos contenidos son tanto inventados como encontrados y cuyas formas tienen más en común con sus homólogas en la literatura que con las de las ciencias.
La historia, como proceso y devenir humano, como praxis social, termina siendo reemplazada solo por la historiografía. Los hechos son dejados de lado por las representaciones de los hechos, por las narrativas sobre ellos. Incluso en el caso de que un historiador se atenga a los hechos, la parte ficcional de su relato no queda excluida debido a que la manera en que escoge los hechos que va a narrar y la forma en que estos se pueden destacar o pasar por alto corresponden a la trama literaria que quiere construir (White, op. cit,1992).
Este planteamiento sostiene que la historia no es una ciencia, sino tan solo una disciplina. Así White (2003, op.cit,139), sostiene que:
En mi opinión, la historia es una disciplina en mal estado hoy en día porque ha perdido de vista sus orígenes en la imaginación literaria. En aras de parecer científica y objetiva, se ha reprimido y se ha negado a sí misma su propia y principal fuente de fuerza y renovación. Al volver a poner en contacto a la historiografía con sus fundamentos literarios no deberíamos estar poniéndonos en guardia contra distorsiones meramente ideológicas; deberíamos estar en el camino de alcanzar esa “teoría” de la historia sin la que esta no puede en absoluto pretender ser una “disciplina”.
Es importante destacar que el planteamiento de White sobre el carácter literario y a-científico de la historia se sustenta en dos hechos: que la comunidad de historiadores no se pone de acuerdo en los criterios para determinar la veracidad de la información histórica y en que la historia no establece leyes ni es predictiva, como las ciencias naturales (White, op, cit 2003)[14].
Conclusión
La postura de la corriente postmoderna nos propone que la Historia no es una ciencia sino una simple narración sobre el pasado, sustentada en consideraciones pre-científicas. Niega el carácter científico de la Historia para reducirla a la condición de género literario. Sustenta esta posición en la consideración de que el mundo, por ende el pasado, es incognoscible, por tanto, la praxis humana no es otra cosa que los discursos y narraciones sobre la praxis humana. Solo podemos conocer, entonces, lo que se dice del pasado, no el pasado en sí. En suma, la concepción postmoderna nos lleva a un punto en el cual la historia como conciencia del pasado desaparece, para llevarnos a un mundo poblado solo por una sucesión de corrientes historiográficas, en las que carece de sentido preguntarnos cual se atiene al hecho histórico, pues este es inaccesible.












FUENTES DE INFORMACIÓN
BURKE, P (1999) La revolución historiográfica francesa. La escuela de Annales 1929-1984. Tercera edición. Barcelona: Gedisa.
DURKHEIM, E (2002) Las reglas del método sociológico. México D.F: Fondo de Cultura Económica.
HABERMAS, J (1994) Teoría de la acción comunicativa: complementos y estudios previos. Madrid: Cátedra
LYOTARD, J (1989) La condición postmoderna. Madrid: Cátedra.
WHITE, H (1992) Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX. México D.F: Fondo de Cultura Económica.
                   (2003) El texto histórico como artefacto literario y otros escritos. España: Ediciones Paidós.




[1] Un claro ejemplo es la propia lucha intelectual, pero también personal de Foucault frete a la homofobia.
[2] Los discursos más contemporáneos en el campo de la antropología y de la sociología evidencia su influencia.
[3] Por su parte Frye sostiene que no existe un límite preciso entre lo que es el mito y la historia en los discursos tiotalizantes, característicos de las visiones de Hegel, Marx, Toynbee, entre otros.
[4] Para profundizar en esta postura pueden revisar La condición postmoderna, de Jean Francois Lyotard.
[5] Este prestigio ha sido señalado por Pierre Bourdieu al punto de considerar que Francia, en la postguerra era la única que podía rivalizar con las producciones de Estados Unidos.
