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martes, 29 de enero de 2013

La cultura de la idiotez



Un fenómeno cultural reciente se ha extendido masivamente: la cultura de la idiotez. Esta nueva cultura está destruyendo de manera bastante acelerada  los cimientos racionales sobre los cuales se edificó la cultura occidental.

Los individuos sometidos a su influencia se encuentran desprovistos de los medios para construirse una imagen estructurada y totalizadora del mundo. Sin una ideología articuladora que les permita organizar la información que reciben, se muestran incapaces de analizarlo y criticarlo. La cultura de la idiotez se caracteriza por presentar imágenes sesgadas, segmentadas sobre la realidad. Es una renuncia al discurso, a la argumentación.

El discurso, que fuera el elemento fundamental a partir del cual se construyó una imagen estructurada de la realidad social, queda eclipsado ante la avalancha de imágenes inconexas a las que son sometidos quienes están bajo la influencia de la cultura de la idiotez. Una muestra de este abandono es la renuncia a la escritura y la lectura como medios para comprender la realidad.

Ante la vertiginosa sucesión de imágenes inconexas emerge una conciencia inmediatista de la realidad. La idea del tiempo histórico largo y del proceso se pierde frente a la idea del ahí y el ahora. La coyuntura termina engullendo a la estructura. El titular noticioso impone su ritmo y su dinámica. Se suceden sin cesar, dejando tras de sí imágenes desprovistas de toda organicidad. La información se degrada hasta su nivel más elemental y parcializado, posibilitando solo la construcción de estados anímicos.

Los discursos sociales aglutinantes, propios de la modernidad, han colapsado  frente a la parcialización de la realidad. Los individuos caen presos de un nuevo individualismo, caracterizado por la percepción de individualidades desarraigadas del conjunto de la sociedad. Así, la idea de la libertad como sustento de la individualidad es reemplazada por la sensación de desamparo ante nuestra propia vida y el tiempo en el que está inmersa.. 

La cultura de la idiotez es el resultado directo de lo que se ha llamado la sociedad del espectáculo. La sociedad del espectáculo es la expresión del aumento del poder o influencia social de los medios masivos de comunicación y del papel clave que han jugado en la estructuración de la llamada cultura de masas. La cultura de masas ha jugado un papel clave en el desarrollo de la llamada “sociedad de consumo”. Esta se ha elevado a un grado sumo, pues produce no sólo mecanismos de condicionamiento hacia la adquisición de determinados bienes y servicios, sino fundamentalmente de determinados paradigmas sociales e ideas.

La cultura de la idiotez es el producto más reciente de la cultura de masas. De una cultura creada por los medios y divulgada a escala industrial,  que ha terminado por renunciar al discurso y a la ideología estructurada para garantizar el sistema. Ante la inexistencia de una ideología que cuestione el orden económico y social, los medios han redefinido su papel: asegurar la reproducción ininterrumpida del sistema a través de la desvinculación del hombre con la realidad. 

Los discursos son fundamentales para poder elaborar interpretaciones razonadas y orgánicas sobre la realidad. Son vehículos imprescindibles para que la razón pueda realizarse. Los discursos estan formados por unidades de pensamiento debidamente artículadas y estructuradas. Estas estructuras nos proveen de medios para ordenar la realidad e interpretarla convenientemente.

Al ser la argumentación el único medio para darle orden y sentido a nuestra imagen del mundo, para dar coherencia a nuestra vida individual y colectiva, ocurre que la carencia en los medios de un lenguaje racional castra toda posibilidad de una construcción consistente de la realidad.  Es decir, hemos pasado de una alienación basada en ideologías articuladas a otra sustentada en mensajes ideológicos parcializados, segmentados, indigeribles por si mismos, que favorecen el embrutecimiento humano.

Si existe una cultura post-moderna por excelencia, esa es  la cultura de la idiotez. Anti racional, acrítica, pasiva, llena de representaciones inconexas sobre la realidad, que renuncia a la totalidad y a la conciencia histórica del tiempo largo. En suma, la cultura de la idiotez constituye, actualmente, la mayor amenaza para los principios que sustentaron la cultura occidental.

