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domingo, 1 de julio de 2007

Las reformas de Velasco y el fin del poder oligárquico en el Perú (1968-1975)



Por: Daniel Loayza Herrera[1]


La Oligarquía en el Perú
El llamado “Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas” fue el resultado de la descomposición del orden oligárquico en el Perú. Este era eminentemente marginador y excluyente. En el plano socio-económico se caracterizó por el papel protagónico que un pequeño grupo de familias ( Gildemeister, De la Piedra, Aspíllaga, entre otras) tuvieron en la vida nacional. Estas familias concentraban gran parte de la propiedad agraria costeña. Sus haciendas, ubicadas principalmente en el norte, eran emporios agroindustriales ligados a los intereses del capital internacional, principalmente el norteamericano. En el plano político, ellas eran las herederas del viejo poder civilista en el Perú. Representaban la cúspide de una sociedad estructurada sobre relaciones de exclusión con respecto a los sectores populares, principalmente los de origen andino. Este grupo de poder estaba asociado, a través de complejas redes y mecanismos con los llamados gamonales, sector dominante serrano que se dedicaba a la actividad agraria, pero a través de relaciones de carácter feudal y semi-feudal.

La oligarquía peruana, en este sentido, pese a que su producción agroindustrial estaba bastante tecnificada, no era un sector que tendiera a comportarse como una burguesía. Su objetivo nunca fue acabar con las relaciones feudales y semi-feudales existente en el Perú con el fin de desarrollar una opción capitalista e industrial para nuestro país. Al contrario, más bien representaba a un sector que solo buscaba mantener su posición económica y política dominante. Económicamente lo consiguió a través de su relación con el capital norteamericano; y políticamente la alcanzó a través del golpe militar y la persecución a los partidos políticos de extracción popular.


La irrupción de los sectores populares y el resquebrajamiento del poder oligárquico en el Perú
En las dos primeras décadas del siglo XX, y como consecuencia del proceso de modernización por el cual pasó el Perú, desde la llamada “República aristocrática” surge una incipiente industrialización, que da origen a un joven proletariado y una clase media con aspiraciones re-distributivas. Estos nuevos sectores sintieron que el modelo social y político no les daba espacio para su desarrollo social. Esto se materializó en algunos movimientos sociales de protesta, especialmente a través de huelgas y luchas como la de la jornada de las ocho horas y la reforma universitaria; pero también, en la elección de Billinghurst, en 1912 y posteriormente en la de Leguía de 1919.
Estos hechos marcaron los primeros hitos en el largo proceso de resquebrajamiento del poder oligárquico en el Perú, pues cuestionaron abiertamente un modelo político que giraba en torno a pocos personajes, de corte aristocrático, que manejaban el poder de manera excluyente y marginadora. Cuestionó la pretensión oligárquica de entender a los sectores populares como incapaces de conducir las riendas del país, hacía los cuales se debía tener una posición paternalista. La oligarquía desde muy temprano entendió con claridad esta situación, fue por ello que inmediatamente, y conociendo su poco arraigo popular recurrió al golpe militar de Benavides contra Billinghurst en 1914.

Este inicial cuestionamiento de la década de 1910 llegó a ser una abierta crítica hacia en orden oligárquico en los años 20´s. Durante estos años surge el Aprismo de Haya de la Torre y el Socialismo de Mariátegui. Ambos ideólogos consideraban que las relaciones de carácter feudal y semi-feudal en la sociedad peruana eran la causa del fraccionamiento social en nuestro país. Concordaban igualmente en el hecho que la oligarquía peruana era uno de los sectores sociales más retrógrados de la sociedad peruana y que la superación de éste orden implicaba acabar con las relaciones de dominación económica y política provenientes de nuestra dependencia frente al capital extranjero, principalmente el norteamericano.

Caído el gobierno de Leguía, en 1930, el Aprismo se convirtió en la principal fuerza política del país. Este partido representaba a los sectores populares principalmente urbanos, conformados por las clases medias y el proletariado. Tenía un programa profundo de transformación que iba desde la nacionalización de las tierras e industrias hasta la reforma agraria. Era un partido eminentemente anti-imperialista y anti-oligárquico, que tenía como una de sus principales características su gran arraigo popular.