[6] Este giro de las visiones globales a las micro- visiones no estuvieron provistas de un discurso postmoderno, propiamente dicho. Sin embargo, entrañaban ya la negación de todo intento por comprender el pasado de manera totalizadora. Planteaban, implícitamente, la imposibilidad de un discurso globalizador.
[7] Es ampliamente conocido que Nietzsche relativizó la preeminencia de la Razón occidental. Sostuvo que la razón no era sino un conjunto de verdades que habían alcanzado el poder suficiente para constituirse en tales.
[8] La filosofía de Heidegger, coloca al ser humano en el centro de la reflexión y el conocimiento cuestiona toda reflexión independiente de la existencia humana.
[9] Wittgenstein pertenece a una tradición distinta a la de Nietzsche, la del positivismo lógico. El filósofo austriaco estuvo influenciado por los intelectuales más importantes del Círculo de Viena, así como por los aportes a la lógica de Gotlob Frege y Bertrand Russell.
[10] Encontramos en este planteamiento una suerte de reinterpretación del concepto kantiano de noúmeno a la luz de la gramática de Saussure y el psicoanálisis. Lacan hace una separación estricta entre lo real, que es inaccesible a la mente humana y la realidad que son los símbolos que nos comunican y median la relación entre el hombre y el mundo. Esta separación, entre lo real y la realidad constituye la base no solo de la semiología, sino, en general de los postulados postmodernos.
[11] El giro lingüístico se entiende como la refundación de la tradición filosófica occidental, que deja de centrarse en el objeto, para hacerlo en el lenguaje. Los llamados filósofos del lenguaje sostuvieron que gran parte de los problemas de la filosofía eran, en realidad problemas lingüísticos. Uno de  sus más destacados representantes fue Wittgenstein, quien a pesar de cambiar su concepción del lenguaje del Tractatus a las Investigaciones filosóficas, el tema del lenguaje no deja de estar en el centro de su reflexión.
[12] La definición de hecho histórico encuentra una notoria correspondencia con la de hecho social, acuñada por Durkheim. Tanto una como la otra consideran al hecho, tanto histórico como social, como una realidad objetiva y determinable en el tiempo y en el espacio. Como un objeto que puede ser estudiado independientemente del observador.

[14] Las discrepancias en torno a la cientificidad de las ciencias sociales  se aprecia no solo en la Historia, sino también en otras, como es el caso de la sociología. Bourdieu, al respecto, ha destacado que ello se debe a que las ciencias sociales son espacios de lucha social. Sobre la incapacidad de la Historia u otras ciencias sociales para establecer “Leyes” a la manera de la Física, consideramos que es un tópico superado ampliamente desde la filosofía de Dilthey. Más aún cuando un autor postmoderno como White se transforma convenientemente en positivista de viejo cuño para alejar a la Historia de la ciencia, para pretender convertirla en entretenida narración literaria.  

lunes, 17 de julio de 2017

¿Qué es ser historiador? Reflexiones en torno a una difícil definición.

“Soy historiador por las mañanas y filósofo por las tardes”
Marc Bloch

Por: Daniel Loayza Herrera[1]
Resumen
El presente trabajo aborda el problema de definir lo que es ser historiador. Explora la problemática del estatus científico de la Historia para, a partir de ahí, precisar el rol que cumple el historiador como estudioso del pasado. Para ello, parte del problema del hecho histórico como el concepto más importante de la ciencia histórica, así como del papel que cumple el historiador en la transformación de los hechos del pasado en hechos históricos. Concluye que el historiador está provisto de herramientas científicas de análisis, que es eminentemente crítico y, por tanto,  no debe ser confundido con un erudito o curioso sobre el pasado.
Palabras Clave: Historia, ciencia, hechos, hecho histórico, Historia
El problema inicial
Entre la comunidad de historiadores no existe un consenso sobre lo que es un historiador, es decir, aquello que lo diferencia de cualquier otro que se ocupe del pasado. Ante ello surgen algunas preguntas: ¿es historiador todo aquel que investiga el pasado?, ¿las publicaciones son las que definen quién es historiador y quién no?, ¿es necesaria alguna formación científica para ser historiador?