Si en algún sentido, la post-modernidad fue concebida como la quiebra de la hegemonía de la razón única, para dar paso a una multiplicidad de razones y discursos; la cultura de la idiotez niega la multiplicidad de discursos para simplemente prescindir de ellos. Es la dictadura del no discurso, de la sinrazón.

Antirracional, acrítica, de una pasividad embrutecedora, llena de representaciones incongruentes sobre la realidad, que renuncia a la totalidad y a la conciencia histórica de largo aliento. En suma, la cultura de la idiotez constituye la expresión más categórica de la mentalidad pigmea de estos tiempos, la mayor amenaza de los barbaros contemporáneos a la cultura occidental.

lunes, 28 de enero de 2013

Medios de comunicación y control Social



Es sabido que los medios de comunicación juegan un importante papel en la sociedad. Es tan importante su rol que seria incomprensible el mundo de hoy sin ellos. Sobre su poder e influencia se ha dicho y escrito bastante; aunque es menester reconocer que la sociedad en su conjunto no ha aquilatado las advertencias que, desde muchas fuentes, se lanzan al respecto.

Los medios de comunicación son concebidos comúnmente como  canales a través de los cuales el público se puede entretener e informar. Sin embargo, se deja pasar el hecho de que los medios juegan un papel de primerísima importancia en el control social.

El control social es consustancial a la sociedad. Es la modelación de la conducta como resultado de la existencia de un conjunto de mecanismos que van desde la coacción hasta otros mucho más sublimes e inadvertidos. El control social se expresa en una oferta limitada de comportamientos posibles, fuera de los cuales no es posible actuar. Cuando esto ocurre operan las sanciones punitivas, como es, por ejemplo, el caso del derecho penal en las sociedades contemporáneas.

En la medida en que los medios masivos de comunicación son modeladores de la conducta, participan y contribuyen a la implementación y eficacia de los mecanismos de control social. Estos mecanismos tienen una importante función de control social en la medida en que las sociedades modernas han requerido sublimar sus formas de control social.

La Modernidad y el control social
La modernidad, como poder institucionalizado, empieza con la revolución francesa. Pese a que filosóficamente es anterior a 1789, fue este proceso el que buscó por primera vez la materialización de sus ideas. Desde el punto de vista del control social, las ideas ilustradas denunciaron el maltrato físico a los trasgresores del orden, reemplazándolo por formas más sublimes. El epicentro de la sanción a quienes realizaran actos opuestos a los socialmente aceptados se traslado del cuerpo a la mente. 

En el campo del derecho penal, por ejemplo, la doctrina alemana se concentró en el desarrollo de una teoría del delito basada en la conducta. Así, la mente humana se convirtió en el nuevo escenario hacia donde debería dirigirse la sanción. 

La voluntad humana pasó a ser el gran espacio desde empezó a percibirse el funcionamiento de la sociedad. Desde el campo del derecho civil, tanto la doctrina francesa del acto jurídico, como la alemana del negocio jurídico partieron de la voluntad y de la manifestación de ésta como constructora de relaciones jurídicas. Desde la política, por su parte, la voluntad paso a ser la piedra angular sobre la que se debían construir las relaciones políticas. Así, el sufragio se convirtió en el mecanismo que simboliza la democracia.

Este nuevo escenario, donde las instituciones estaban operando sobre la base de la idea de voluntad, era propicio para el desarrollo de la economía capitalista. El capitalismo, para su desarrollo requirió de determinadas formas de libertad individual. En suma, de manifestación de la voluntad. La libertad económica y, con ella, la libertad de los mercados no serían posibles sin estas nuevas forma de percibir la vida social. Fue justamente el impulso proveniente del desarrollo de la economía capitalista lo que hizo posible la institucionalización de nuevas formas jurídicas e ideológicas centradas en la voluntad. Los viejos mecanismos de uso de la violencia coactiva debieron dar paso a formas más elaboradas. Ya no era posible controlar el cuerpo; era preciso controlar la mente.

