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sábado, 29 de julio de 2017

Exorcizando a Foucault: del idealismo narrativo al materialismo sociológico

(…)El litigio entre la realidad e irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica es un problema puramente escolástico.
Karl Marx
Por: Daniel Loayza Herrera[1]

Foucault: saber, poder y biopolítica

Foucault, en su arqueología del saber, nos propuso una forma de ver el saber como categorías, ideas y conceptos construidos de manera arbitraria, resultado de un discurso narrativo y legitimador. Un discurso que se empodera y se convierte en verdad. La verdad es un saber que se ha empoderado. De la constatación del desvanecimiento de las unidades históricas, tanto en el tiempo como en el espacio, así como la inexistencia de toda hermenéutica objetiva surge su propuesta.

Este es el punto de partida de la forma en que el pensador francés nos propone ver la problemática del saber: como una construcción discursiva que permite la clasificación social a través de oposiciones como lo bueno/ lo malo, lo bello/ lo feo, lo normal/lo anormal, lo objetivo/ lo subjetivo, entre otras.

Foucault cuestiona el estatus de objetividad de las ciencias, mostrando que son saberes que se han convertido en referentes de lo que es objetivo, pero que, sin embargo, no es sino la manifestación del poder alcanzado por el discurso científico[2].

Los saberes tienen capacidad para modelar a la sociedad y al individuo, constituyendo, de esta manera el poder. Saber- poder será una de las relaciones más destacadas por Foucault[3]. Esta relación produce el modelamiento, la normalización, conduce al disciplinamiento del individuo, desembocando en lo que llamó la biopolítica.

La bio-política es un concepto que nos invita a pensar en la manera particular en que un discurso -aquel saber que ha alcanzado el poder movilizador, estructurante y constituyente- vive en cada individuo, lo modela y organiza, haciendo posible el control social.

Sobre las ideas de Foucault

Es brillante la manera en que Foucault organizó en un discurso, muy bien elaborado y magistralmente escrito, ideas provenientes de Nietzsche, Freud, Lacan y las tendencias historiográficas francesas imperantes en la corriente de Annales - que cuestionaban las unidades de análisis histórico propias del marxismo. Escribió estudios sumamente estimulantes que hicieron posible encontrar formas alternativas al determinismo económico, propio de la versión más simplificada del marxismo de manual. A la vez, le permitió zanjar con el positivismo Durkheimniano, en progresivo declive, luego de la postguerra.

Nietzsche desarrolló un cuestionamiento demoledor a los paradigmas modernos. Los mostró como verdades construidas de forma discursiva, mostrándolos como el resultado de la imposición de un determinado grupo. Despreciaba los valores burgueses, pero también a la burguesía, a la que identificaba como la generadora de esos valores, que consideraba decadentes y alejados de la aristocracia, del poder de los mejores, de los hombres superiores.

El psicoanálisis Lacaniano fue sumamente estimulante para Foucault. Lacan enseñó que la relación entre el mundo y el hombre está intermediada por símbolos, que son estos los que le permiten al ser humano construirse una imagen de la realidad y organizar el mundo en saberes. Su asunción le permitió soslayar la idea de Nietzsche consistente en relacionar los saberes con hombres concretos, de reconocer que los saberes son producidos por alguien que vive en relaciones concretas.

Así, a lo largo de la estimulante lectura de Foucault, nos encontramos ante imágenes narrativas que analizan las narrativas, los discursos, pero no sus agentes ni las relaciones sociales en las que están inmersos. Foucault nos invita a ingresar a un mundo donde todo empieza con ideas, saberes y discursos que al empoderarse diseñan la vida social y al individuo. Olvida, convenientemente, que estos saberes cumplen una función, que no nacen, se desarrollan y empoderan de la nada, sino que ellos se anclan en relaciones sociales concretas.

Las ideas de la ilustración, por ejemplo, imperaron no solo porque eran saberes organizados, sino porque estas ideas fueron generadas en una etapa histórica determinada: de debilitamiento de las viejas aristocracias y de la Iglesia como ordenadora de la vida social; pero también, del empuje de una burguesía deseosa de ocupar su lugar, de ordenar el mundo a su manera, funcional a sus intereses, de inaugurar nuevos mecanismos de control.

La burguesía hizo suya las ideas de lo que se ha llamado el discurso moderno. Las interpretó y difundió como parte de una guerra ideológica primero, luego social y finalmente política, para hacerse con el poder.

Foucault, al soslayar las relaciones sociales concretas en las que se vive en una sociedad concreta, que dan origen a esos saberes y a la manera particular en que ellos se imponen, nos conduce a un idealismo antropológico que olvida la materialidad y concreción de la vida humana.