Las respuestas a estas preguntas son compleja, pero se puede empezar a abordarlas a partir de algunas otras preguntas. Los médicos prescriben medicamentos y realizan operaciones quirúrgicas, entonces, ¿aquellos curanderos naturistas que también prescriben medicamentos e incluso realizan operaciones pueden ser considerados como médicos? Los ingenieros civiles planifican las estructuras de las construcciones, entonces, ¿los maestros albañiles que realizan esta misma labor también pueden ser considerados como ingenieros civiles? Los historiadores escriben sobre el pasado, entonces, ¿todos los que escriben sobre el pasado deben ser considerados como historiadores?
En el caso de los maestros curanderos y los maestros albañiles la respuesta parece ser clara: no son ni médicos ni ingenieros civiles, respectivamente. Pero, ¿en el caso de los historiadores, por qué tenemos tantas dudas?, ¿por qué se nos hace tan difícil dar una respuesta concluyente y definitiva? Nuestra certeza sobre lo que es un médico o un ingeniero y nuestra capacidad para determinar quien no lo es no nace de lo que los médicos e ingenieros hacen, específicamente, sino de aquello que está detrás de lo que hacen. Es decir, para estos casos, la cuestión es simple: el médico es tal porque cura a sus pacientes sino porque lo hace a partir de la ciencia médica. El ingeniero civil lo es no simplemente porque planifica las estructuras de las casas, sino porque lo hace desde los fundamentos científicos de la ingeniería.
Entonces, ¿cuál es el origen de las diferencias entre los historiadores? Más allá de las motivaciones laborales, psicológicas, o de otra índole, el problema existente es un problema teórico, que está ligado a la determinación de si la Historia es una ciencia o no. Es decir, el conjunto de la comunidad de historiadores no está segura si ocuparse del pasado es suficiente para ser historiador o es necesaria alguna perspectiva científica para serlo. Lamentablemente, no ha sido extendida la preocupación por determinar los fundamentos de la ciencia histórica, por parte de los historiadores. Lo han dejado a la reflexión epistemológica que, generalmente, también le ha sido ajena.
El problema de la cientificidad de la Historia
¿Es la Historia una ciencia? Los historiadores, a partir de la segunda mitad del siglo XX, se han formado bajo esa concepción. Ello ha surgido como consecuencia de la influencia de diversas corrientes que buscaban la objetividad y que tuvieron impacto en la visión que se tiene de la Historia, como fueron los casos del historicismo, del positivismo comteano y del marxismo[2].
El plantear esta cuestión nos conduce, necesariamente, a una reflexión epistemológica: ¿qué es una ciencia? Frente a esta pregunta han surgido diversos enfoques, entre los que destacan dos corrientes: La primera, defendida por Karl Popper, que sostiene que ciencia es un conjunto de proposiciones que la comunidad científica siempre está dispuesta a contrastar con las observaciones empíricas. La segunda, defendida por Koyrè, Lakatos y Kuhn, que hacen una crítica de la posición de Popper, por considerar que la falsación, propuesta por Popper, no ha sido el elemento característico en el desarrollo de la ciencia.