La escuela, por esta razón, empezó a jugar un rol cada vez más importante como medio homogenizador y transmisor de contenidos modeladores de la personalidad. No es casualidad el empeño que los Estados Europeos y el norteamericano mostraron por la educación en los siglos XIX y XX. La escuela empezó a preparar a los individuos para ser “buenos ciudadanos”, para cumplir las normas instituidas y evitar al máximo toda  conducta que colisionara con el poder instituido.

El siglo XX presenció el surgimiento de los medios masivos de comunicación. Primero la radio y posteriormente la televisión fueron transformando a los individuos haciendo mucho mas eficaces los mecanismos de control social tradicionales. La segunda guerra mundial mostró las enormes posibilidades de los medios de comunicación como mecanismos de manipulación de los individuos, de constructores de “conductas” adecuadas a los intereses de los diferentes países partícipes en la conflagración. 

Paralelamente a esto, la necesidad de crecimiento del capital de manera ampliada condujo a un proceso de construcción de una nueva sociedad: “la sociedad de consumo”. El consumismo, como construcción socio-cultural, es un producto que sería incomprensible sin el papel que juegan los medios de comunicación. En este sentido, los medios han contribuido a modelar las personalidades de los individuos, a direccionar su voluntad. 

Es menester advertir que este proceso de modelamiento de la voluntad, a través de la construcción de personalidades consumistas, no se restringe al consumo de bienes y servicios. El consumo se extiende al de las ideas y paradigmas sociales. Así, el proceso de completa con  la alienación progresiva del individuo hacia formas de razonamiento y reflexión orientadas directamente a castrar toda posibilidad de elaborar una postura crítica frente al orden social existente. De esta manera, las conductas que los individuos perciben como posibles de realización se reducen notablemente, permitiendo que realicen solo aquellas que van en concordancia con lo que el sistema necesita; pero que, sin embargo, estas conductas internalizadas desde los medios sean percibidas por los propios individuos como una expresión de la autonomía de su voluntad.

sábado, 26 de enero de 2013

Religión y política: a propósito del apoyo evangélico a la alcaldesa Susana Villarán


Hace algunos días un representativo número de pastores evangélicos se pronuncio  por el “NO” a la revocatoria de  la alcaldesa Susana Villarán. En una reunión, en la que estuvo presente Anel Townsend, operadora política de Villarán, y cartel en mano, los pastores de la Iglesia Evangélica  dejaron  en claro la posición de su iglesia al respecto.

A propósito de ello se plantea una pregunta fundamental: ¿los temas religiosos deben estar fuera del ámbito político? Al respecto, pueden, ciertamente, surgir una multiplicidad de opiniones; sin embargo al interior de este enorme abanico pueden apreciarse dos posiciones básicas. La primera sostiene que los temas religiosos están al margen de los políticos. La segunda, al contrario, sostiene que estos no están al margen de lo  político.

Para abordar esta cuestión debemos plantear algunas ideas previas, con el fin de no generar indeseables equívocos. En principio, cuando planteamos la cuestión religiosa lo hacemos desde la perspectiva de que la iglesia evangélica lo hace desde la fe... Esto es, como un fenómeno social caracterizado por el convencimiento de la existencia de Dios y la veracidad de su mensaje. No vamos a discutir el espinoso asunto de si Dios realmente existe o si el mensaje es auténticamente divino. La cuestión esta mas bien referida a la pregunta  de si, como iglesia, los evangélicos pueden pronunciarse electoralmente o no.


Debemos partir de un hecho fundamental: cuando los evangélicos actúan como iglesia lo hacen desde un punto de vista necesariamente religioso. Esto se debe a que las iglesias tienen tal fin. Es decir, si los evangélicos actuaran individualmente y a titulo personal  no lo  estarían haciendo como iglesia.