Nos invita a un ejercicio cognoscitivo puramente especulativo, narrativo, literario, muy del gusto de quienes se estimulan en las interpretaciones psicoanalíticas. Sus razonamientos marcaron el derrotero del idealismo postmoderno, de un idealismo que representa un retroceso en la comprensión de los fenómenos sociales, que nos remite a épocas anteriores a las reflexiones de Guizot y de otros intelectuales franceses que identificaron la revolución francesa como el resultado de la lucha de clases, incluso antes que el propio Marx[4].

Constituye un “esclarecimiento” que contrasta con la imagen del hombre como aquel sujeto social que vive inmerso en relaciones sociales concretas. Es un “esclarecimiento” que se presenta como novedoso y casi “revolucionario” en nuestra forma de ver la realidad, realidad que, además, niega el propio Foucault más allá del discurso. Nos lleva a pensar en saberes y poderes sin seres humanos inmersos en la realidad social.

Tal vez deberíamos preguntarle a Foucault en términos foucaultnianos: ¿su discurso qué tipo de saber representa? ¿Si todo es discurso, deberíamos considerar el suyo como un discurso más? ¿Si la ciencia es solo discursiva, su postura es solo una interpretación literaria sobre el saber y el poder?

Foucault olvida, convenientemente, la dinámica de las relaciones sociales concretas. Recurre a la revisión de las unidades de análisis hecha por la corriente de Annales, para sostener que las unidades de análisis histórico son interpretaciones arbitrarias y subjetivas[5]. Olvida que historiadores como Labrousse, Lefebvre, Soboul, Vilar, Hobsbawm, Thompson, entre otros, hacían consistentes investigaciones tomando en consideración las relaciones sociales concretas.

Deberíamos preguntarnos si existen enfoques alternativos al de Foucault, para comprender la relación entre el saber, el poder y el modelamiento del individuo. Analizar el impacto de la ideología en la sociedad.  Un contemporáneo de Foucault, Pierre Bourdieu, desarrolló una concepción de la sociedad, de la relación entre la materialidad y la ideología, entre el ser y el pensar en el llamado concepto de habitus. El habitus son las formas de hacer, pensar y sentir, que están estructuradas a nivel social, pero también estructuran al individuo. Su trabajo sobre la distinción es un buen ejemplo de la manera en que los saberes, según el concepto de Foucault, corresponden a relaciones sociales concretas del individuo, entre ellas las de clase.

No es pretensión del presente trabajo hacer una exposición detallada de los planteamientos de Bourdieu, pero si se hacer notar que Foucault, si lo vemos en la perspectiva de la producción intelectual francesa de la postguerra, representa una interpretación idealista de la realidad social. Foucault cuestiona al positivismo, niega la posibilidad de alcanzar el conocimiento científico, la objetividad, pero no para superarla; sino para retrotraernos a un idealismo que no hace otra cosa que buscar la destrucción de las ciencias sociales. Bajo el argumento de que existen “anormales” y “marginales” hace una crítica demoledora a la razón, que identifica como la modernidad, `para invitarnos a pensar en términos de razones literarias y pre- científicas.

Las ideas de Foucault contribuyen a identificar que existe una relación entre el saber y el poder, así como el impacto que esto tiene en el individuo; sin embargo, ensombrece la comprensión de que esto se produce en relaciones sociales concretas, que tiene agentes, que responde a intereses, a jerarquizaciones que se enraízan en relaciones concretas. De esta manera la comprensión idealista del fenómeno social del poder, desde la perspectiva de Foucault impide alcanzar la comprensión plena del fenómeno social que el mismo estudia.
Exorcizando a Foucault

Foucault contribuyó, de manera significativa, a repensar el poder, el control social y lo que él llamó la biopolítica, partiendo de las grietas del sistema social, de los considerados como “anormales”, de aquellos que viven en los márgenes del sistema. Pero lo hizo partiendo de un relativismo epistemológico que lo llevó a considerar todos los saberes estructurados y sistemáticos como auto-constituyentes. Es decir, partió del lenguaje para terminar en el sistema social. En su propuesta idealista el lenguaje crea la vida social. No tomó en consideración que el lenguaje corresponde a formas concretas de existencia, a intereses y agentes concretos, a relaciones materiales[6].

Su propuesta idealista sobre el saber- poder, así planteada, conduce a una crítica sesgada, de alcance simplemente literario y narrativo, que no alcanza a producir ningún cuestionamiento de las relaciones de poder concretas en una sociedad, ni posibilidad alguna de superación. La propia aceptación de las ideas de Foucault, entre los sectores sociales y círculos intelectuales más conservadores, es prueba irrefutable de ello.