La oligarquía entendió el peligro que el Aprismo significaba para ella, por ello recurrió a la vieja fórmula ensayada contra Billinghurst: imponer a un militar en el poder para impedir su llegada al poder. Entre 1930 y 1963 los militares jugaron un papel clave en las relaciones políticas en el Perú, fueron los mejores guardianes de los intereses oligárquicos. Tanto la oligarquía, como los militares compartieron el temor al comunismo y la revolución. Los momentos “democráticos” solo pudieron ser posibles cuando quienes asumían el poder eran percibidos como pro-oligárquicos, anti-apristas o conservadores como fueron los casos de Prado Ugarteche y de Bustamante y Rivero que, pese a ganar las elecciones con los votos apristas, no era tal. El APRA estaba impedido de participar en las elecciones.

Las contradicciones sociales, el impacto del marxismo y la idea de la revolución
En la década de los cuarenta el modelo feudal serrano colapsó, la crisis en el campo empujó a una gran cantidad de pobladores hacia las ciudades. Fue Lima la que por su condición de capital del Perú recibió a la mayor parte de este nuevo contingente humano. En la década de los 50´s el marxismo empezó extenderse en las Universidades. La interpretación materialista de la historia había cobrado mucho prestigio, los postulados de Marx eran objeto de análisis concienzudos y de discusiones acaloradas. San Marcos era uno de los focos más importantes de éste pensamiento y su divulgación era cosa común y extendida.

El mundo vivía la guerra fría. Era la época de las revoluciones. A la revolución Rusa del 17 se había sumado la China de 1949. China era el país más poblado del mundo y a pesar de tener una economía fundamentalmente agraria y una población campesina había demostrado que podía hacer una revolución comunista.

Pero las revoluciones no sólo ocurrieron en tierras lejanas y desconocidas. En 1959 Fidel Castro llegó al poder después de conducir una revolución popular contra un dictador odiado: Fulgencio Batista. La revolución cubana, por su carácter anti-imperialista fue vista como un modelo en el continente. Dejaba en claro que los pueblos de América también podían hacer su revolución.

El Perú no estuvo exento de esa influencia. El joven poeta peruano, Javier Heraud, estuvo un tiempo en Cuba y vino resuelto a hacer la revolución en nuestro país. Participó en una aventura guerrillera en Madre de Dios, en 1962, que le costó la vida.

Bajo el influjo de la revolución cubana también apareció el llamado movimiento de izquierda revolucionaria MIR, conducido por De La Puente Uceda, Béjar y Lobatón; los cuales iniciaron sus acciones guerrilleras en 1965, en el Cusco, sin mayor resultado.

En la década de 1960 el movimiento campesino empezó a buscar nuevas alternativas, ahora violentas, para superar la feudalidad. Se dieron las llamadas “toma de tierras”. Estos eran actos violentos en los cuales los campesinos mataban a los hacendados y recuperaban las tierras que les había perteneció anteriormente. La llama que podía encender la pradera llegaba al campo.

En la década de los 60´s era común entender al Perú como un país potencialmente revolucionario. Muchos intelectuales percibían que nuestro país reunía las llamadas condiciones objetivas (explotación, marginación, pobreza) y las llamadas condiciones subjetivas (teoría revolucionaria y conciencia de clase) para que ocurra una revolución en nuestro país.

Para ese entonces no quedaba un solo intelectual de prestigio que defendiera exitosamente el orden oligárquico en el Perú. Todos estaban de acuerdo en que el país necesitaba cambios, aunque no existía un acuerdo sobre hacia dónde debía producirse, cómo ni quien debía conducirlos.

La transformación en el seno del ejército a partir de los años 50´s y el pensamiento del general Velasco.
En 1950 fue fundado el CAEM (Centro de Altos Estudios Militares), por el General José del Carmen Marín Arista. Esta institución generó, desde las fuerzas armadas, una enorme inquietud, entre los oficiales del ejército, por conocer y comprender la realidad peruana. Producto de los análisis realizados en aquella institución apareció una visión sobre la realidad peruana que concordaba con los análisis de los intelectuales más progresista de aquella época: el Perú necesita reformas estructurales que impidan que nuestro país caiga en un proceso revolucionario de imprevisibles consecuencias.

Un sector importante de la fuerza armada consideraba que era necesario acabar con el poder oligárquico en el Perú, reducir drásticamente la dependencia frente a los Estados Unidos, eliminar los mecanismos feudales de explotación y propiciar el desarrollo de una industria peruana, que en manos de una burguesía nacional, impulsara el desarrollo y la integración nacional. En esta transformación el Estado cobraría una gran importancia al impulsar las reformas y estableciendo políticas educativas y culturales tendientes a esto.

La descomposición política del gobierno de Belaúnde, como resultado de inocultables escándalos de corrupción, como el de la llamada “página 11” y problemas derivados de la falta de algunas reformas económicas, como fue el rechazo generalizado que causó la devaluación del sol fueron el detonante para el golpe militar del 3 de octubre que llevó a Juan Velasco al poder.