Ciertamente, las iglesias, desde el momento en que buscan el reconocimiento del Estado se interesan por la política. Tal vez su interés este circunscrito a una cuestión de valores, pero ello no menoscaba su interés. Toda iglesia busca materializar en la tierra los mandamientos bíblicos. En este sentido no tiene nada de extraño que aspiren a una sociedad en la que imperen los valores que defienden.

La idea de que a las iglesias solo se interesan en los asuntos divinos es una ficción por dos razones fundamentales. La primera porque según sus convicciones solo alcanzaran el cielo por su fe y sus hechos, y estos solo se dará en la terrenalidad de la vida misma.  La segunda es de carácter factico. La iglesia católica, por ejemplo, ha intervenido en política durante toda su historia. Incluso tienen un Estado. Además las encíclicas papeles, en la mayoría de los casos, tienen un trasfondo político. No hay ninguna justificación para que los evangélicos no puedan decidir manifestarse por una candidatura en su condición de iglesia.

En suma, pretender desconocerle a la iglesia evangélica, o a cualquier otra, el legítimo derecho a  manifestarse políticamente seria una grave inequidad en un país que aspira a la inclusión y a la democratización de su sociedad. Mas aun cuando los asuntos que le interesa a toda iglesia suele ser mas terrenal de lo que se suele pensar comúnmente.

miércoles, 23 de enero de 2013

“Los nuevos ricos son horrorosos”: reflexiones sobre el racismo en el Perú


Hace unos días, la señora Claudia Dammert, en una polémica entrevista hecha por Beto Ortiz en el matutino “Abre los ojos” declaró que detrás de la campaña a favor de la revocatoria se mueven los poderosos y turbios intereses económicos de una clase social, a la que llamó los nuevos ricos del Perú. La renombrada actriz, conocida por su espíritu irónico, afirmó que la defensa de la revocatoria solo le hace el juego a estos nuevos ricos, a esta plutocracia emergente, a los que tildó de horrorosos y huachafos. “Los nuevos ricos son prepotentes y cholean siendo ellos mismos cholos, y eso los diferencia de los ricos de linaje”, manifestó medio en broma, la actriz.

Como era de esperarse en una ciudad en que la ambivalencia moral es el rasgo predominante de sus ciudadanos, estas declaraciones cayeron muy mal en el ánimo de la población, no porque el racismo le resulte intolerable, sino porque su expresión está destinada al ámbito privado. Fue tal el rechazo generado por sus declaraciones que la actriz tuvo que pedir disculpas en otro programa televiso.

La cuestión que nos anima no es la de censurar o aplaudir lo manifestado por la señora Dammert, sino más bien la de someterla a un a un análisis serio que vaya más allá de los efectos inmediatos que pueda tener en esta campaña por el sí o el no a la revocatoria. Observamos con cierta preocupación que la campaña es un campo de lidia implacable en el que los argumentos más grotescos, las proposiciones más falaces son las armas preferidas de los contrincantes. Nosotros creemos que las declaraciones dadas por Dammert son una especie de radiografía de la sociedad en la que vivimos, una imagen de la mentalidad característica de este país. 

La sociedad peruana ha presenciado el surgimiento de nuevos sectores sociales, que con el tiempo se han convertido en grupos económicamente poderosos, materialmente exitosos, a los que comúnmente se les ha llamado emprendedores. Estos sectores, sin duda alguna, han contribuido y contribuyen enormemente con el dinamismo de la economía peruana, con su pujanza productiva. Incluso podríamos decir que han alentado en nuestra sociedad una democracia distributiva y de consumo. Pero de igual forma han contribuido con la masificación social imponiendo nuevos comportamientos y actitudes que muchas veces reproducen los viejos vicios de la sociedad peruana, como es el caso del racismo y la marginación.

El racismo y la marginación no son características privativas de los nuevos ricos del Perú. Son más bien un fenómeno de carácter general que siempre se ha presentado en nuestra sociedad. Y este fenómeno se ha dado especialmente en los antiguos ricos, “los ricos con linaje y pedigree” como dijo con cierto orgullo Claudia Dammert.

