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domingo, 3 de marzo de 2013

El ser histórico: sujeto-objeto de la historia



Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.
(Antonio Machado, “Proverbios y cantares”)
 Por: Daniel Loayza Herrera

La historia es curso, devenir ininterrumpido. Es el devenir del propio hombre. La historia no es un derrotero pre-establecido por donde transita el hombre hacia un final determinado; sino un camino que se hace con las acciones humanas. 

El hombre no tiene esencia, su ser es solo devenir. No tiene esencia porque no responde a entes que guíen su pensamiento o conducta ni a un plan establecido. Las conductas humanas responden esencialmente al mundo que rodea al hombre, a las circunstancias que debe enfrentar día a día. Pero estas circunstancias no determinan necesariamente la forma en que un hombre va responder a ellas. Esto ocurre porque es el propio hombre el que convierte el espacio y el tiempo que le toca vivir en circunstancias, en conciencia de su propia existencia en relación al mundo. La conciencia le ofrece al hombre la oportunidad de no ser solo objeto de su propia existencia, sino la de ser sujeto, observador y actuante frente a lo existente. 

¿El hombre, como individualidad,  es sujeto u objeto de la historia?

La filosofía occidental, especialmente desde la modernidad ha construido la idea de que el curso de la historia es el objeto de la reflexión histórica y de que el observador de ese curso es el sujeto de la historia. Esta es, ciertamente, una visión mecánica de la historia, que,  desde el principio, obvia el papel central que el hombre juega en su devenir; es decir en la propia historia. La historia, como curso del devenir del propio hombre, no puede ser entendida sin él. La esencia de la historia es el propio hombre, no existe fuera de él. Pero la historia, como tal, requiere en dos elementos indesligables y fundamentales: el hombre pensante y el hombre actuante. Tanto el hombre pensante como el hombre actuante responden en última instancia al hombre existente; es decir, al hombre en el espacio y en el tiempo.

Partiendo de esta idea diremos que las diferenciaciones ontológicas entre el objetivismo y el subjetivismo son, sencillamente, poco útiles pues desligan dos aspectos interdependientes. El hombre, en resumen, es praxis humana. La praxis humana es, así, existencia, conciencia, proyecto y acción humana. La historia es únicamente humana porque no es sino la praxis del hombre. 

El hombre, así, no es exclusivamente sujeto u objeto de la historia: es ambos. Su circunstancia (Tiempo y espacio) le imponen, al no tener esencia, las condiciones para la existencia, pero para una existencia a la que no está ciertamente condenado. Sobre esa realidad objetiva puede y debe construir un proyecto que le permita transformarse a sí mismo y a la realidad circunstancial.

Son estas condiciones espaciales y temporales circundantes las que se pueden definir como realidad objetiva. No hay otra forma de definir la objetividad pues esta no existe, históricamente, sin el sujeto que la vive, que la observa y la procesa. Así, en la historia, la separación entre el objeto observado y el sujeto observador no solo es infructuosa, sino que tampoco tiene sentido.

La historia es imposible sin la conciencia histórica. Sin conciencia histórica es solo un conjunto de hechos incomprensibles y sin significación alguna. Así, la historia es racional porque el devenir se nos presenta en la conciencia como racionalizada. Pero la historia, como conciencia histórica es intencional. La intencionalidad el eje fundamental sobre el que gira tanto la conciencia histórica como el propio curso de la acción humana, que modela los acontecimientos que dan lugar a la historia. 

En éste sentido, el sujeto histórico, el hombre, es su propio y fundamental objeto de la historia, la materia prima que se transforma a sí misma. Esto es por que los hombres no actúan en la historia, son la historia misma. La historia no es sino la conciencia del hombre sobre su propia praxis. La historia, así, comprende tanto a la circunstancia espacio-temporal que le toca vivir al hombre, como al hombre intencionado en ella, que la percibe, la interpreta, la racionaliza y la transforma transformándose a si mismo. No tiene sentido, por ello, ninguna reflexión ontológica sobre la historia, pues esta carece de esencialidad. 

Al carecer el hombre de esencialidad, no existe ningún proyecto pre-establecido, previo a su propio ser. Por ello, la historia, a su vez, no tiene un curso pre-determinado sobre el cual el hombre pueda tener alguna confianza con respecto al futuro. 

Esta orfandad obliga al hombre a hacerse cargo del mundo, de enfrentarlo y afirmarse en él a través de un proyecto humano. De poder sobreponerse a esta orfandad fundacional, para construirse a sí mismo. Así, la razón, como productora de la conciencia histórica, es una conquista del hombre, de un hombre que se sabe arquitecto de su existencia y por ende de la historia misma. 

La tradición filosófica occidental, a través de la separación entre el objeto y el sujeto histórico, ha fracasado en el objetivo de determinar el lugar que el hombre ocupa en la historia. La separación irreconciliable entre el sujeto y el objeto ha producido una confusión en la comprensión de la historia que hasta el día de hoy ha llevado incluso a problemas fundamentales para definirla.

La conciencia histórica como un nivel superior de la conciencia del hombre

La historia es la praxis humana. No es el camino que transita el hombre; es el hombre mismo que solo tiene la condición de tal en este transito.  La historia  solo es posible desde la conciencia de humana sobre su propio devenir, sobre su propia existencia como producto de su conciencia y acción. En este sentido, la conciencia histórica implica, necesariamente, el reconocimiento del hombre sobre su orfandad esencial, sobre la inexistencia de un proyecto pre-establecido de antemano para él. Ante la inexistencia de un proyecto esencial al hombre, y sobre la base de su comprensión sobre las posibilidades de transformarse a su mismo, el hombre se convierte en plenamente consciente que es un sujeto y, a la vez, objeto, de la historia.

