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domingo, 10 de febrero de 2013

Reflexiones sobre la política peruana



La decadente política peruana
La política peruana se nos presenta como un paisaje poblado de flores marchitas, sin vida. Hace mucho que política y reflexión se han divorciado. Los viejos  ideólogos y los hombres de solidas convicciones y acciones, entregados al servicio de grandes ideales, han sido reemplazados por una camarilla de bribones, enanos intelectuales, eunucos de la política, que solo ven en ella un medio para beneficiarse económicamente.

La política, inundada por esta pequeña corte plebeya, ha abandonado el rol que cumpliera en otros tiempos: anunciarnos una nueva sociedad más justa y progresista. Ahora, por el contrario, la política luce alejada de los ideales más acariciados por las grandes mayorías nacionales: progreso, bienestar e igualdad. La política peruana, actualmente, es una actividad que congrega a mercenarios, oportunistas, hambrientos por obtener los beneficios que el poder otorga.

La política refleja a una sociedad que no sueña, en la que esta ausente  toda esperanza de cambio. Ha perdido, en suma, toda dimensión utópica. Ya no es imaginación, por eso es solo resignación. La inmediatez, la trivialidad, la noticia del día se han impuesto en la agenda política; abandonando toda proyección de trascendencia y tiempo largo.

La política expresa, de manera bastante palmaria, nuestras bajezas e inmediatez. Representa una actividad propia de individuos espiritualmente chatos, codiciosos e intrínsecamente inmorales, que creen encontrar en Maquiavelo la justificación de su pequeñez.

Ahora, por política se entiende como aquello que colisiona con la inteligencia y la ética. El poder ya no es un medio para el engrandecimiento de la sociedad; sino más bien la forma más segura de enriquecerse ilícita e impunemente.

Los partidos políticos

Los partidos políticos, sino son los responsables de esta situación, son los protagonistas de la crisis de la política. Se han convertido en organizaciones que reclutan comechados o mercenarios del sistema, oportunistas de turno. Han perdido todo interés por el país. El interés de sus cúpulas ha ocupado el lugar que otrora ocupaba la nación. Ciertamente, no podemos esperar nada de estas organizaciones, que no existen sino para beneficiar a sus miembros a costa de los demás.

Los partidos políticos, lejos de ser organizaciones que contribuyan con la institucionalidad democrática, la han pauperizado y arrinconado a una situación en la cual la credibilidad de la totalidad del sistema político está en cuestión. Así, nuestra idea de la democracia ha quedado reducida a la participación ciudadana en elecciones que no sirven sino para reemplazar a la cúpula de turno. El sistema electoral es tan solo un mecanismo legitimador para el ejercicio del poder y el beneficio de ciertas cúpulas desarraigadas de todo compromiso social.

La intelectualidad
La intelectualidad se ha alejado de la política. Esto ha ocurrido porque los políticos y los partidos no tienen ningún interés de pensar al país, debido a que han abandonado ya, desde hace mucho, todo interés por él. Los intelectuales, por su parte se han hecho cómplices de esta situación al renunciar a su función de pensar al país y marcar el derrotero de su rumbo. Algunos se han contentado con refugiarse en lo académico; y otros, con no pasar de comentarios sobre hechos anecdóticos o refugiarse en análisis de coyuntura.

La intelectualidad yace derrotada y conformista. Sus más preclaros exponentes hoy lucen ausentes. La inteligencia ya no es su rasgo. Al contrario, luce desprovista de todo espíritu inquisitivo y disconforme. Su ímpetu por escudriñar en la realidad nacional ha sido abandonado por la función de eco de los discursos hegemónicos. Su autonomía y compromiso ha sido reemplazada por un espíritu de cofradía que solo refuerza los ímpetus de sus miembros por alcanzar un estatus que originariamente no les correspondía en la sociedad.

A manera de conclusión

En síntesis, el panorama sobre la política peruana es, sencillamente, desolador. Carente de utopías y proyectos nacionales, con la ausencia de personalidades de relieve y de elevadas miras, integrada por personajillos oportunistas y ambiciosos, la deslucida política peruana demanda solo una cosa: su refundación. Esta refundación pasa por recuperar la imaginación, por refundar el sueño de que otra sociedad es posible y, además, necesaria. En este sentido, hoy más que nunca la política debe ser repensada desde una postura que empiece por hacer una tabla rasa del pasado, por señalar los males que la aquejan, marcando una diferencia sustantiva con aquellas posturas que la han puesto de rodillas frente a los pequeños intereses y apetitos personales de turno. 