"El buen gusto" es un monopolio que las clases dominantes detentan a fin de legitimar su posición de poder. Un poder que sienten les da el derecho de distinguirse y por ende de cholear. Pero los sectores dominantes no solo dominan, tienen derecho de dominar; por lo tanto tienen derecho de cholear.

De acuerdo con Claudia Dammert, resulta "huachafo" que los nuevos ricos, “los cholos con plata” choleen. La razón de ello es que no tienen el derecho de ser dominantes. Este derecho-no lo menciona Dammert, pero se desprende claramente de sus palabras-nace de la distinción que se adjudican las viejas y rancias familias aristocráticas del Perú, aquellas que exhiben no tanto riqueza, sino sobre todo “clase, caché”.


Lo que Claudia Dammert ha dicho entonces es que la distinción, el caché es la fuente de legitimación de la posición dominante. Esta idea nos retrotrae a la imagen de un orden social imaginario de tipo estamental, de una mentalidad feudal en el que la "sangre azul" es la fuente legitimadora del poder simbólico y material.

La sociedad dentro de este planteamiento feudal es concebida como una realidad estática y eterna, basada en “la diferencia natural”. Dentro de esta visión todo cambio de la sociedad resulta no solo amenazador, sino también antinatural, pues remece las mismas bases de lo que Dios o la vida han predeterminado. Sin embargo, debemos decir que “la concepción aristocrático-feudal” está herida de muerte por una masificación creciente e incontrolable alentada por la clase de “los advenedizos huachafos, los ricos horrorosos” a los que se refiere despectivamente Dammert.


Estos "ricos horrorosos" se han formado y crecido en la anomia (falta de reglas) Su predilección por quebrantar las normas sociales es recurrente, lo cual resulta censurable, pero comprensible, en la medida en que nacieron del rechazo y el distanciamiento hacia el sistema. Pero también es igualmente reprobable la actitud extranjerizante, antipatriótica y sobre todo la inmovilidad material y cultural de los antiguos ricos de linaje y pedigree. Se podría decir que mientras los nuevos ricos surgieron en la anomia, los viejos ricos, en cambio, languidecieron en la anemia: su sangre azul al estar viciada los condenó a una vida de empantanamiento social, que contribuyó en gran parte al ascenso de los ricos advenedizos.

En todo caso, el rechazo generado frente a estas declaraciones puede ser interpretado de muchas formas. Entre ellas nos quedamos con dos interpretaciones. La primera expresa la incapacidad de los "viejos ricos" para crear un proyecto de país, para dirigir la nación hacia la construcción de una realidad superior en lo material y  lo cultural.  En ese sentido, la manifestación de la señora Dammert es una expresión nostálgica de un mundo social hoy inexistente, extinto por su misma inmovilidad y aislamiento. La segunda, el hecho de que el racismo en el Perú se puede ejercer, pero no expresar. El choleo es una institución nacional que atraviesa el conjunto de nuestras relaciones sociales. No es patrimonio de los "viejos ricos" ni de los "nuevos", sino de toda la sociedad. Sin embargo, es un racismo que pese a humillar y golpear esconde la mano agresora; un racismo que se practica cotidianamente, pero que se niega expresamente. Por eso nos escandalizamos cuando alguien tiene opiniones racistas, por eso se nos eriza la piel, nos sale espuma de la boca cada vez que alguien declara su racismo.