Popper, partiendo de la crítica a la lógica inductivista, sostuvo que no hay forma lógica de llegar a una proposición universalmente válida, pues la experiencia sensible siempre es particular y limitada (Popper, 2008). Por ello, la solución estaba en pensar a las proposiciones científicas como hipotéticas con respecto a las observaciones aún no realizadas. Es decir, las teorías científicas describen cierto número de fenómenos observados de la realidad. De acuerdo a este planteamiento, cada nueva observación debe ser contrastada con la teoría, si la nueva observación coincide con la descripción de la teoría, entonces, la teoría se fortalece. Pero en el caso de que surja una observación o un conjunto de observaciones que no coincidan con las predicciones de la teoría, esta sería abandonada. A este proceso se le conoce como falsación (Martínez, 2005). Dentro de esta concepción, entonces, las teorías científicas se sustentan en dos elementos fundamentales: las predicciones que realizan las teorías con respecto a las futuras observaciones que se describen y la disposición que debe existir para falsar las teorías, por parte de la comunidad científica. El modelo de Popper para comprender el desarrollo de la ciencia está basado en la manera que, a su entender, se trabaja a nivel de las ciencias naturales, especialmente la física. En ese sentido podríamos decir que las ciencias sociales, cuyas teorías tienen una mínima o nula capacidad predictiva no serían ciencias[3].
Koyré, Lakatos y Kuhn realizaron una crítica a la posición de Popper. Sostuvieron que, en el desarrollo de la Física, la falsación no había conducido necesariamente al abandono de las teorías científicas[4]. Lakatos argumentó que existen proposiciones científicas que están más allá de toda contrastación empírica. Por su parte, Koyré y Kuhn destacan el papel de la comunidad científica en lo que se acepta como conocimiento científico, o no. Pese a las diferencias entre estos enfoques, todos ellos tienen en común el punto de partida: El desarrollo de la Física.
Los enfoques epistemológicos sobre lo que es una ciencia han resultado bastante restrictivos. Ello se debe a que las ciencias sociales tienen una característica fundamental que las diferencia de las ciencias naturales. Mientras que las ciencias naturales parten de la estricta separación entre el sujeto y el objeto, lo que les permite alcanzar la ansiada “ objetividad”; las ciencias sociales no pueden desarrollarse bajo esa estricta separación, ya que el investigador o científico social al estudiar una sociedad no está exento de sus propios valores creencias, marco teórico y conceptos[5]. Esta diferencia entre las ciencias naturales y sociales fue advertida, en el siglo XIX, por Dilthey[6]. Entonces, exigirle a las ciencias sociales una capacidad predictiva como condición para ser consideradas como ciencia no es sino el resultado de una incomprensión de la manera y los referentes a partir de los cuales se generaron los postulados epistemológicos contemporáneos.
Como consecuencia de lo anteriormente señalado surge la pregunta: ¿si la Historia es una ciencia, que la hace tal? La respuesta parece sencilla: tiene objeto de estudio, marco teórico y métodos de investigación. El objeto de estudio de la Historia es el hecho histórico. El problema del conocimiento del hecho histórico es imprescindible para el esclarecimiento de la labor del historiador. Sin embargo, no puede ser abordado si antes no se esclarece el problema de la teoría y del método.
¿Qué es la teoría? Es el conjunto de categorías y conceptos que sirven para al análisis del objeto de estudio. Estas categorías y conceptos hacen posible que el objeto sea inteligible desde la perspectiva de la ciencia. Las categorías tienen su fundamento en la filosofía y son universales; mientras que los conceptos son más específicos y reflejan la manera particular en que la cada ciencia los entiende. Por ejemplo, la Física tiene conceptos como masa, fuerza, aceleración y gravedad. El conjunto sistemático de estos conceptos es lo que comúnmente se denomina marco teórico.
Toda teoría, en sí misma, lleva implícita un discurso gnoseológico, es decir, un conjunto de supuestos sobre la manera en se produce el acto de conocer. Esta constatación nos permite comprender la relación entre el objeto que se observa y estudia y el método o métodos que se van a utilizar para poder llevar a cabo la investigación. La teoría, en este sentido, opera como una bisagra que asegura la confiabilidad del proceso de conocimiento, proveyendo del soporte para la formulación de inferencias válidas desde el punto de vista científico.