El problema de la política peruana no es ideológico; sino ético. Su refundación debe partir de una nueva postura que rechace, de manera clara y tajante, las formas en que la actividad política de ha llevado a cabo, denunciando a quienes, con su accionar, la han llevado al estado de deshonor en que ahora se encuentra.

jueves, 7 de febrero de 2013

El poder detrás del poder: empresarios y empresas



La empresa es, sin duda, la organización más importante del siglo XX. Su poder se ha expandido a niveles nunca antes vistos. La mayor parte de nuestra vida social tiene como protagonista a estas organizaciones económicas, que han transformado la vida social humana. Nuestras vidas, actualmente, son impensables al margen de estas poderosas formas de organización de la vida social. 

Las empresas, ciertamente, se han convertido no solo en fuentes de riqueza sino también, y esto es lo fundamental, de cultura. Su papel como constructoras del orden social contemporáneo ha sido decisivo. Actualmente, los productos y servicios que ofrecen, la racionalización del orden social que han impuesto, así como las marcas y logos que publicitan se han convertido en parte de nuestras vidas. Sin embargo, es paradójico que el inmenso protagonismo alcanzado no haya puesto al descubierto al poder que se oculta detrás de la marca o el logo de la empresa: los empresarios.

La empresa como organización diferenciada de sus propietarios

La historia de la empresa moderna está unida a la construcción de una forma legal particular: la persona jurídica. Esta cualidad que adquirieron las empresas en el siglo XIX es decisiva para comprender la forma en que operan. Se presentan ante la sociedad como tales para esconder el auténtico poder que detentan sus propietarios. 

La construcción legal de persona jurídica permite que las empresas sean sujetos de deberes y derechos, que adquieran una personalidad independiente de la de sus dueños. Sobre esa base es que se ha construido la estructura institucional-legal contemporánea. Partiendo del carácter de   persona jurídica- atribuido legalmente a las empresas,- es posible diferenciar, entre otras cosas, tanto las decisiones como las responsabilidades legales del propietario de las de la empresa, poniendo a salvo al primero. 

Pese a esta separación legal la empresa no es un fin en sí mismo, sino un medio al servicio de sus propietarios. Es un medio para que los  accionistas, socios o propietarios alcancen sus fines. Una expresión de ello es que solo los propietarios de las empresas están facultados a tomar las decisiones que conciernen al futuro de la organización. Sin embargo, su estatus legal no es el de medio, sino el de fin en sí mismo, al atribuirle la facultad de poseer sus propios derechos y obligaciones.

En la medida en que las empresas más que fines son medios a disposición de sus propietarios, diremos que, en realidad, son instrumentos de poder al servicio de sus propietarios.

Poder anónimo u oculto
Bajo el paraguas legal de la persona jurídica, el inmenso poder de las empresas en la sociedad moderna no puede ser controlado eficazmente; habida cuenta que su accionar, pese a las enormes consecuencias que implica para la sociedad, es entendido como parte del ejercicio de las libertades personales que los diversos sistemas jurídicos consagran.

La empresa, habiendo logrado adquirir su estatus legal de persona, puede operar de manera simbólica y transmutada, como si poseyera conciencia propia, como si los propietarios- auténticas personas con capacidad decisoria- no existieran. 

De ésta manera los propietarios presentan a sus decisiones como si fueran decisiones de la empresa, como si respondieran a las políticas de la organización. Pero es evidente que la organización empresarial no es una organización democrática, en el sentido de que los demás miembros de la organización, que no han efectuado aporte alguno de capital-obreros, empleados, etc-no tienen ninguna capacidad de tomar decisiones en ella. Más bien diremos que la empresa constituye un espacio profundamente autoritario del orden social.

Así, el poder que ejercen las empresas en la vida social, económica y política de las sociedades aparece como desvinculado del interés de sus propietarios: único y auténtico interés en las organizaciones empresariales. En la medida en que los propietarios se esfuerzan por presentar sus decisiones como si fueran parte de la política de la organización, ocultan eficazmente el auténtico poder que detentan. 

Los propietarios de las empresas, bajo el manto del anonimato, bajo una forma legal, ocultan tanto sus intereses como el poder que está a su disposición para alcanzar sus fines. Se presentan como ciudadanos desprovistos de los medios para tomar decisiones importantes en la vida social, económica y política de la sociedad o sociedades en las que operan. Sin embargo, su poder no sólo es decisivo, sino además permanente, si lo comparamos con el de los líderes políticos, cuyos períodos de gobierno son de corta duración.