En todo caso diremos que Claudia Dammert es criticada por expresar su racismo, no por pensarlo. He allí la duplicidad moral de nuestra sociedad.

lunes, 7 de enero de 2013

Sociologia y utopía: el positivismo de Comte y la ciencia como religión


La sociología es una ciencia social que tiene como fin explicar el funcionamiento y dinámica de las sociedades. Es una ciencia joven, si la comparamos con las ciencias naturales. Se considera a Augusto Comte. como el fundador de la Sociología, aunque es menester advertir que las primeras preocupaciones sociológicas aparecieron con Saint Simón. La sociología nació como el intento de transformar la sociedad de acuerdo al objetivo de construir una sociedad perfecta, libre de desigualdades y de injusticias. El siglo XVIII; pero especialmente el XIX fue el de la consolidación de la sociología como una ciencia dedicada al estudio de las sociedades. En suma, la sociología nace como el intento de construir una sociedad perfecta, como una aspiración utópica sustentada en el racionalismo moderno.

A finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX existió la idea de que la Razón era capaz de develar los misterios de la existencia natural y social, antes reservados a la religión. El avance en las ciencias naturales y la primera revolución industrial convencieron a los hombres de aquella época de que la ciencia era no solo la única forma de alcanzar un conocimiento racional del mundo, sino el medio para transformarla. Desde la filosofía de Baruch Spinoza se había construido una imagen de la realidad, según la cual el orden cósmico era geométrico; esto es, profundamente racional y sometido a leyes. Por su parte, el empirismo de Francis Bacón mostraba como toda forma valida de conocimiento de basaba en la investigación empírica, posteriormente seguida por filósofos como John Locke, entre otros.

Esta larga tradición en el desarrollo del racionalismo empirista fue lo que llevo a Saint Simón, uno de los mas conspicuos “socialistas utópicos”, a formular la necesidad de contar con una ciencia que estudie a las sociedades con el fin de desentrañar sus leyes, para una vez transformadas, poder mejorar a la sociedad y al hombre. Fue precisamente Saint Simón quien planteo por primera vez la cuestión de cómo debería ser estudiada la sociedad. Consideraba que la única forma de producir un conocimiento confiable es a partir de la forma científica de conocer. Hasta ese momento eran las ciencias naturales las únicas que tenían ese carácter. Así, planteo la idea de que aquellos hechos observables y medibles pueden ser objeto de investigación  científica. A estos hechos o fenómenos los llamo “hechos positivos”. Saint Simón fue el fundador del positivismo, luego desarrollado por su secretario, Augusto Comte.
Augusto Comte

Comte., sin embargo seria quien llevo las ideas de Saint Simón a un mayor nivel de desarrollo. El pensador francés consideraba que la religión había traído al mundo oscurantismo e ignorancia. Comte. apostaba por la ciencia, creía que la sociedad, al igual que la naturaleza, estaba sometida a leyes, las cuales debían ser desentrañadas. Como creador del término sociología planteo la necesidad de una “Física Social” capaz de determinar las leyes que rigen el desarrollo de las sociedades. Una vez establecidas estas leyes se podría determinar la forma en que estas debían ser conscientemente manipuladas con el fin de producir sociedades perfectas o “positivas”.

Para Comte las sociedades atraviesan por tres estadios de desarrollo: el estado teológico, el metafísico y el positivo.
El Estado Teologico: se caracteriza porque le atribuye espíritu propio a las fuerzas de la naturaleza, que actúan bajo la influencia de ciertas leyes. Se entiende a las sociedades como la expresión de la voluntad divina. El fetichismo el politeísmo y el monoteísmo son una expresión  de esta etapa. El Genesis es un ejemplo de esta etapa.

El Estado Metafísico: Se caracteriza por explicaciones de la realidad que parten de la existencia de entres abstractos y esenciales a los fenómenos, cuya comprobación esta mas allá de la experiencia posible. Corresponden a explicaciones filosóficas de tipo idealista y esencialista.

El Estado Positivo: Se caracteriza porque todo el conocimiento de la realidad proviene de aquello que es observable a través de la experiencia. Este marcaria el punto culminante en el desarrollo de las sociedades y de la inteligencia humana.

Según Comte, la religión y la filosofía eran dos momentos previos en el desarrollo de la comprensión humana, solo alcanzable plenamente en el estadio positivo, en el cual la ciencia la seria la única fuente de conocimiento y de progreso.