La conciencia histórica, así, deviene en la comprensión del propio hombre como sujeto-objeto de la realidad. El hombre se comprende a sí mismo como el único sujeto-objeto en lo existente. La historia deja de ser un objeto porque no tiene vida propia, carece de esencialidad, para pasar a ser un espacio de transformación del propio hombre.
La ciencia histórica, en su pretensión de comprender la historia tal cual es, independientemente de observador, ha fracasado. Esto ha ocurrido porque la historia es el hombre mismo, la praxis humana, pero la praxis consciente. Los hechos del hombre, entendido como ser biológico, previos a toda conciencia de su devenir, no son sino hechos humanos. Es la preocupación que la ciencia histórica muestra por ellos lo que los transforma en historia, en conciencia de la praxis. 


La historia es curso, devenir ininterrumpido. Es el devenir del propio hombre. La historia no es un derrotero pre-establecido por donde transita el hombre hacia un final determinado; sino un camino que se hace con las acciones humanas.
El hombre no tiene esencia, su ser es solo devenir. No tiene esencia porque no responde a entes que guíen su pensamiento o conducta ni a un plan establecido. Las conductas humanas responden esencialmente al mundo que rodea al hombre, a las circunstancias que debe enfrentar día a día. Pero estas circunstancias no determinan necesariamente la forma en que un hombre va responder a ellas. Esto ocurre porque es el propio hombre el que convierte el espacio y el tiempo que le toca vivir en circunstancias, en conciencia de su propia existencia en relación al mundo. La conciencia le ofrece al hombre la oportunidad de no ser solo objeto de su propia existencia, sino la de ser sujeto, observador y actuante frente a lo existente. 

La conciencia histórica como un nivel superior de la conciencia del hombre

La historia es la praxis humana. No es el camino que transita el hombre; es el hombre mismo que solo tiene la condición de tal en este transito.  La historia  solo es posible desde la conciencia de humana sobre su propio devenir, sobre su propia existencia como producto de su conciencia y acción. En este sentido, la conciencia histórica implica, necesariamente, el reconocimiento del hombre sobre su orfandad esencial, sobre la inexistencia de un proyecto pre-establecido de antemano para él. Ante la inexistencia de un proyecto esencial al hombre, y sobre la base de su comprensión sobre las posibilidades de transformarse a su mismo, el hombre se convierte en plenamente consciente que es un sujeto y, a la vez, objeto, de la historia.

La conciencia histórica, así, deviene en la comprensión del propio hombre como sujeto-objeto de la realidad. El hombre se comprende a sí mismo como el único sujeto-objeto en lo existente. La historia deja de ser un objeto porque no tiene vida propia, carece de esencialidad, para pasar a ser un espacio de transformación del propio hombre.
La ciencia histórica, en su pretensión de comprender la historia tal cual es, independientemente de observador, ha fracasado. Esto ha ocurrido porque la historia es el hombre mismo, la praxis humana, pero la praxis consciente. Los hechos del hombre, entendido como ser biológico, previos a toda conciencia de su devenir, no son sino hechos humanos. Es la preocupación que la ciencia histórica muestra por ellos lo que los transforma en historia, en conciencia de la praxis. .

La historia del hombre, en strictu sensu, no empieza con la aparición biológica del hombre sino con la toma de conciencia, por parte de este, de su historicidad: con la conciencia histórica. Pero luego, ante el surgimiento de la preocupación del hombre sobre su pasado, estos hechos humanos son historiados. Es decir, los hechos humanos, aquellos actos humanos desprovistos de conciencia histórica, no pertenecen a la historia en sí misma. Pero al aparecer una preocupación histórica con respecto a estos hechos, al producirse una comprensión de estos hechos por parte de la conciencia histórica, estos hechos se transforman en historia.

El hombre alcanza la consciencia histórica cuando va más allá de la conciencia sobre lo inmediatamente necesario para garantizar la sobrevivencia. Solo la conciencia histórica le permite arribar a una comprensión de sí mismo, que engloba tanto su pasado como su presente y futuro, en torno a un proyecto consciente, orientado a transformarse a sí mismo; esto es, a asumirse como sujeto-objeto.
En este sentido, la conciencia histórica constituye un nivel superior de la conciencia humana. Es un nivel superior porque solo de ella proviene la convicción del hombre de ser su propio objeto de transformación. En suma, la conciencia histórica es la productora de la historia misma, en el contexto de la praxis humana.
 

 
La historia del hombre, en strictu sensu, no empieza con la aparición biológica del hombre sino con la toma de conciencia, por parte de este, de su historicidad: con la conciencia histórica. Pero luego, ante el surgimiento de la preocupación del hombre sobre su pasado, estos hechos humanos son historiados. Es decir, los hechos humanos, aquellos actos humanos desprovistos de conciencia histórica, no pertenecen a la historia en sí misma. Pero al aparecer una preocupación histórica con respecto a estos hechos, al producirse una comprensión de estos hechos por parte de la conciencia histórica, estos hechos se transforman en historia.

El hombre alcanza la consciencia histórica cuando va más allá de la conciencia sobre lo inmediatamente necesario para garantizar la sobrevivencia. Solo la conciencia histórica le permite arribar a una comprensión de sí mismo, que engloba tanto su pasado como su presente y futuro, en torno a un proyecto consciente, orientado a transformarse a sí mismo; esto es, a asumirse como sujeto-objeto.

En este sentido, la conciencia histórica constituye un nivel superior de la conciencia humana. Es un nivel superior porque solo de ella proviene la convicción del hombre de ser su propio objeto de transformación. En suma, la conciencia histórica es la productora de la historia misma, en el contexto de la praxis humana.

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