¿La Historia cuenta con teoría? Si analizamos el problema a nivel de los conceptos específicos, propios de la ciencia histórica, advertimos que los conceptos más utilizados como desarrollo, progreso, crisis, decadencia, auge, contradicciones, clases sociales, estamentos, castas, capitalismo, política, estado, poder, entre otros, no son exclusivos de la Historia, sino son compartidos con otras muchas ciencias, como la economía, la sociología, la antropología, etc. (Chaunú, 1985). Sin embargo, hay un concepto que le es propio y distintivo de la Historia: el hecho histórico. Ello se debe a que el desarrollo de la Historia como ciencia se ha dado de la mano y paralelamente con numerosas otras ciencias sociales, como es el caso de la economía, la sociología, la antropología, la lingüística, la psicología, entre otras.
La teoría cumple un papel fundamental e imprescindible en la comprensión de los hechos históricos. La razón radica en que no es posible, desde el punto de vista empírico, comprender el proceso histórico de una manera universal y total. Dicho de otro modo, no es posible tener el conocimiento empírico de todos los hechos históricos. Por otro lado, la teoría es el resultado de un nivel particular del desarrollo de la filosofía y de la propia ciencia histórica. En ese sentido, tampoco es posible apreciar los hechos históricos desde el pasado. Solo nos es posible hacerlo desde el presente, desde la mirada del historiador.
Es el sujeto cognoscente,- el historiador- el que se acerca al estudio del hecho histórico, pero para ello debe estar provisto de una teoría que le sentido y regularidad a los hechos. Los hechos, por sí mismos, son ininteligibles sin las categorías y conceptos de los cuales debe estar provisto, previamente el historiador.
Aunque, a lo largo de la investigación de los hechos históricos, los historiadores no se ocupen por determinar que es conocer y como se llega al conocer, su práctica lleva implícita esta concepción. Todo método científico lleva implícita su raíz gnoseológica, pues parte de fundamentos teóricos. Los métodos de análisis responden a planteamientos sobre la manera en que el sujeto cognoscente puede alcanzar una comprensión del objeto estudiado.
La Historia ha tenido sus propias luchas para convertirse en ciencia, y el derrotero por el que han transitado han estado marcadas por el compromiso de apreciar el pasado desde el presente, con espíritu crítico. Como toda ciencia, no es un producto acabado, surgido por generación espontánea, sino una construcción progresiva. La Historia, como ciencia, tiene también su historia. Es a partir del siglo XIX que, al amparo de la expansión del positivismo, el historicismo, las corrientes hermenéuticas alemanas y el marxismo, surgen las primeras preocupaciones por dotar a la comprensión de la sociedad de un carácter científico. Sin embargo, pese a los importantes aportes de Max Weber y Marx, por ejemplo, para el caso alemán, en la mayor parte de la historiografía francesa del siglo XIX, imperó una interpretación tradicional y conservadora de la historia.
En el siglo XX se produjo una importante expansión del marxismo. Su teoría social, el materialismo histórico, pasó a ser la teoría social dominante. Su fortaleza radicó en que contaba con una interpretación integral, completa que combinada eficazmente la economía, la sociedad, la política y los elementos ideológicos. El marxismo aportó una importante base teórica para el despegue de la Historia como ciencia. Si influencia sería innegable en gran parte de los historiadores del siglo XX.
Aurell, (2005) y Burguière (2009) han señalado que la Escuela de los Annales contribuyó al desarrollo de los métodos de investigación histórica. Las visiones temporales y espaciales se renovaron, se impulsó el análisis totalizador de la sociedad y la comprensión de los hechos particulares en el marco de los procesos globales. El desarrollo de nuevos enfoques y métodos de investigación contribuyeron a consolidar a la Historia como una ciencia. Sin embargo, quienes conformaron Annales no compartieron una teoría ni hicieron una importante reflexión teórica entorno a sus métodos. Historiadores como Hobsbawm, Thompson y Fontana, desde el marxismo, han contribuido con el conocimiento del pasado desde la reflexión teórica. Ello ha permitido una adecuada articulación entre teoría y método. Estos progresos en el campo de la Historia hicieron que las viejas formas de historiar el pasado, propias de la historia tradicional, decimonónica, devinieran en pre-científicas.