Así planteada la cuestión, las ideas de Foucault nos llevan a análisis ricos e imaginativos, en términos narrativos y literarios, pero carentes de todo impacto social que conduzca a la transformación de las relaciones de poder imperantes en las sociedades contemporáneas. La adscripción de muchos intelectuales a las ideas de Foucault les ha permitido presentarse como críticos pero, a la vez, mantener su conservadurismo social. Esto es, mantener su estatus de grupo privilegiado, sostener una postura intelectual de discurso crítico, sin proponer un cuestionamiento al sistema imperante.

Planteando las ideas de Foucault desde la materialidad de la vida humana es posible convertir su discurso en una herramienta efectiva de análisis de la sociedad. Reconociendo, en principio, que el ser humano es tal solo en las condiciones concretas en las que le toca vivir, que su lenguaje expresa esas relaciones, que las recrea, pero no por ello tiene una existencia aparte, cual una suerte de neo-platonismo ya superado, es posible analizar la auténtica naturaleza del saber-poder.

Exorcizado Foucault de su idealismo, convertidas sus ideas en una herramienta de análisis social, que relacionen convenientemente el saber y el poder con relaciones concretas en la sociedad, vistas desde la materialidad de la vida humana, podremos comprender, de mejor manera, la forma en que se han construidos discursos legitimadores de las relaciones concretas imperantes, la manera en que las definiciones se han adaptado a los intereses de clase o de determinados grupos de poder; así como la forma en que estos discursos han sido respondidos desde los dominados y marginados. En suma, la forma en que el lenguaje de los dominadores adquiere significaciones en el contexto social; pero también en que es posible la disidencia.

Vista desde la materialidad de la vida humana, desde la concepción materialista de la relación entre el ser y el pensar, de las sociedades como constituidas por clases y grupos de poder, con claros e identificables intereses, el método arqueológico puede ser contributivo con la crítica de los discursos históricos impuestos por los sectores dominantes. Esclarecerá la forma en que la alienación opera en las sociedades contemporáneas y en los individuos. Permitirá apreciar de manera integral la forma en que se ejerce la dominación ideológica en las sociedades contemporáneas, pero también, a comprender la manera en que ello garantiza las propias relaciones de jerarquización y de dominación material imperantes.

Fuentes
Bourdieu, P (2002) La distinción: criterio y bases sociales del gusto. México: Taurus.

Engels, F (1975) Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. En: Marx y Engels. Obras escogidas. Moscú: Editorial MIR.

Foucault, M (1979) Microfísica del poder. Segunda edición. Madrid: Ediciones de la piqueta.
                      (2002) La arqueología del saber. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

                 (2002) Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.




[1] Historiador y educador.
[2] Foucault negó objetividad a las ciencias sociales y a la psicología, a las que veía como discursos, narrativas legitimadoras, de un orden social.
[3] Esto supone un poder que se internaliza en los individuos, que se convierte en biopoder.
[4] Friedrich Engels, en su libro “Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana”, mencionó lo siguiente: : “…desde la implantación de la gran industria, es decir, por lo menos, desde la paz europea de 1815, ya para nadie en Inglaterra era un secreto que allí la lucha política giraba toda en torno a las pretensiones de dominación de dos clase: la aristocracia terrateniente (landed aristocracy) y la burguesía (middle class). En Francia, se hizo patente este mismo hecho con el retorno de los Borbones; los historiadores del período de la restauración, desde Thierry hasta Guizot, Mignet y Thiers, lo proclaman constantemente como el hecho que da la clave para entender la historia de Francia desde la Edad Media. Y desde 1830, en ambos países se reconoce como tercer beligerante, en la lucha por el poder, a la clase obrera, al proletariado. Las condiciones se habían simplificado hasta tal punto, que había que cerrar intencionalmente los ojos para no ver en la lucha de estos tres grandes clases y en el choque de sus intereses la fuerza propulsora en la historia moderna, por lo menos en los dos países más avanzados”
[5] Foucault sostuvo que las unidades de análisis histórico son arbitrarias y subjetivas, planteando, a partir de ello de ello, la imposibilidad de que las ciencias sociales sean científicas y objetivas.
[6] Es pertinente advertir que incluso Wittgenstein, en su “Investigaciones Filosóficas”,  sostuvo que el lenguaje adquiere significación en el entorno social en el que se desarrolló, es decir, en los “juegos” en los que adquiere su existencia.

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