El objetivo principal de Velasco fue realizar las reformas estructurales que venían siendo discutidas, desde hacía algunos años, en el seno del CAEM. Uno de sus objetivos fue recomponer la sociedad peruana, superando el fraccionamiento y la exclusión. Velasco consideraba que las reformas planeadas debían producir cambios que impidieran la destrucción de la sociedad peruana y permitieran construir una nación acabando con los elementos más marginadores de nuestra sociedad.

La toma de la Refinería de Talara, símbolo de nuestra dependencia económica, el 9 de octubre de 1968, tan sólo a los seis días de haber realizado el golpe, evidencia su objetivo de reducir la dependencia del Perú frente al capital extranjero eliminando la economía de enclave.

La nacionalización de la Refinería de Talara fue solo el primer paso de un conjunto de nacionalizaciones de empresas extranjeras que nos llevó a contar un enorme aparato estatal. Aparecieron empresas como Petroperú, Centromín Perú, Hierro Perú, ENAFER Perú, ENTEL Perú, entre muchas otras.

Velasco consideraba que nuestro país requería impulsar una opción industrialista. Pensaba que el aparato productivo debía reestructurarse. Sabía de igual manera que la burguesía nacional tenía una gran debilidad y era incapaz de liderar un proceso de abolición de las relaciones feudales en el Perú. Estos factores lo llevaron a pensar que la fuerza armada, a través del control del aparato estatal debía propiciar las reformas orientadas hacia el desarrollo de un capitalismo peruano, sustentado en la ampliación de un mercado interno, producto de la reforma agraria y la comunidad laboral e industrial.

La Ley de Reforma Agraria estuvo orientada a terminar con las relaciones serviles, semi-serviles y con el poder económico que sustentaba a la oligarquía en el Perú. Desde el punto de vista económico buscó redistribuir el ingreso nacional entre los sectores campesinos y trabajadores con el fin de generar un mercado interno que permitiera sustentar el crecimiento de un sector industrial peruano. La posibilidad de ampliar el mercado interno e ir sustituyendo progresivamente las importaciones permitiría el desarrollo de una burguesía nacional y nacionalista.

El gobierno de Juan Velasco gozó de un inicial apoyo popular. Las reformas despertaron la aceptación y el interés de importantes sectores progresistas del país. Velasco quiso institucionalizar y organizar a los sectores que apoyaban la vía que seguía su gobierno a través de SINAMOS (Sistema Nacional de Movilización Social). Sin embargo, las reformas se operaban desde arriba. Era una “revolución por decreto”. En realidad las reformas implementadas, no pasaron de ser un conjunto de reformas que buscaba constituir una burguesía nacional que se constituyera en clase dirigente, también evitar que el Perú pudiese pasar por un proceso revolucionario de impredecibles consecuencias.

El hecho que la continuidad del proceso dependiera de la decisión y el apoyo que la alta oficialidad tenía por el general Velasco fue la mayor debilidad política del régimen. Los sectores populares seguían siendo vistos con un criterio paternalista, eminentemente vertical; pero no como actores activos del proceso.

Los resultados en materia económica no fueron los esperados. Las reformas no industrializaron el país, tampoco generaron puestos de trabajo acordes con las demandas del país. El ingreso real de los trabajadores se redujo. El ingreso nacional no se pudo redistribuir eficazmente y el mercado interno no creció para desarrollar a una burguesía nacional poco comprometida desde el inicio con unas reformas que parecían ser más un asunto institucional en el seno del ejército que un proyecto nacional. Todo esto fue erosionando el apoyo hacia el gobierno de Velasco, como resultado de ello muchos oficiales fueron desconfiando del proceso que se seguía y considerando la necesidad de relevar al general Velasco de su cargo. Finalmente Velasco se fue quedando solo en las reformas, terminando su gobierno en 1975 por un golpe militar conducido por el general Francisco Morales Bermúdez.

La llegada de Velasco al poder significó la desaparición del poder oligárquico en el Perú y del llamado gamonalismo serrano; sin embargo, no pudo desarrollar la industria ni fomentar la aparición de un sector burgués nacional. La reforma agraria y la Comunidad Laboral e Industrial no pudieron redistribuir eficazmente el ingreso nacional de manera que el mercado interno se ampliara, trayendo consigo descontento ciudadano y con ello la erosión del gobierno. Las reformas Velasquistas quedaron inconclusas. Fue una de las tantas experiencias abortadas en nuestra larga y compleja historia peruana.







[1] Historiador y educador. http//:lapaginadedanielloayzaherrerra.blogspot.com.