Este reconocimiento nos conduce al problema de cómo se produce el acercamiento del investigador hacia el hecho histórico. Este no se puede producir desde la estricta objetividad, a la que pueden alcanzar las investigaciones en ciencias naturales. La aspiración positivista de construir una suerte de “física social” se ha mostrado como un imposible a la luz del desarrollo actual de todas las ciencias sociales[7]. De igual forma la idea de Michelet, de presentar los hechos del pasado como una descripción pormenorizada de acontecimientos, sería reducir la historia a una suerte de anecdotario de poco valor (Juliá, 2014). La razón de ello es que el investigador social es sujeto, pero a la vez objeto de conocimiento ya que él pertenece también a una sociedad, aunque no necesariamente sea la que estudia.
Ello conduce a la comprensión del conocimiento histórico como centrado en el sujeto cognoscente. Es, precisamente, este sujeto que conoce el que construye los hechos históricos. La historia no son los hechos del pasado, sino el conocimiento crítico de los hechos del pasado. La historia no es lo que sucedió, sino la forma específica en que esos hechos son comprendidos críticamente, desde el presente, donde las categorías y los conceptos de hoy se proyectan hacia el pasado, para darle sentido al presente.
Ello no debe confundirse con la posibilidad de que la historia sea simplemente lo que la gente se figura que ocurrió, No está sometida a esa anarquía o capricho. El conocimiento histórico debe sustentarse en fuentes, pero se debe reconocer que las fuentes no dicen nada, son los historiadores los que las hacen decir algo.
En suma, lo que existe de manera independiente de los historiadores son hechos y documentos. Los historiadores deciden que hechos son relevantes para comprender el pasado y que documentos constituyen fuentes para ese conocimiento. Sobre la importancia del historiador como sujeto cognoscente y la manera como debe enfrentarse a las fuentes, Marc Bloch (2006) escribió:
Pero, ¿basta con reunir los testimonios y unirlos de cabo arabo? Realmente no. La tarea del juez instructor nunca se confunde con el trabajo de su secretario. No todos los testigos son sinceros, ni su memoria es siempre fiable y por ello no podemos aceptar sus declaraciones sin ejercer cierto control. ¿Cómo se las arreglan los historiadores para extraer u atisbo de verdad de los errores y mentiras y obtener un poco de trigo de la paja? El arte de discernir lo verídico, lo falso y lo verosímil en las narraciones se denomina crítica histórica y posee una reglas, fáciles de conocer, que espero mostrarles (…) (pp. 18-19)
De esta manera, desde la perspectiva científica, es el historiador el centro del conocimiento histórico. No es un agente pasivo que solo recoge datos, tampoco un simple ratón de archivo. Su trabajo es fundamentalmente crítico y reflexivo. Esa reflexividad crítica es, precisamente, un componente fundamental de su labor científica. Sin embargo, debemos advertir que la crítica no se agota en el análisis de las fuentes, sino, fundamentalmente en la crítica del presente a través de una crítica del pasado. De esta forma, la Historia no es otra cosa que una forma de acercarse de manera comprometida con el presente a través del pasado.
Hecho y hecho histórico
El presente es el resultado de una sucesión de hechos. Los hechos, por sí mismos no son historia. Para ser historia requieren del observador. El conocimiento histórico transforma esos hechos en historia, es decir en históricos. La historia científica nace cuando se analizan críticamente los hechos, no antes. El hecho histórico, de esta manera, encarna el mayor problema para definir a la Historia como una ciencia. Si los hechos del pasado son hechos que tienen importancia para comprender el presente y, además, son apreciados críticamente, devienen en hechos históricos. Un elemento fundamental para que los hechos del pasado sean tratados como históricos es la construcción de un discurso crítico y reflexivo sobre la importancia que esos hechos tienen a través del tiempo.