El deseo de mantenerse a salvo de toda observación, y la estructuración de formas legales que los ponga a salvo de toda responsabilidad legal-derivada de las actividades de su empresa, queda graficada en el hecho de que en ningún manual o libro de administración se trata el tema del poder en las organizaciones partiendo del poder real de sus propietarios. En éste sentido, entonces, la administración, al igual que el derecho, está al servicio de la consolidación del poder de los propietarios de las empresas, divulgando una imagen transmutada de la realidad, encubierta hábilmente bajo formas legales muy bien diseñadas y un discurso administrativo donde los propietarios parecen no tomar decisiones ni beneficiarse de las ganancias de sus empresas.

lunes, 4 de febrero de 2013

Jean-Paul Sartre: existencialismo y libertad

El hombre, el intelectual, el combatiente



Jean-Paul Sartre (1905-1980) fue uno de los pensadores más importantes del siglo XX. Sus ideas libertarias y su apostolado comprometido con las luchas sociales tuvieron una gran influencia en el mundo de la postguerra. Su espíritu critico e iconoclasta, así como sus posturas personales lo llevaron, entre otras cosas, a renunciar al premio nobel de Literatura, en 1964, al considerar que la cultura no puede estar institucionalizada.


Filósofo, escritor, ensayista, dramaturgo y activista político. En él, pensamiento, palabra y acción estuvieron unidos; teniendo como denominador común la búsqueda de la libertad humana desde la praxis. Su humanismo no era el de un hombre compasivo, sino combatiente. Fue un comprometido militante a favor de las causas sociales y revolucionarias en todo el mundo. Siempre polémico, no le rehuyó a la confrontación de ideas; al contrario, fue en el calor del debate que se forjaron sus más grandes convicciones filosóficas y políticas.

Sartre, dirigiéndose a los estudiantes franceses en 1968


Su actividad intelectual no fue la propia del típico intelectual burgués, refugiado en su gabinete, sin siquiera otear lo que ocurre al otro lado de la ventana. En él, la teoría y praxis estaban indisolublemente unidas. La literatura y la lucha política iban de la mano. Tampoco tuvo el talante del observador desapasionado e imparcial. En él, razón y pasión se entremezclan de una forma poco común. Su vida misma fue un ejemplo de la filosofía que predicó de manera incansable.


Se involucró en los asuntos más palpitantes de su tiempo - la revolución argelina; la revolución cubana; la guerra de Vietnam; el mayo francés; entre otros- con una apuesta clara a favor del fin del colonialismo y la revolución social. Su militancia estuvo siempre del lado de los oprimidos, de quienes buscaban la ansiada libertad.


Pensamiento y acción formaban un binomio en la personalidad de este francés universal. El existencialismo fue su filosofía, su particular forma de concebir al hombre como un ser condenado a ser libre. 


Existencialismo, humanismo y libertad


La postguerra marco un retorno a los problemas filosóficos. En el centro del debate estaban el marxismo, el cristianismo y el existencialismo. Como parte de la polémica sobre el existencialismo y su lugar dentro de la filosofía, Sartre ofreció,  en octubre de 1945, la conferencia: " El existencialismo es un humanismo". Esta fue una respuesta a las críticas provenientes del marxismo ortodoxo y el cristianismo conservador. Sartre buscó responder a ambas corrientes y ubicar su propuesta existencialista al interior de una amplia corriente que tenía en Heidegger, Jaspers y Marcel sus personalidades más descollantes.
Ambas tendencias- el marxismo ortodoxo y el cristianismo- son, para Sartre, filosofías que condenan al hombre a la esclavitud, que le impiden ser auténticamente consciente de su libertad y de la responsabilidad que eso conlleva para consigo mismo y la humanidad.

El comunismo ortodoxo pierde de vista al hombre, sumergiéndolo en las grandes estructuras socio-económicas de las cuales forma parte y de las que solo seria una expresión de su dinámica. El cristianismo, por su parte, nos plantea la idea de un hombre cuya esencia es divina, y cuyo proyecto, por tanto, le es ajeno.

Fue, precisamente, desde el ateísmo que Sartre construyó su propuesta existencialista. Sostuvo que la esencia de las cosas proviene de la subjetividad de su creador; es decir, del proyecto o imagen que antecede a lo creado. Al no ser el hombre una creación divina, carece de un proyecto predeterminado y, por ende, de esencia. Este es  el argumento fundamental que le permite postular el existencialismo. El hombre, para Sartre, es,  ante todo, existencia, y es en este proceso de existir que debe dotarse a si mismo de un proyecto; es decir, de construirse una esencia. Por ser la esencia el resultado de un proyecto realizado, ésta necesariamente empieza en la subjetividad del hombre, pero solo se hace realidad en su praxis. 

