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lunes, 22 de octubre de 2007

EDUCACIÓN Y CAMBIO SOCIAL


Por: Daniel Iván Loayza Herrera[1]

La educación en los últimos años viene siendo vista como uno de los medios más eficaces de cambio social, entendido este como el conjunto de transformaciones que se operan en el seno de la sociedad. Sin embargo, las transformaciones que se producen al interior de la sociedad no siempre conducen a la superación de las relaciones más anacrónicas en la sociedad, como son la exclusión y el racismo, y que configuran en nuestra sociedad una cultura de la dominación de forma tal que se pueden producir cambios en la sociedad orientados a la modernización de las viejas relaciones o a su reforzamiento.

En este sentido, la educación puede cumplir un doble fin: ser un mecanismo de superación de las relaciones de dominación o uno de los medios más eficaces para reforzar esta, para reproducirla y extenderla al conjunto de la población.

La Dominación como relación social no debe ser entendida solamente en su capacidad de coacción violenta, sino más bien la multiplicidad del universo simbólico que permite que ciertos grupos sociales e individuos reconozcan y acaten la voluntad de otros y la del orden existente en general. Esta dominación a nivel ideológico conduce a la legitimación de la capacidad de coacción de los dominantes a través de la violencia simbólica o de las instituciones propias del orden social.

Entendida así la dominación, diremos que una educación que no busca cuestionar las relaciones fundamentales que sustentan los aspectos más excluyentes del orden social es implícitamente conservadora y la que sí lo hace es transformadora. Comprendido el fenómeno educativo en esta dimensión será pertinente despojarnos del pedagogismo reinante que busca excluir lo que sucede en el aula de aquello que acontece en el conjunto de la sociedad.

No debemos separar diametralmente lo que se produce en el aula de la sociedad en su conjunto, pues es finalmente esta la que le da sentido a las prácticas pedagógicas, las cuales no son otra cosa que prácticas sociales dentro del conjunto de la sociedad, que por supuesto guardan ciertas particularidades propias de su carácter especializado; pero no por ello podemos decir que sean neutrales con respecto a lo que acontece fuera de las cuatro paredes de un salón de clase.

La educación en sí misma, como proceso de formación de los alumnos, no tiene sentido sino en función de la formación que estos reciben para enfrentar las exigencias del mundo social. Responde a un modelo paradigmático de sociedad determinado y este puede ser conservador o no, de forma tal que la educación no es, ni puede ser aún en el universo del lenguaje pedagógico y aparentemente neutral, una actividad apolítica.

El Perú es una sociedad desintegrada en términos sociales y culturales, donde el racismo, la marginación; pese a su carácter solapado y a veces renuente a mostrarse públicamente. Esta situación aún irresuelta en nuestra historia se hace más compleja en el marco de un proceso de globalización que nos ha traído la tecnología de la Internet y de las comunicaciones en general, pero ubicándonos como una simple sociedad de consumo masivo de los productos culturales foráneos. La globalización nos moderniza, pero como consumidores masivos. Ahora podemos comer una hamburguesa de Mc Donald¨s como se hace en Estados Unidos o podemos asistir al estreno de la última película de Harry Potter en el mismo momento que en cualquier parte del mundo, podemos comprar el celular más moderno sin necesidad que esté pasado de moda en algún país rico; pero ¿Esa modernidad nos permite ser creadores de cultura universal o simplemente consumidores de ella? ¿Nos hemos desarrollado, o esa tecnología no hace sino reforzar los mecanismos de exclusión ya que los refleja fielmente?¿ Nos hace ser más conscientes de nuestra realidad o nos aparta de ella?¿ La globalización significa que nosotros también tenemos acceso al conocimiento estratégico mundial, o solo a la cultura chatarra?

El Perú en el marco del proceso de globalización no pasa de ser un consumidor de cultura global, que no es otra cosa que cultura occidental y occidentalizable globalizada, que se presenta como “global” para reducir la resistencia que puede generar en su proceso de expansión. Pero no se globaliza la producción del conocimiento que sigue estando en manos de aquellos países ricos que conservan celosamente su monopolio; sino el consumo de una tecnología masiva que nos convierte a todos en mercado de las grandes multinacionales, pero no en los usuarios de la tecnología estratégica mundial.

Este proceso nos convierte, a partir del prestigio que la cultura occidental puede obtener a través del dominio en la innovación tecnológica, en simples consumidores de imágenes y formas de vida occidentales. Nos hace ingresar en una occidentalización que no implica la asimilación de las mejores creaciones de occidente, sino la negación de las culturas tradicionales peruanas, que terminan siendo vistas como pre-modernas, y por ende inferiores, reforzándose de esta manera el racismo y la exclusión social.

Sobre esta realidad social, una educación que no cuestione el orden no cumple un papel transformador de los mecanismos ideológicos de dominación, sino de simple aparato de justificación subliminal de un orden excluyente, marginador y consumista de cultura “chatarra”.

Esta realidad, presente en la educación peruana, se ve reforzada por la aplicación de modelos pedagógicos que aparentemente propician el análisis en los alumnos; pero que sin embargo no buscan sino una reflexión aislada del contexto social de éstos. Nos referimos específicamente a la versión de constructivismo llegada a partir de las década de los noventa a nuestro país. Esta entiende el proceso de aprendizaje como el resultado de una construcción fundamentalmente individual en la cual el alumno, de manera aislada, es agente de su propio conocimiento, descuidándose el aspecto social y cooperativo de la formación del conocimiento.
El conocimiento es un producto fundamentalmente social e histórico que no ha podido aparecer sino en el seno de la cultura, la cual es un producto de la vida social entre los hombres.