Esa valoración de su importancia y proyección en el presente no se desprende del hecho mismo sino de la comprensión que se alcanza sobre él. Hay que recordar que lo ocurrido en el pasado es simplemente una sucesión de hechos, y que es desde la ciencia histórica que se determina su importancia colectiva. Esos hechos cuando son comprendidos como tales son tratados y abordados como hechos históricos. Se transforman en tales. Es, precisamente, esa mirada la que diferencia al historiador de cualquier otro curioso por el pasado. El historiador busca explicaciones para el presente, extrae lecciones, le otorga sentido y organicidad al pasado. El objeto de la Historia no son los hechos del pasado en sí mismos, sino los hechos históricos, los cuales son un producto del acercamiento y comprensión del pasado por parte del historiador. No existe, por tanto, en el campo de la Historia una separación estricta entre el objeto y el sujeto[8].Sobre la definición de hecho histórico Gloria Delgado (2005), menciona lo siguiente:
Se le llama hecho histórico a la interpretación realizada por los especialistas en historia acerca de algún evento particular protagonizado por seres humanos y ocurrido en un lugar y tiempo determinados. Por tanto el hecho histórico no es el suceso en sí mismo, sino una construcción intelectual hipotética, creada por el historiador a partir de los datos de la realidad social y cultural que obtiene de las fuentes consultadas…  (pp. 5-6)
A partir de lo anteriormente mencionado se puede sostener que es historiador aquel que investiga el pasado, pero con la mirada de los hechos históricos. Esa mirada necesariamente es crítica y reflexiva. No es la mirada del curioso desprevenido. Si esta mirada está ausente, aun cuando haya escrito decenas de libros sobre el pasado, a la luz del desarrollo actual de la ciencia histórica, no puede ser considerado historiador. Ello ocurre incluso cuando sus trabajos puedan ser valiosos como punto de partida para investigaciones históricas, - por parte de quienes si son historiadores-, y le otorguen a los hechos el tratamiento que es propio de la Historia: el tratamiento de hechos históricos.  
El historiador, para comprender el pasado, utiliza marcos teóricos propios de diversas ciencias, pero le imprime la particular mirada histórica, la mirada del tiempo histórico y del espacio histórico, de la proyección de los hechos hacia el presente. Este es el rasgo distintivo que diferencia al historiador de cualquier otra persona que se ocupa de los hechos del pasado.
El hecho histórico expresa, entonces, la particular relación del historiador con el pasado. Es la comprensión del hecho del pasado realizada desde el presente. Representa la compleja relación entre el objeto y el sujeto que conoce, donde el sujeto cognoscente es también objeto conocido. Encarna un proceso de conocer, pero también de reconocerse. Se aparta de la aspiración positivista de representar los hechos de manera absolutamente objetiva e imparcial, a partir de una ilusoria apelación a la neutralidad, pero también de la concepción decimonónica de la historia, caracterizada por la simple narración erudita de los hechos del pasado, para volcarse en interpretación viva y crítica.
Conclusión.
El historiador es aquel investigador que, provisto de un análisis científico, analiza, comprende y crítica el pasado desde los fundamentos y perspectiva propios de la ciencia histórica. Es aquel que transforma los hechos del pasado en hechos históricos. Está provisto de una mirada desde el presente, lo cual le permite comprender regularidades y cambios. El historiador no es aquel que ingresa a un archivo y simplemente escudriña entre documentos apolillados, sino el que transforma aquellos documentos en fuentes que cobran sentido para el presente. Historiador no es más el erudito del siglo XIX, simple recopilador de hechos inconexos, que son presentados como entretenidas anécdotas sobre el pasado, sino el riguroso crítico provisto de un sólido marco teórico que construye un discurso sobre el pasado. El historiador, al ingresar a un archivo o recurrir a un documento del pasado, lo hace con una mirada muy distinta del archivero o del curioso. .De esta manera, el historiador puede ser definido de la misma forma que el médico o el ingeniero civil: no por lo que aparentemente hace, sino por lo que hay detrás de lo que hace.