La existencia es lo único con lo que el hombre cuenta para forjarse a si mismo. Se encuentra huérfano de toda paternidad moral, de toda guía. Está retado por la vida a hacerse cargo de sí mismo y de la humanidad, a ser libre.

La libertad, como condición humana, no supone una desventura o calamidad para el hombre, sino el desafío para que el ser humano enfrente la  vida con autonomía y madurez. He ahí el punto de inicio de su concepción humanista.

Sartre y el Che Guevara


Pero el enfrentar la vida no supone individualismo; sino, al contrario, un compromiso con el otro. Un humanismo comprometido con la condición humana. En el pensamiento de Sartre, el humanismo no recae en valores divinos ni determinaciones estructurales sino en la responsabilidad del hombre frente a la vida, en una necesaria toma de conciencia para ser el constructor de su destino. No es una fatalidad, sino una apuesta. En suma, en la posibilidad de que el hombre supere la alienación.


El humanismo existencialista de Sartre es aquel comprometido con la praxis transformadora del hombre y de la sociedad. Es una invitación a ser revolucionarios sin olvidar que la verdadera revolución empieza como proyecto; es decir, desde la subjetividad. Sartre es un testimonio de su misma filosofía al buscar, permanentemente, que su vida sea la expresión de su proyecto, que su praxis sea la manifestación de su subjetividad. Sartre fue un hombre que logro, ciertamente, dotar de esencialidad a su vida - en el sentido existencialista,-llegando a ser una de los pensadores mas orgánicos e importantes del siglo XX.

viernes, 1 de febrero de 2013

Ética y conducta social Individual



Ética y sociedad
Toda significación entraña una valoración, y toda valoración de las conductas humanas es un asunto  ético. Lo bueno y lo malo es un espacio de legitimación o cuestionamiento al orden social: la ética cumple un papel de primer nivel para ocultar o develar a los fundamentos ideológicos del orden social.

El problema ético nace de la reflexión que el hombre realiza sobre sus propios actos. Por ende, es  la conducta el centro de la preocupación ética. Las conductas humanas son acciones u omisiones, resultantes del libre ejercicio  de la voluntad consciente.

Adam Smith
Al interior de la ética- como quehacer filosófico-  existe una multiplicidad de enfoques y perspectivas; sin embargo, son dos los que resumen el dilema moral contemporáneo: el utilitarismo - que se centra  en los resultados de las conductas, independientemente de las intenciones individuales de sus agentes- ; y, el  kantiano,  orientado hacia el mundo interior del actor social, por considerar que sus conductas son la expresión de este.

El utilitarismo ingles de los  siglos XVIII y XIX- corriente ética que sirvió de fundamento legitimador al capitalismo desde la primera revolución industrial- sostiene que los individuos  actúan en concordancia con sus intereses egoístas, no siendo ello  obstáculo para que se pueda alcanzar  el bien común. Así, el bien- desde el utilitarismo-se mide por sus resultados, por sus consecuencias prácticas para la sociedad. En suma, si las consecuencias sociales son buenas, los actos son buenos.

Como contraparte, frente a  la imagen utilitarista de lo bueno y lo malo   encontramos los planteamientos de Kant. El Filosofo Prusiano Oriental planteo- a diferencia de su contemporáneo Adam Smith, el más destacado precursor del utilitarismo- que la conducta humana, llamada  por él como "razón práctica", esta guiada por dos imperativos: el categórico y el hipotético. El categórico se refiere a aquellos valores universales que guían una conducta. Ocurre  cuando el agente prescinde de sus intereses egoístas anteponiendo el "deber ser"; mientras que el hipotético se realiza cuando el agente antepone su interés particular al "deber ser".

Inmanuel Kant
Es menester advertir que si bien es cierto que  la ética es la reflexión que- desde la filosofía- se realiza con el fin de determinar criterios valorativos universalmente validos; también lo  es que esta se orienta a resolver, fundamentalmente, el significado de la conducta social -individual o colectiva- en el conjunto de la sociedad. Es decir, la ética busca responder a la pregunta sobre  la significación de la conducta humana-desde la perspectiva valorativa- en la sociedad.

Por ello, las respuestas a  las cuestiones éticas  no se deben resolver exclusivamente  en la discusión exclusivamente  filosófica - generalmente abstracta y, a veces, muy alejada de los hechos sociales- sino en la terrenalidad de la vida social.