Revolucion Industrial
El progreso técnico, evidenciado durante le primera revolución industrial. La transformación de la vieja economía agraria de la escasez a una economía de la abundancia había dado lugar a la idea del progreso. El progreso se asocio, así, a la riqueza económica y a la posibilidad de acabar con la pobreza y la injusticia. Sin embargo, el progreso no había logrado eliminar la pobreza, pese a la abundancia. El hombre seguía atado a sus “bajas y mezquinas pasiones”. Es por ello que el positivismo postula la refundación de la sociedad a través de la ciencia.

La ciencia pasa a ocupar el lugar que Dios había ocupado hasta entonces. El hombre provisto del conocimiento sobre la forma en que las sociedades funcionan, en que se transforman podría transformar a la sociedad manipulando sus leyes, logrando a su vez la propia mejora del individuo. Así, pese a que el positivismo podría aparecer como una corriente que niega la utopía para reemplazarla por lo posible, se entronca con ella, iniciándose de esta manera la idea de que existe la utopía de lo posible, de lo alcanzable y realizable por la acción racional del ser humano. Comte, llevo estas ideas a su máxima radicalización sosteniendo la necesidad de que el positivismo fuese una “nueva religión”. Comte creía que las sociedades llegarían a estar gobernadas por sociólogos- sacerdotes de la nueva religión.

La sociología Comteana, en este sentido, expresa el sueño utópico de finales del siglo XVIII. Una confianza ciega en las posibilidades de la ciencia solo posible en una época en que la cultura había sido vista como un producto natural y sujeta a leyes “geométricas”. Sin embargo, pese a su carácter utópico, la sociología comteana abrió un importante derrotero de investigación en la sociología, contribuyendo a que las explicaciones divinas y metafísicas sean dejadas de lado en beneficio de aquellas sustentadas con información empíricamente obtenida.