Fuentes de información
Aurell, J (2005) La escritura de la memoria: de los positivismos a los postmodernismos. España: Universitat de València.
Bloch, M (2006) Historia e historiadores. Madrid: Akal.
Brom, J (2012) Para comprender la historia. Madrid: Grijalbo.
Burguière, A (2009) La escuela de Annales: una historia intelectual. España:
Universitat  de Valencia.
Chaunú, P. (1985) Historia ciencia social. La duración, el espacio y el hombre en la época moderna. Madrid: Encuentro ediciones.
Delgado, G. (2006) Historia de México. Vol I La gestación de un pueblo. México: El colegio de México. 5ta. Edición.
Julià. M (2014) Las ruinas del pasado: aproximaciones a la novela histórica postmoderna. Madrid: Ediciones de la Torre.
Martínez,     (2005) El problema de la verdad en K. R Popper: reconstrucción histórico –sistémica. España: Gesbiblo.
Popper, K (2008) La lógica de la investigación científica. Madrid: Tecnos.




[1] Historiador. UNFV.
[2] El historicismo fue una corriente desarrollada en Alemania durante el siglo XIX, principalmente. Sostenía que la objetividad debería ser la característica fundamental de toda investigación científica. El positivismo, cuyo fundador fue Augusto Comte postuló que solo el conocimiento científico era un auténtico conocimiento. El marxismo, por su parte, también postuló la necesidad de alcanzar un conocimiento objetivo de la sociedad y su desarrollo. Para ello desarrolló una completa concepción del mundo, agrupada en la que se ha llamado materialismo dialéctico y materialismo histórico. El materialismo histórico marxista ha sido la teoría social más influyente y hegemónica del siglo XX, además de la que más ha contribuido a consolidad a la Historia como una ciencia.
[3] Como es bastante conocido Marx y Engels predijeron la revolución proletaria y el triunfo del socialismo. Popper, a partir de lo que consideró una falla en la predicción, anunciada en el Manifiesto Comunista, sostuvo que el marxismo no tiene carácter científico.
[4] La crítica que se realizó a los planteamientos de Popper giró, básicamente en demostrar que a lo largo del desarrollo de la Física la falsación no ha sido el elemento que ha llevado a la superación de la ciencia. Es decir, que las teorías científicas han sobrevivido o sucumbido con relativa independencia de la confirmación o no de sus predicciones.
[5] La ciencia, como producto cultural de occidente, desde su fundación como reflexión filosófica, partió de la separación entre el objeto y el sujeto. Este principio fue la base de la cosmología de Thales de Mileto, Anaximandro y Anaxímenes. Pese a la diversidad de escuelas que se desarrollaron en la civilización griega, este enfoque alcanzará su más alta realización con los planteamiento de Aristóteles, para quien el mundo es objetivo y separado del sujeto, siendo este último el que se constituye en sujeto cognoscente. Sin embargo, no se debe soslayar que algunos experimentos de la física cuántica han sido interpretados desde una perspectiva neoplatónica, atribuyéndole al observador u papel fundamental en ello.
[6] El filósofo, sociólogo e historiador alemán Wilhem Dilthey señaló que las llamadas ciencias del espíritu se diferencian de las ciencias naturales. Destacó que la idea de “objetividad”, propia de las ciencias naturales, no tiene ningún sentido en el ámbito de las ciencias humanas, donde la subjetividad cobra especial relevancia.

[7] Comte planteó la necesidad de crear una “Física social”, a la cual se le dio por nombre sociología.
[8] En este sentido el hecho del pasado opera como cosa y el hecho histórico como objeto, pues para su comprensión es necesario que el historiador esté provisto de categorías y un marco teórico que haga cognoscible el hecho y que cobre sentido.  Kant, hizo una clara diferenciación entre la cosa y el objeto, donde destaca que la cosa en sí es inaccesible al entendimiento humano; mientras que el objeto constituye la aprehensión alcanzada sobre la cosa.