Producto de la confrontación entre la realidad social y ambos enfoques filosóficos surgen dos cuestiones de fundamental importancia: ¿es posible alcanzar el bien común a través  de actos puramente egoístas?; y, ¿es posible que existan conductas sociales universalmente buenas o malas?

Estas preguntas no las intentaremos responder simplemente a través del puro razonamiento filosófico, pues corremos el peligro- siempre latente- de perdernos en irrealidades bellamente hilvanadas. Por ello, es menester abordar  estas cuestiones desde la reflexión social misma.

Ética, conducta social y mercado.

Para abordar esta cuestión tomaremos como modelo al mercado, fundamento del orden socio-económico contemporáneo. La razón de ello es que el mercado constituye el arquetipo de la libertad individual.  En él los individuos se comportan de una manera exclusivamente egoísta. Todos concurren al mercado para satisfacer sus necesidades y deseos,  sin considerar los intereses de los demás, incluso sin pensar en lo más conveniente para el  funcionamiento del propio mercado.

Si los mercados pueden garantizar el bien común, entonces, si es posible afirmar que el bien común puede surgir de la búsqueda egoísta por maximizar los beneficios. Pero si el mercado no ha logrado garantizar  el bien común, entonces diremos que no es posible alcanzar el bienestar general como resultado de conductas individuales orientadas a satisfacer intereses egoístas.

El llamado  mercado de competencia perfecta  nos ofrece una imagen de la economía y del orden social según  la cual  todos quienes participan en él  buscan satisfacer sus intereses; pero donde ninguno de ellos tiene el poder suficiente para imponer los propios a los demás. Esta situación - ofrecida por este modelo teórico, nunca realizado- es la que posibilitaría  una eficaz y eficiente asignación de los recursos económicos. Es un paradigma, según el  cual seria posible conciliar el interés individual con el bien común, de instituir una sociedad estructuralmente ética.

Sin embargo el panorama de las relaciones económicas luce diametralmente opuesto al descrito por el modelo teórico de la economía de competencia perfecta. En la sociedad real, en la vida misma, encontramos individuos realizando comportamientos económicos, muchas veces  tomando decisiones de nefastas consecuencias para la sociedad: desigualdad social a niveles extremos, que condena a la miseria más absoluta a la mayor parte de la humanidad; la guerra, como medio de enriquecimiento de grandes multinacionales; destrucción medio ambiental;  entre otros. Ello nos muestra la enorme debilidad e inoperancia  del utilitarismo como modelo para entender el funcionamiento deseable de la sociedad a partir, exclusivamente, de las conductas individuales.

Esta situación se produce porque este modelo ético prescinde de elementos sustanciales para comprender las relaciones sociales,  como es el caso del poder. El poder, entendido como la capacidad de imponer el interés propio a los de los demás, es una constante en cualquier sociedad estratificada, más aun en cualquier sociedad clasista, en la que las diferencias se afirman sobre desigualdades de índole económica.

Suponiendo entonces que pudiésemos construir una ética sustentada en algunas  mínimas coincidencias- compartidas por el conjunto de la sociedad- esto no aseguraría un sistema donde los agentes actuarían según estos principios. Es decir, la idea de Kant, consistente en que los individuos se comporten en sociedad de acuerdo a lo universalmente bueno o malo, prescindiendo de sus intereses particulares, es inviable. La razón de esta inviabilidad radica en que solo podría ser posible bajo dos supuestos: de que todos los agentes de la sociedad en su conjunto aceptaran la preeminencia de los intereses de la sociedad sobre los propios; y, además, que renunciaran a los mecanismos del poder que los hace posible.

Conclusión

En suma, considerando que los mercados no son de competencia perfecta; sino de una relativa competencia, en la cual existe una gran cantidad de agentes, cada uno de los cuales lucha por sus intereses egoístas en desiguales condiciones de poder; no es posible alcanzar el bien común. Más bien, ante la imposibilidad de que el bien común pueda ser alcanzado a través de las conductas egoístas, diremos que la única forma en que el bien común puede ser alcanzado es a través de la construcción de acuerdos sociales mínimos, pero acompañados de mecanismos de poder y control que garanticen, al menos, las condiciones mínimas de su cumplimiento.

El mercado, bajo esta perspectiva, es un espacio de interacción que permite afianzar ciertos intereses individuales en desmedro del bienestar general. De ser un espacio de libertad termina transmutado en una dictadura que puede terminar siendo opresiva. En términos prácticos implica que las conductas individuales, en general, y los mercados, en particular, son absolutamente incapaces, por sí solos, de producir el bien común sino cuentan con mecanismos de control económico y social.