miércoles, 2 de enero de 2013

AGNOSTICISMO Y ATEISMO


Entre los que no creen en algún dios o en la posibilidad de que la iluminación pueda ser alcanzada por el hombre existen dos posturas básicas: el agnosticismo y el ateísmo. El agnosticismo postula que no es posible conocer si Dios existe o no, y por lo tanto, sostiene que Dios esta fuera de toda posibilidad de conocimiento humano. Por su parte el ateísmo niega la existencia de Dios.
Es decir, el agnóstico no niega la existencia de Dios; pero tampoco la afirma. Plantea que toda afirmación sobre su existencia o inexistencia no tiene sentido al estar fuera de toda posibilidad de comprobación y, por tanto, de sentido. El agnosticismo cobro fuerza a partir del desarrollo del positivismo. Esta corriente filosófica, fundamento de la epistemología, planteaba la existencia de fenómenos positivos, entendiéndose por estos a aquellos que pueden ser comprobados a través del llamado método científico. Fuera del ámbito del llamado conocimiento científico, el positivismo planteaba que toda forma de conocimiento era inválida, es decir, mero seudo-conocimiento. El positivismo surgió teniendo como paradigma a la forma de conocer propia de las ciencias naturales. En este sentido, el positivismo surgió como una corriente que privilegiaba la experimentación como forma de conocer la realidad. El agnosticismo, como postura tributaria del positivismo sostuvo que al no poder someterse a Dios a ningún método de comprobación validado científicamente, era imposible determinar su existencia.
Por su parte el ateísmo sostiene que Dios no existe. Niega su existencia, por lo tanto plantea que si es posible determinar su inexistencia. Ante esta cuestión puede surgir una interrogante valida y sugerente: ¿Como es posible determinar su inexistencia si no existe un método científicamente valido para ello?
En realidad, esta cuestión debe ser resuelta a la luz de la estructura del conocimiento humano. ¿Como podemos estar seguros de que conocemos algún aspecto de la realidad? La respuesta a esta puede ser respondida de dos formas: la primera es cuando podemos explicar la forma en que funciona algún aspecto de la realidad que concuerda con los datos empíricos obtenidos. La segunda es cuando podemos predecir los fenómenos que ocurrirán a la luz de los modelos teóricos de los cuales disponemos. De estas dos formas fundamentales de conocer la primera es más débil en el sentido en que es más probable que existan explicaciones erradas de la realidad que se sustenten en un conjunto de datos empíricos disponibles. La capacidad predictiva es mucho más consistente en la medida en que al poder predecir fenómenos podemos estar seguros de que el conocimiento del que disponemos ha tomado en cuenta los factores fundamentales del fenómeno.
En este sentido es imposible que la ciencia demuestre la inexistencia de algo. A manera de ejemplo diremos lo siguiente: supongamos que un individuo con alteraciones mentales argumenta que ciertos entes gobiernan la conducta de todos los seres humanos de acuerdo a un plan pre-establecido, al cual solo algunas personas tienen acceso. ¿La ciencia estaría en capacidad de demostrar la inexistencia de esos seres? Diremos que simplemente no es posible demostrar que estos “entes” no existen. ¿Entonces, que demuestra la ciencia? Lo que la ciencia puede demostrar es que es posible encontrar una explicación de los fenómenos naturales, sociales y psicológicos prescindiendo de tales “entes”. Si existe una explicación satisfactoria de la realidad prescindiendo de la consideración de que estos “entes” existen, entonces estos “entes” no existen, con lo que podemos estar seguros que esto es una alteración mental pues no esta en la realidad sino en la mente de un individuo en particular.  Es de esta manera en que opera la ciencia como fuente de conocimiento sobre la realidad. El progreso científico se produce, por esta razón, cuando un conjunto de fenómenos, cuya existencia esta demostrada, no pueden ser satisfactoriamente demostrados con las teoría existente. Esto provoca la aparición de explicaciones alternativas que puedan explicar los nuevos fenómenos hasta ese momento inexplicables. En una segunda etapa, el conocimiento se eleva a un nivel superior cuando se hallan explicaciones que puedan explicar a los viejos fenómenos y a los nuevos; es decir, teorías de carácter más general que puedan ser expresadas con sencillez.
Con respecto a Dios surgen dos cuestiones fundamentales: demostrar su inexistencia o demostrar su existencia. Los agnósticos renuncian a ambas cuestiones; sin embargo, es posible examinar ambos problemas en mayor detalle. En principio diremos que no es posible demostrar la inexistencia de Dios de manera directa, como tampoco es posible demostrar la inexistencia de los “entes” que alguna persona con trastornos mentales cree que gobiernan el mundo. Pero ciertamente tampoco podemos demostrar su existencia, ya que esta solo podría ser alcanzada por la observación directa e indirecta.
Sin embargo, podemos advertir que la idea de la existencia de Dios esta unida a un conjunto de proposiciones fundamentales, como son las siguientes:
Dios es el creador del universo
Dios interviene en el mundo
El orden natural es un orden divino
Sin ánimo de abundar en las proposiciones fundamentales sobre la existencia de Dios diremos lo siguiente:
-       Si el universo no puede ser explicado satisfactoriamente prescindiendo de la hipótesis de que Dios existe, entonces Dios existe.
-       Si el universo puede ser explicado satisfactoriamente prescindiendo de la hipótesis de que Dios existe, entonces Dios no existe.
La ciencia ha demostrado, en un amplio campo de fenómenos, que es posible explicar la existencia natural y la vida social prescindiendo de la consideración de que Dios existe o de cualquiera de las otras proposiciones fundamentales que se desprenden de su existencia. La ciencia cuenta con un conjunto de teorías suficientemente sustentadas con hechos que demuestran que es posible explicar y predecir un amplio conjunto de fenómenos sin considerar la intervención divina.
En este sentido, el agnosticismo se muestra reduccionista y parcial al partir de una concepción experimentalista del conocimiento; mientras que el ateísmo encuentra bases mucho mas solidas sustentado en el carácter del conocimiento humano y en los alcances del conocimiento científico.