Entendido el proceso de esta manera, no solo se logra comprender el carácter ideológico de la concepción individualista del conocimiento, sino que esta es llevada al extremo proponiendo un modelo según el cual toda acción colectiva termina siendo percibida como imposible. Es aquí donde se puede apreciar la matriz ideológica de la propuesta pedagógica del constructivismo individualista, llegado al Perú en la década de los noventa, ya que no es factible alcanzar una visión común que exprese intereses colectivos. Por ende, no existe posibilidad de que se emprendan acciones sociales colectivas orientadas a la transformación de la sociedad. Así, la colectividad queda disuelta en la individualidad, el grupo en el hombre y toda acción social orientada a la transformación de la sociedad convertida en el esfuerzo individual por alcanzar el éxito.

El constructivismo individualista busca el aprendizaje significativo a través del anclaje de los nuevos conocimientos de los alumnos con relación a los llamados previos, vale decir una articulación de los conceptos e ideas que los alumnos tenían con la nueva información de la cual pueden disponer. Sin embargo, este enfoque está orientado a anclar conocimientos desarrollados en aula y desconectados de la realidad social del alumno, de la problemática que vive como parte de un grupo social con necesidades e intereses definidos.

Se aplican profusamente técnicas como mapas mentales y redes semánticas, cuyo resultado es el ordenamiento jerarquíco entre los conceptos, pero no la crítica del alcance de éstos, menos aún su vínculo con la realidad. El análisis no pasa de ser una comprensión de texto, no de las condiciones de existencia del propio alumno en su sociedad. El análisis se restringe entonces a una práctica academicista, pero probablemente poco útil a la hora que el individuo tiene que realizar su praxis social.

Las manifestaciones más saltantes de esta concepción conservadora son:

-La priorización del uso de la tecnología, pero como un artículo de consumo masivo más, en el contexto de una sociedad globalizada como periférica.

-El entendimiento del mundo como dado, como producto de un orden natural que no debe ser cuestionado y si lo es, quien lo realiza no hace sino perder el tiempo y conducirse al fracaso, puesto que el orden ya está dado.

-Entender el proceso de conocimiento, y por ende las acciones, como producto simplemente individuales, por lo tanto la individualidad es llevada a su grado extremo. Es imposible compartir una misma visión sobre la realidad, cada uno tiene la suya.

-Negar el papel que la acción colectiva juega en la vida social, pues esta genera cambios y transformaciones. Toda acción debe ser individual. Las acciones colectivas son presentadas como orientadas al fracaso. Cada uno debe luchar por su propio éxito y escapar del fracaso.

_El maestro no debe enseñar, sino facilitar el aprendizaje del alumno. El maestro no debe influir en las concepciones de sus alumnos. El maestro, no debe trasladar su histórica disconformidad social a sus alumnos. Esta ha sido una postura muy eficaz para evitar la “izquierdización” de los estudiantes.

Lo anteriormente expresado no es el resultado de la casualidad, sino del hecho de que la educación en nuestro país está orientada a crear ciudadanos que no tengan ninguna capacidad de cuestionar el orden. El análisis de textos, que es siempre el punto más alto a donde llega, en el mejor de los casos, la formación escolar no producirá cambio social sino lo preservará eficazmente.

Es la postura crítica orientada a lo social la única que podrá ser liberadora y acabar de esta manera con la dominación ideológica que impide un auténtico cuestionamiento de un orden reproductor de la exclusión y el racismo.

La postura crítica debe ser más que un ejercicio intelectual, debe constituirse fundamentalmente en una actitud ante la vida y por ende ante la praxis. Debemos entender que las capacidades a desarrollar en nuestros alumnos no deben circunscribirse a un ejercicio orientado a lo académico, al mundo del trabajo práctico o a las actitudes que muestran respecto a las tareas asignadas en el aula. La postura crítica, la actitud, debe estar referida al mundo de la vida, de la praxis social y por ende de la praxis política, entendida como encaminada al bien común, como forma de alcanzar el mejoramiento de las condiciones de vida de la sociedad en su conjunto.

La idea de que la orientación de la educación hacia fines políticos más elevados conlleva a la politización de la práctica pedagógica, a la simple y chata ideologización de la enseñanza ha conducido a la formulación de una educación individualista y pretendidamente “neutral” que ha logrado, bajo esta mascarada, presentarse como auténticamente educativa, cuando en realidad, no pasa de ser encubridora de la ideología marginadora y excluyente propicia a la dominación que reina en nuestra sociedad.

Pero para alcanzar estos fines debemos ante todo hacer una crítica radical de nuestra práctica pedagógica y de los alcances e implicancias que esta tiene. Es fundamental que seamos capaces de reconocer los elementos ideológicos que alientan nuestras praxis formadora en la escuela, que seamos capaces de detectar cuales son los factores que nos pueden permitir rescatar a la educación para convertirla en una actividad formadora y humanizante, para que escape a su condición de simple reproductora de la cultura de la dominación imperante. Es necesario propiciar un cambio social liberador a partir de una postura crítica con respecto a la realidad y a las ideas que la sostienen y legitiman.

[1] Historiador y educador.